José Allamano, el cuarto de cinco hijos, nació el 21 de enero de 1851 en Castelnuovo d'Asti, el pueblo natal de san José Cafasso y san Juan Bosco. Habiendo perdido a su padre cuando aún no tenía tres años, influyó decisivamente sobre él la madre María Ana Cafasso, hermana del santo, de quien continuará la tarea de formar al clero y reproducir su santidad, al punto de ser considerado "un Cafasso resucitado" y "una copia casi perfecta de su gran predecesor y tío".

Con Don Bosco. Finalizada la escuela primaria, en otoño de 1862 entró en el oratorio salesiano de Valdocco, teniendo como confesor habitual al mismo Don Bosco. Allí permaneció cuatro años, donde concluyó la primera etapa de los estudios secundarios. Sintiéndose llamado al sacerdocio diocesano, dejó Valdocco sin despedirse, para entrar en el seminario de Turín. Don Bosco, que tal vez veía en él a un futuro miembro de su Instituto, lo regañó dulcemente con estas palabras: "Lo que me hiciste es muy grave; te fuiste sin saludarme". La tímida respuesta fue: "No deseaba…", porque como José Allamano quería mucho a Don Bosco —y lo seguirá queriendo durante toda su vida—, no quería darle un disgusto.

En el seminario diocesano. Su decisión de entrar en el seminario diocesano tuvo que superar un inesperado obstáculo familiar. No fue su madre, sino sus hermanos los que se opusieron, y no porque no estuvieran de acuerdo con la vocación sacerdotal, sino porque querían que primero terminara la escuela secundaria. El joven José, con total convicción, les respondió a sus hermanos con una sola frase: "El Señor me llama hoy… no sé si me llamará aún dentro de dos o tres años". Así, en 1866 entró en el seminario. Ya desde el primer año se manifestó la fragilidad física que lo acompañará durante toda su vida, llevándolo inclusive a estar, en más de una ocasión, en peligro de muerte. El período de preparación al sacerdocio fue muy positivo. Mons. G. B. Ressia, su compañero de seminario y luego obispo de Mondoví, dijo sobre él: "Era el primero, no sólo alfabéticamente, sino por sus estudios y sus virtudes, su mansedumbre y la bondad de su corazón. Todos sabían que el más cercano al Corazón de Jesús, el más amigo era Allamano, con el que nadie osaba compararse".

Educador de seminaristas. Ordenado sacerdote el 20 de septiembre de 1873, habría preferido dedicarse al trabajo pastoral, pero lo destinaron a la formación de los seminaristas, primero como asistente (1873-1876), luego como director espiritual del seminario mayor (1876-1880). Los proyectos de José Allamano, en realidad, eran muy diferentes. Cuando el arzobispo mons. Lorenzo Gastaldi le comunicó el destino, él balbuceó respetuosamente una objeción: "Mi intención era ir como vicepárroco y luego tal vez como párroco en algún pueblito…" A lo que el prelado respondió: "¿Querías ir de párroco? Si es por eso, te doy la parroquia más importante de la diócesis: ¡el seminario!".

Como educador de candidatos al sacerdocio, se distinguió por su firmeza ante los principios y la delicadeza para solicitar que fueran puestos en práctica. En esta tarea le fueron unánimemente reconocidas excelentes cualidades que lo convirtieron en un verdadero "maestro en la formación del clero". Paralelamente siguió estudiando, hasta obtener la licenciatura en teología en la facultad teológica de Turín (30 de julio de 1876) y la habilitación para ejercer la docencia a nivel universitario (12 de junio de 1877). A continuación fue nombrado miembro adjunto de la facultad de derecho canónico y civil, cubriendo también el cargo de decano en ambas facultades.

Rector del santuario de la Consolata. En octubre de 1880 fue nombrado rector del santuario de la Consolata de Turín. Desde entonces hasta su muerte, su actividad se desarrolló a la sombra del santuario mariano de la arquidiócesis. También este nuevo destino le costó mucho a José Allamano, sacerdote de apenas 29 años. Años más tarde, él mismo contó la conversación que había tenido con el arzobispo: "Pero monseñor, soy muy joven", le dijo con confianza filial, recibiendo esta respuesta paterna y alentadora: "Verás que te amarán. Es mejor ser joven, así, si cometerás errores, tendrás tiempo para corregirlos".

