Formación misionera

39. Formarse aquí y ahora. Los institutos religiosos al comienzo fueron muy fervorosos. Los individuos se preocupaban por su propia santificación, unían una sólida virtud al celo apostólico y presentaban esta unión recíproca, que es uno de los signos más seguros de la caridad. Pero no todos continuaron en ese fervor, y así volvió el espíritu mundano y tomó la delantera. ¿Qué podemos decir de nuestro Instituto? Subsistirá; pero preguntémonos: ¿se mantendrá siempre en ese fervor? Esta es la gracia que debemos pedirle incesantemente al Señor. Estén atentos a no dejar enfriar el fervor de los comienzos, porque es más fácil fundar que reformar una congregación. Si un día el espíritu del Instituto disminuye, ¡espero hacerme escuchar desde el paraíso!

Esta casa fue erigida para su formación. El Señor es el que puso aquí las reglas, los formadores y todas las gracias necesarias. Y si le dan importancia a todo, si demuestran ser dóciles para recibir día tras día, hora tras hora, las influencias de esta permanente lluvia de gracias, serán como el Señor quiere que sean y alcanzarán el fin de su vocación.

"En el momento favorable te escuché, y en el día de la salvación te socorrí. Este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación" (2 Cor 6,2). San Pablo define el "tiempo favorable", el tiempo del Evangelio, que debemos aceptar con gratitud y amor. La Iglesia aplica estas palabras al tiempo de Cuaresma. Uso estas mismas palabras para dirigirme a ustedes, aplicándolas a la gracia de la vocación y al tiempo que transcurren aquí para formarse en las virtudes sacerdotales, religiosas y misioneras.

Reflexionen bien: este es para ustedes el tiempo oportuno. Recuerden lo que decía san Jerónimo, quien vivió mucho tiempo en Jerusalén: "No es el vivir en Jerusalén lo que importa, sino el vivir allí santamente". Esta casa es su Jerusalén. Pero no basta con haber ingresado en ella, con permanecer y ocupar un lugar, así como no basta con llamarse misioneros y misioneras; lo que sí importa es formarse y vivir el espíritu misionero. Pero para lograrlo -no lo repetiré nunca lo suficiente- no deben esperar a estar en las misiones. Cada día es el tiempo favorable. Es aquí y ahora que deben formarse. Si alguien pensara que para hacerse santo hay que ir a las misiones se equivocaría profundamente. ¡No, no! Si no serán santos aquí, si no lo serán antes de partir, no lo serán nunca. Créanme: en las misiones recogerán lo que han sembrado aquí y nada más. Pobre, entonces, del que se aburre, del que no ama su propia formación. Se lo repito: déjense formar, acepten ser guiados y corregidos, busquen su propia perfección según la naturaleza y el fin del Instituto. Por lo tanto, que este sea el propósito de todos: aprovechar el tiempo, no perder ni un segundo. Si ahora se comportan así, un día recogerán muchos frutos.

Sean fieles a las gracias de Dios y a sus divinas inspiraciones. El Señor golpea con frecuencia la puerta de nuestro corazón. Estemos atentos para abrirle enseguida. Nos presenta ocasiones para realizar pequeños sacrificios y, si los hacemos con generosidad, nos presentará otros más grandes y más tarde otros enormes, hasta hacernos vivir las virtudes heroicamente.

40. En el espíritu del Instituto. El estilo de vida que deberán asumir en el Instituto es el que me inspiró y me inspira el Señor; y yo, atemorizado ante tanta responsabilidad, quiero que el Instituto se perfeccione y viva una vida perfecta. Pienso que el bien hay que hacerlo bien; si no, entre tantas otras ocupaciones, no habría asumido además la enorme responsabilidad de fundar una congregación. La experiencia de comunidad, que he vivido durante toda mi vida, quiero aplicarla a ambos Institutos.