Como primer colaborador solicitó la ayuda del sacerdote Santiago Camisassa, que había conocido y apreciado en el seminario cuando era director espiritual. Lo invitó escribiéndole frases que dejan entrever su proyecto pastoral: "Mire, querido padre, trataremos de hacer juntos un poco de bien a los demás y de honrar con el Sagrado Culto a nuestra querida madre María, Consuelo de los Afligidos". Su fraterna colaboración sacerdotal duró toda la vida, y se caracterizó por el respeto mutuo del propio rol y el ideal común. Podemos constatar el admirable ejemplo de amistad y de colaboración apostólica entre estos dos sacerdotes, no sólo en las obras que realizaron juntos, sino también por lo que José Allamano dijo después de la muerte de Camisassa: "Estaba siempre dispuesto a sacrificarse con tal de que no tuviera que hacerlo yo"; "Con su muerte he perdido los dos brazos"; "Hacía 42 años que estábamos juntos, éramos una cosa sola"; "Todas las noches compartíamos largas horas en mi estudio…"; "Nos habíamos prometido decirnos siempre la verdad y lo cumplimos".

El santuario, deteriorado físicamente y venido a me-nos espiritualmente, bajo la dirección de José Allamano recobró vida. Con la activa colaboración de Camisassa, lo transformó en una joya artística, resplandeciente de oro y mármoles, como se lo puede ver en la actualidad. Se ocupó de las actividades pastorales, litúrgicas y de los asociaciones laicales. Poco a poco el santuario se convirtió en un centro de espiritualidad mariana y renovación cristiana para la ciudad y la región. Allamano contribuyó a ello también con el carisma que había recibido de Dios para aconsejar y consolar. Personas de todas las clases sociales experimentaron los secretos de su mente iluminada y su gran corazón. Como observó el Card. J. Villot, José Allamano se convirtió en "un punto de referencia para todos los que veían en él a un verdadero sacerdote, revestido de una misión providencial para una diócesis como Turín: la misión de aconsejar y dirigir, animar y orientar, volver a dar a las almas, con la gracia del sacramento de la reconciliación, la alegría y la paz de la renovada amistad con Dios, alentar toda obra apostólica".

Director de ejercicios espirituales. Además de ser rector del santuario de la Consolata, José Allamano también era rector del santuario de S. Ignacio, en las colinas de Lanzo Torinese, del que dependía también una casa de ejercicios espirituales anexa. Este centro de espiritualidad era muy famoso, ya que allí mismo había predicado durante tantos años el mismo S. José Cafasso. Aquí José Allamano encontró un campo privilegiado para la formación de sacerdotes y laicos. Como atestiguó un estrecho colaborador suyo, el Canónigo G. Cappella: "Siempre quiso dirigirlos personalmente, y mientras los dirigía también quería hacerlos, porque decía: No quiero ser sólo como una cascada que da agua a los demás, sino también un recipiente que recibe las gracias del santo espíritu" […] Se puede decir que bajo su dirección, la casa de S. Ignacio se convirtió en una Casa de Ejercicios de primer nivel, al punto que no había nunca una habitación vacía".

Por la senda del tío José Cafasso. Con la finalidad de ofrecer un modelo de vida especialmente a los sacerdotes, recogió las memorias sobre José Cafasso, publicó una biografía y sus escritos, e inició la causa de canonización, que llevó hasta la beatificación, el 3 de mayo de 1925. Lo confesó cándidamente él mismo: "Puedo decir que he introducido este proceso, no tanto por el afecto o por el parentezco, sino por el bien que puede producir la exhaltación de este hombre, para que los que lean sobre sus virtudes se conviertan en buenos sacerdotes, buenos cristianos y ustedes buenos misioneros". También el canónigo N. Baravalle confirma esta intención: "Nunca hizo alarde del parentezco con el Beato, y con frecuencia durante la causa decía: Yo, como pariente, no debería ni siquiera ocuparme, y no es este el espíritu que me anima a hacerlo; lo llevo a cabo como Rector del Convictorio, ya que, siendo su sucesor en la enseñanza y en la dirección del Clero, es mi deber indicar al Clero la virtud y la santidad de Cafasso".

A los misioneros y misioneras, después de la beatificación del tío, les escribió una circular llena de alegría y conmoción, diciendo, entre otras cosas: "El beato José Cafasso es Protector del Convictorio del que es Cofundador, su orgullo y modelo para las almas piadosas, especialmente las eclesiásticas; pero también es nuestro especial protector y, como ustedes lo llaman, "su Tío"; como tal lo deben honrar e imitar sus virtudes. En él pienso haberles propuesto un gran medio de santificación, y de haber cumplido en parte mi misión ante ustedes".