Presten atención a mis recomendaciones, a mis exhortaciones e inclusive a mis expresiones de deseo más sencillas, que bien conocen. Esto es lo que quisiera de ustedes: buena voluntad, esfuerzo generoso y constante para asimilar el espíritu del Instituto. Vivan de tal manera que puedan repetir con S. Paolo: "Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí" (Gál 2,20). Y esto era así porque el Espíritu del Señor lo había invadido hasta el punto de transformarlo completamente. Renuévense espiritualmente (cf. Ef 4,23), para que también ustedes sean personas nuevas, con todas las virtudes de nuestro Señor.

Por lo tanto ustedes son Misioneros y Misioneras de la Consolata. Pero, ¿lo son también de hecho o sólo de nombre? Demostrarán serlo verdaderamente si tendrán el espíritu del Instituto y a la luz del mismo vivirán su vida de cada día y de cada hora. Es el espíritu lo que da forma y vida a las instituciones así como a cada uno de sus miembros. Cada institución tiene su propio espíritu, del cual y por el cual vive. Los individuos son miembros de un instituto en la medida en que poseen su mismo espíritu. Aquel que entre ustedes quiera asimilar totalmente el espíritu de nuestro Instituto necesita comenzar enseguida, sin perder el tiempo.

41. En los pensamientos, en las palabras y en las obras. Los pensamientos que pueblan su mente durante el día, ¿son dignos de misioneros y misioneras de la Consolata? ¿Están dirigidos constantemente a considerar el fin por el cual vinieron al Instituto? Es decir, ¿desean santificarse? ¿Pueden repetir con san Pablo que tienen "los pensamientos de Cristo"? (cf. 1 Cor 2,16).

Sus palabras, sus discursos, ¿son dignos de misioneros? Deberían hablar con frecuencia de temas espirituales o útiles, ayudarse mutuamente a crecer en las virtudes o en la ciencia. ¡En cambio, tantas veces sus charlas son tan banales!... Queridos míos, es todo tiempo perdido para su formación. Bastaría que uno de ustedes tuviera el coraje de dar el primer paso, pero nadie se atreve. ¡Y, sin embargo, estarían todos de acuerdo y contentos! Este es un punto que me preocupa en su formación. Quisiera que en sus conversaciones fueran siempre dignos de santos misioneros y misioneras.

Con respecto a las obras, examínense con frecuencia: no basta obrar como cristianos, tienen que hacerlo como buenos misioneros. Si un buen cristiano no tiene que buscar las comodidades, mucho menos deberá buscarlas un misionero. Lo mismo en lo que respecta a la piedad, al trabajo y a todas las virtudes. No basta el hábito y no bastan las palabras para demostrar que son verdaderos misioneros y misioneras, se necesitan las obras. Estas son las que deben dar testimonio de ustedes ante el mundo. Por lo tanto, tengan el espíritu de los Misioneros y las Misioneras de la Consolata en los pensamientos, en las palabras y en las obras.

42. Guiados por los superiores y los formadores. [1] Los superiores y formadores son como centinelas puestos por Dios en el Instituto para promover y conservar el fervor y el buen espíritu. Este es un gran servicio y deber.

Nuestro primer deber como superiores es el de orar por ustedes. Los recordamos en la santa Misa y los encomendamos al Espíritu Santo para que les conceda el don de fortaleza, a fin de que puedan superar las dificultades y combatir los defectos cotidianos, así como también el don de piedad, para que se conviertan en auténticos hombres y mujeres de oración. Nuestro segundo deber como superiores es el de estar presentes en la comunidad, serviciales y atentos. Esta es una responsabilidad grave de la que depende la vida, la prosperidad o la decadencia de las congregaciones. San Pablo ponía su disponibilidad hacia todas las Iglesias por sobre todas las cosas (cf. 2 Cor 11,28).