Maestro de sacerdotes en el Convictorio. José Allamano también se comprometió a sanar la grave herida que se había creado en la diócesis con el cierre del Convictorio Eclesiástico para la formación de los sacerdotes jóvenes, decidida por el arzobispo a causa de las controversias sobre la enseñanza de la moral. En 1882 logró su reapertura y lo dirigió hasta su muerte. Le importaba particularmente la formación espiritual, intelectual y pastoral de los jóvenes sacerdotes, actualizándola frente a las nuevas exigencias. Sobre todo les inculcó el fin último de la vocación sacerdotal: la salvación de nuestros hermanos. A los internos les propuso e inculcó con convicción la dimensión misionera vinculada a la consagración sacerdotal, afirmando que "la vocación a las misiones es esencialmente la vocación de todo santo sacerdote. Ella no es más que un gran amor a nuestro Señor Jesucristo, que nos lleva a darlo a conocer y amar a cuantos aún no lo conocen y aman". El haber convencido al arzobispo de la reapertura del Convictorio Eclesiástico en la Consolata siempre fue reconocido como un mérito extraordinario de José Allamano.

Apóstol en la Iglesia local. Además de todo lo que hemos señalado, José Allamano estaba involucrado, directa o indirectamente, en tantas otras obras apostólicas. Fue canónigo de la catedral, miembro de comisiones y comités, superior religioso de las hermanas de la Visitación y de las Hermanas de San José. También fue intensa su actividad en ocasión de varias celebraciones, aniversarios y durante la primera guerra mundial en la asistencia a los prófugos, los sacerdotes y los seminaristas militarizados. José Allamano supo colaborar con las más variadas formas de apostolado, como atestigua el can. N. Baravalle, que vivía con él en el santuario: "Las formas más modernas del apostolado católico, como el de la buena prensa y otros similares, no sólo las apreciaba y tenía muy en cuenta, sino que también las apoyaba económicamente, algo que en esa época llamaba mucho la atención". Mons. G.B. Pinardi, obispo auxiliar de Turín, afirmó que "todas las iniciativas de la época encontraron eco en la irradiación apostólica que brotaba del Convictorio de la Consolata".

En modo particular, José Allamano sostuvo el periodismo católico no sólo cuando era más joven, en la plenitud de su vida apostólica, sino siempre, hasta la muerte. Mons. B. Castelli, director del periódico católico turinés, aseguró que "el periódico católico siempre contó con su calificado y cordial apoyo moral". Y el canónigo A, Cantono atestiguó: "Era alguien que estimaba objetivamente nuestra forma de hacer periodismo, de la que esperaba que fuese ágil y bien hecha. Me decía que no había que tener miedo de aplicar ciertas innovaciones con respecto a la forma y a la técnica".

Padre de misioneros y misioneras. Animado por este intenso celo apostólico, unido a un sentido vital de la misión de la Iglesia, José Allamano ensanchó sus horizontes hacia el mundo entero. Sintió la urgencia del mandato de Cristo a anunciar el Evangelio a todos. Le parecía innatural que en su Iglesia local, fecunda de tantas instituciones dedicadas a las obras de caridad, faltara una dedicada exclusivamente a las misiones. Por eso decidió solucionarlo. De esa manera habría ayudado a los que se sentían atraídos por el ideal misionero a realizarlo y al mismo tiempo lo habría despertado en los demás. La fundación del instituto de los misioneros no surgió de improviso en la mente de José Allamano; maduró en su espíritu a través de una larga preparación espiritual y no fue llevado a cabo sino después de haber superado grandes pruebas y contradicciones. No cabe duda de que el camino de la fundación fue dificultoso y cansador para José Allamano, ya muy ocupado en el Santuario, en el Convictorio, en S. Ignacio y en la Causa de José Cafasso.

En 1891 le pareció que había llegado el momento de realizar su proyecto de fundar un Instituto misionero para sacerdotes y hermanos laicos, pero sólo lo podrá concretar cuando ocupará la cátedra de San Máximo el card. Agustín Richelmy, su compañero de seminario y amigo. Con él no sólo pudo compartir los mismos ideales sino también recibir el apoyo necesario. Las dudas fueron superadas definitivamente gracias a una intervención de la Providencia. En enero de 1900, una enfermedad contraída mientras asistía a una pobre mujer en un altillo helado lo llevó a estar en peligro de muerte. La curación, considerada un milagro de la Consolata, fue para él la señal de que el Instituto se debía fundar. Al año siguiente, el 29 de enero de 1901, nació el Instituto Misiones Consolata.