En tercer lugar, es nuestro deber no dejar pasar nunca un error sin corregirlo, como un maestro de música que no deja pasar una nota falsa con la excusa de que sea pequeña. Recuerdo las directivas que me dio el arzobispo mons. Lorenzo Gastaldi [2] cuando me mandó al seminario. Me dijo: "Te recomiendo dos cosas: primero una gran caridad, sin pronunciar nunca palabras duras que puedan ofender a los jóvenes y llevarlos a pensar que su formador no los estime. En segundo lugar, nunca dejes pasar un error sin corregirlo". Esta es la responsabilidad de los superiores y formadores.

Cuando era director espiritual en el seminario, con frecuencia tenía la tentación de huir para liberarme de esa responsabilidad, que con respecto a ustedes es inclusive mayor y permanente. Por mi parte, me siento responsable de cada uno de ustedes, de su santificación, de la salvación de tantas almas. Quiero presentarme ante Dios con la conciencia de haber hecho mi deber de formador de misioneros y misioneras y, hasta que mis débiles fuerzas me lo permitan, espero poder cumplirlo.

Dios me ha puesto a mí, a sus superiores y formadores para que los guiemos. Por lo tanto, somos nosotros quienes debemos evaluar su vocación y formarlos en el verdadero espíritu del Instituto como Misioneros y Misioneros de la Consolata. Deberemos rendir cuentas ante Dios de cómo hemos llevado a cabo esta misión particular, si fuimos ministros y transmisores fieles de las gracias recibidas para que se las comunicáramos a ustedes. ¡Pobres de nosotros si habremos sido infieles por miedo a ofenderlos! Para ustedes el camino a seguir es el que les indicamos. Si somos nosotros los transmisores de la gracia de Dios hacia ustedes, de esto se desprende que nadie más, ni sacerdote, ni laico, aunque fuera más santo y sabio que nosotros, puede y debe intervenir o dar consejos. Ustedes sólo deberán responder ante Dios por haberme obedecido a mí y a quien los guíe en mi nombre. Espero que todos ustedes tengan esta buena voluntad de dejarse formar.

43. Con corazón abierto y confiado. Aquí todo debe ser amor. Amar a los superiores y a los formadores que por ustedes soportan penas y cansancio; el afecto de ustedes los consolará. Deben ser respetados sin tener en cuenta sus cualidades personales, sino solamente su servicio como representantes de Dios, cada uno según su propia responsabilidad. ¿Tienen ustedes este espíritu de fe práctica?

Permítanme insistir sobre la necesidad de confiar en los superiores y formadores. Nosotros aquí formamos una familia. [3] Ahora bien, en las buenas familias los hijos sienten el deber de comunicarle al padre, para que este los guíe, los pensamientos y afectos, los bienes y los males. Ustedes son los hijos, los superiores y formadores son sus padres en el Señor. Día y noche ellos están a su lado, piensan, oran, trabajan por ustedes, conscientes de la responsabilidad que tienen frente al Instituto, a la Iglesia y a Dios. Por lo tanto, sus corazones tienen que estar abiertos, como el de hijos con su propio padre. Esto es todo lo que ellos desean. Y no olviden nunca que recibieron de Dios una gracia muy especial para guiarlos y formarlos a la santidad necesaria para su estado de vida.

Créanme, sin esta apertura de ánimo se hace mucho más difícil responder dignamente a la vocación, porque es a través de los superiores y formadores, como a través de un canal, que el Señor hace llegar sus gracias a las almas. Creo poder afirmar que el buen espíritu de una comunidad religiosa y misionera florece o se marchita según cómo se ponga en práctica esta confianza.

En las comunidades hay individuos que viven lo que sienten, tratando de observar las reglas, están siempre tranquilos y… ¡Deo gratias! Sigan así todo el año. Pero hay otros —y son la mayoría—, para los que la apertura constante con los superiores y formadores es una verdadera y absoluta necesidad, tanto para no desanimarse en las dificultades como para crecer con mayor rapidez y seguridad en la vida religiosa y misionera.