La motivación profunda de la fundación debe buscarse en su mismo espíritu. El P. L. Sales, su primer biógrafo e hijo muy querido, afirmó que la raíz de la fundación está en la santidad de José Allamano, que explicaba: "No habiendo podido ser yo mismo misionero, quiero que no dejen de serlo los que desean seguir ese camino". Después hubo razones contingentes concretas que han contribuido para que se pudiera comenzar la obra, como el deseo de continuar la obra del card. Guillermo Massaia, así como el espíritu misionero y la insistencia de algunos sacerdotes del Convictorio. El mismo José Allamano lo afirma cuando le escribe al Card. A. Richelmy, el 6 de abril de 1900: "Con la experiencia adquirida a lo largo de tantos años en la educación del Clero, debo confesar que muchas veces he encontrado verdaderas vocaciones a las misiones". La decisión definitiva de fundar el Instituto misionero fue tomada sólo después de una orden explícita del arzobispo, al que José Allamano respondió como Pedro a Jesús en ocasión de la pesca milagrosa: "En tu nombre echaré las redes".

El 8 de mayo de 1902 partieron hacia Kenya los primeros cuatro misioneros, dos sacerdotes y dos laicos, seguidos al poco tiempo por otros. Muy pronto, vista la necesidad de una presencia femenina en las misiones, José Allamano logró que los superiores del Cottolengo le cedieran algunas hermanas Vicentinas, que acompañaron la labor de los Misioneros de la Consolata en Kenya desde 1903, durante más de 22 años. Por dificultades surgidas entre mons. Felipe Perlo, vicario apostólico apenas elegido, y los superiores del Cottolengo, a partir de 1909 el envío de hermanas fue interrumpido y, gradualmente, las que estaban en Kenya regresaron a su país.

José Allamano, que había seguido estos eventos con dolor sin poder evitar las consecuencias, se vio obligado a intervenir para asegurar la indispensable presencia de las hermanas en las misiones. De esta manera, tras la insistencia de mons. F. Perlo, de acuerdo con su arzobispo y reconfortado por la opinión del card. Jerónimo Gotti, Prefecto de Propaganda Fide, y especialmente por la del Papa S. Pío X, el 19 de enero de 1910 nació el Instituto de las Misioneras de la Consolata. Él mismo les contaba paternamente a las hermanas cómo había ido madurando su fundación. Pidiéndoles que rezaran por el card. Gotti, gravemente enfermo, explicaba: "Fue él el que me animó a fundar a las hermanas; él mismo me dijo: "Es la voluntad de Dios que existan las hermanas. — Pero, le respondí, hermanas ya hay muchas. — Muchas hermanas, pocas misioneras". Sobre todo subrayaba la intervención del Papa: "Es el Papa Pío X quien quiso que las fundara; él me dio la vocación para formar misioneras". Y después recordaba con gusto la conversación mantenida con Pío X, al que le había presentado la dificultad de encontrar personal femenino idóneo y suficiente para las misiones: "Es necesario —respondió el Papa— que usted mismo cree un Instituto de hermanas misioneras, así como fundó el de los misioneros"; "Santidad —se permitió objetar José Allamano— ya hay tantas Familias religiosas femeninas"; "Sí, pero no exclusivamente misioneras"; "Pero yo, Beatísimo Padre, ¡no siento la vocación de fundar religiosas!"; "Si  no la tiene, se la doy yo". El comentario que luego José Allamano hacía a las misioneras era coherente: "¿Ven? No fui yo quien quiso que existieran, sino el Papa; por lo tanto, tienen que ser papales".

En los años siguientes, otros campos de trabajo fueron confiados a los Misioneros y Misioneras de la Consolata, en Etiopía, Tanzania, Somalia, Mozambique. Hoy están presentes en 26 países de África, América, Europa y Asia.

A sus hijos e hijas dedicó las mayores atenciones, a través de contactos personales, cartas, encuentros formativos. Convencido de que a la misión se le debe dar lo mejor, le dio más importancia a la calidad que a la cantidad. Quería evangelizadores preparados, "santos en modo superlativo", generosos hasta dar la vida. Su lema era: "Primero santos, después misioneros", comprendiendo el "primero" no en sentido temporal, sino como valor prioritario y absoluto.