Para concluir, les puedo decir lo siguiente: nunca nadie se arrepintió de haber confiado. Al contrario, muchos lamentan, pero demasiado tarde, haber descuidado este potente medio de formación: habría bastado un acto de humildad al confiar dificultades y penas, así como habría sido suficiente una palabra de quien guía para salvar una vocación que ahora se ha perdido para siempre. ¡Feliz aquel que comprende y vive estas cosas! Cuando estaré en el paraíso los voy a bendecir todavía más; siempre estaré asomado al balcón…

44. Con sencillez y sinceridad. La sencillez consiste en excluir del espíritu toda segunda intención, para no buscarse a sí mismos sino sólo lo que contribuye a la mayor gloria de Dios y es de utilidad al prójimo: este es el gran secreto de la sencillez, tan amada por el Señor. Él dice: "Sean sencillos como las palomas" (Mt 10,16) y nos exhorta a hacernos pequeños si queremos entrar en el Reino. Aquí adentro necesitamos formarnos al espíritu de sencillez. El simple piensa, habla y obra con la verdad.

Si se busca (como se debería) sólo la voluntad de Dios y nuestro bien, confiemos todo (menos el pecado) a los superiores y a los formadores, que nos ayudarán a conocer la voluntad de Dios y, además, nos impedirán encarar un camino que Dios no quiere que transitemos. En vez de buscar todos los medios para darse a conocer y ser ayudados a corregirse y perfeccionarse, algunos tratan de esconder y cubrir sus debilidades. Así no se comportan los santos. Si nos hiciéramos el propósito de obrar como los niños, que dicen todo lo que piensan, sería mejor. No tengan miedo de que se conozcan sus defectos, porque de esa manera los demás podrán ayudarlos a corregirlos. Tengan miedo de tener defectos, pero no de que los demás los conozcan. Tengan un espíritu recto, sean sencillos, sin ambigüedades… La realidad es la que es. ¡Recuerden que el Señor no obra en el agua turbia! Que lo que sale de la boca surja del corazón. La verdad es la verdad y debemos amarla. Esto es lo que quiero: espíritu límpido, neto, claro; que lo que tengamos adentro concuerde con lo que se ve por fuera.

45. De calidad. El Señor ha mandado vocaciones a nuestro Instituto y, si hay un buen espíritu, mandará otras, porque el Instituto es obra suya así como las vocaciones. Que el Señor nos siga mandando vocaciones, pero de buena madera. Esto es lo que quiero: pocos pero buenos, pocos pero en regla: que tengan espíritu, que sean voluntariosos y capaces de trabajar por tres. No es el número lo que cuenta, sino la calidad y el espíritu, aunque el número también tiene su importancia siempre que vaya acompañado de la calidad.

¿Para qué quiero tener cincuenta o cien jóvenes en formación si no son como yo los quiero? ¡Cuántas veces me oyeron decir: cuidado con abrir de par en par la puerta de entrada! ¡Cuidado con el miedo a rechazar jóvenes! Siempre les repito lo mismo; pero lo repito porque el número me asusta si no va acompañado de las necesarias virtudes que debe tener cada miembro. Cuando son muchos no se pueden formar tan bien, como cuando son pocos. Se los he dicho y lo repito: mejor pocos, pero como se debe. Y si alguien que aún no ha hecho los votos perpetuos siente que no logra vivir como debería, hace bien en dejar la comunidad. Es mejor para él, para el Instituto y para la misión.

46. Sin apuro por ir a las misiones. Ustedes son como tiernas plantas en el jardín de la Iglesia y el Señor quiere que crezcan bien, derechos, llenos de vida. Pero para lograrlo es necesario dejarse cultivar. De corazón, pongan manos a la obra. ¡Feliz aquel que se ha preparado bien! Para adquirir virtudes sólidas, plenas, macizas, se necesita tiempo.