Desde el cielo nos anima y bendice. José Allamano murió el 16 de febrero de 1926 en el santuario de la Consolata. Sus restos hoy reposan en la iglesia de la Casa Madre de los Misioneros de la Consolata, en Corso Ferrucci, Turín, meta de permanentes peregrinaciones de misioneros y misioneras, así como de amigos de las misiones y de tantos peregrinos. Más que una tumba, el sarcófago de José Allamano es un altar sobre el que se celebra la Eucaristía. Y junto a sus restos, sus hijos e hijas han querido colocar también las de Santiago Camisassa, su fiel colaborador y Cofundador de ambos Institutos.

José Allamano fue beatificado el 7 de octubre de 1990 por Juan Pablo II, quien selló con su autoridad el reconocimiento tributado en vida y después de su muerte, con diferentes apelativos: "santo de la Consolata", "padre providente", "formador y maestro del clero", "sacerdote para el mundo". Durante la homilía de la beatificación, el Papa, entre otras cosas, dijo: "En el momento en el que es incluido entre los beatos, José Allamano nos recuerda que para permanecer fieles a nuestra vocación cristiana es necesario saber compartir los dones recibidos de Dios con los hermanos de todas las razas y de todas las culturas; es necesario anunciar con coraje y coherencia a Cristo a todas las personas que encontremos, especialmente a los que aún no lo conocen".

En su testamento, José Allamano dejó escrito a los misioneros y misioneras palabras de aliento, que seguramente se pueden considerar como dirigidas a todos los que desean seguir su espiritualidad misionera: "Por ustedes he vivido tantos años, y por ustedes he consumido bienes, salud y vida. Espero que, al morir, pueda convertirme en su protector desde el cielo".

 

Cronología de José Allamano

21 de enero de 1851

Nace en Castelnuovo d'Asti. Sus padres son José Allamano y María Anna Cafasso, hermana de San José Cafasso.

22 de enero de 1851

Es bautizado en la iglesia parroquial con los nombres de José Octavio.

17 de octubre de 1860

Recibe el sacramento de la Confirmación.

1861-1866

Es alumno del Oratorio salesiano y tiene como director espiritual a San Juan Bosco.

1866-1873

Estudia Filosofía y Teología en el seminario de Turín.

29 de marzo de 1873

Es ordenado diácono.

20 de septiembre de 1873

Es ordenado sacerdote.

21 de septiembre de 1873

Celebra la primera misa en Castelnuovo.

1873-1876

Es asistente en el seminario diocesano de Turín.

30 de julio de 1876

Obtiene la licenciatura en Teología.

17 de octubre de 1876

Es director espiritual en el seminario.

12 de junio de 1877

Es agregado como Doctor Colegiado en la Facultad Teológica de Turín.

Septiembre de 1880

Es nombrado rector del santuario de la Consolata, del Convictorio Eclesiástico y del santuario de San Ignacio.

2 de octubre de 1880

Comienza su servicio como rector del santuario de la Consolata.

10 de febrero de 1883

Es nombrado canónico honorario de la Iglesia Metropolitana.

19-29 de enero de 1900

Grave enfermedad y curación milagrosa.

24 de abril de 1900

Desde Rívoli envía la carta para la fundación del Instituto IMC al card. A. Richelmy.

29 de enero de 1901

Decreto de fundación del Instituto Misiones Consolata.

18 de junio de 1901

Inauguración de la primera Casa Madre (la "Consolatina") en Turín.

8 de mayo de 1902

Partida de los primeros cuatro misioneros de la Consolata para el Kenya.

11-20 de junio de 1904

Celebraciones por el centenario del santuario de la Consolata.

28 de junio de 1909

Constitución del vicariato apostólico del Kenya.

9 de octubre de 1909

Apertura de la casa madre en Corso Ferrucci, Turín.

28 de diciembre de 1909

"Decreto de Alabanza" del Instituto.

29 de enero de 1910

Fundación del Instituto de las Misioneras de la Consolata.

3 de noviembre de 1913

Las primeras 15 misioneras de la Consolata parten para el Kenya.

18 de agosto de 1922

Muerte del cofundador canónigo Santiago Camisassa.

7 de septiembre de 1923

Propaganda Fide aprueba definitivamente las constituciones IMC.

20 de septiembre de 1923

50º aniversario de ordenación sacerdotal.

3 de mayo de 1925

José Allamano va a Roma para la beatificación de José Cafasso.

16 de febrero de 1926

Muerte de José Allamano.

7 de octubre de 1990

Beatificación de José Allamano.