No estén apurados por ir a las misiones. Es justo que sientan tantos deseos de partir, porque este es el fin por el que vinieron y hacia el cual se dirigen. Hacia el mismo está orientada la formación que reciben en el Instituto. Siempre les digo que su corazón debe estar en las misiones. Sin embargo, este deseo debe estar acompañado por un santo temor. De hecho, no basta con querer partir, porque para poder hacerlo hay que estar preparados, no sólo en lo que respecta a los conocimientos, sino y sobre todo, en las virtudes. En las misiones el árbol dará sus frutos: serán pacientes, generosos, desarraigados frente a las comodidades si se ejercitaron en todas estas cosas durante el período de formación, si adquirieron el hábito. Este es el justo temor que experimentan todos los que tienen un buen espíritu y comprenden el valor del apostolado.

¡Dejemos la ansiedad de vivir corriendo! Les recomiendo que tengan calma y paciencia para prepararse bien. Quiero que vayan despacio para poder caminar bien. No basta con tener mucha tierra para cultivar si después faltan los brazos para trabajarla o si los obreros no son idóneos para realizar el trabajo. Se necesita gente capaz, bien formada. Me gustaría que estas consideraciones se les grabaran en la mente. Que deseen ir a las misiones está bien, pero también deben temer no estar lo suficientemente preparados. La Iglesia no necesita tantas personas; aun sin ellos continuará su misión: En cambio necesita apóstoles preparados y bien formados en el espíritu. Nadie es necesario, pero todos son útiles. Lo mismo podemos decir de nuestro Instituto.

Formación a una vida ordenada

47. Interés y colaboración de todos. La disciplina [4] es importante porque favorece la formación de las personas y la organización de la comunidad. Ésta abarca un ámbito muy amplio que incluye la puntualidad en el cumplimiento de las propias obligaciones, la fidelidad a las normas y costumbres de la comunidad, la buena educación, la urbanidad, etc.

Los antiguos padres de familia, como los patriarcas, cada tanto solían reunir a sus hijos mayores, a los más juiciosos, y discutían con ellos sobre cosas de la familia. Hablaban del pasado, del presente y del futuro: cómo les iba en los negocios, qué mejoras se podían aportar, lo que se debía corregir en la vida de la familia. Conocí a uno de estos padres: ¡qué bien marchaban las cosas en su casa! ¡Para ellos era común ponerse de acuerdo y comprometerse! Del mismo modo debemos hacer nosotros, por eso disfruto tanto de estos encuentros con ustedes: debemos comprendernos íntimamente. Miremos el presente y preguntémonos: ¿anda bien nuestra comunidad?... ¿Podría ir mejor?... ¿Qué medios deberíamos adoptar?... ¿Qué obstáculos debemos evitar?... El futuro del Instituto depende del presente.

De ustedes, como misioneros y misioneras, el Señor quiere que se interesen concretamente por el bien común. Recuerden que el bien, para que sea realmente un bien, debe ser completo. Además, quien no es ordenado en las cosas materiales, tampoco lo es en sus pensamientos y en todo lo demás. Como ya se los he repetido, el bien hay que hacerlo bien pero, por nuestra misma vocación, es necesario hacerlo cada día mejor, es decir con espíritu. Lo que cuenta no es tanto la acción en sí misma, sino el espíritu con el que se la realice. Que así sea nuestra comunidad: ordenada en lo material, vivificada por el buen espíritu.

48. ¡A mí también me toca! Vivamos unidos e interesémonos por todo en la casa, como si cada metro cuadrado fuera nuestro. Es necesario que todos y cada uno demuestre interés; que cada uno se sienta miembro vivo del mismo cuerpo; trabajar todos de acuerdo y por el bien de todos, como hacen los miembros del cuerpo humano. ¿No tenemos todos el mismo fin? Sí, el mismo fin y el mismo deseo: que nuestra comunidad, que el Instituto proceda bien, prospere y realice su misión. Por lo tanto, no digan: "a mí no me toca". Nos toca a todos. Si alguien tropieza con una silla puesta fuera de lugar, con la excusa de que "a mí no me toca", no piensa en ponerla en su lugar; si encuentra en el piso un pedazo de papel, no lo recoge; si siente que se golpean una ventana o una puerta, no las cierra. Primero debemos hacer aquellas cosas de las que somos responsables, hacerlas bien, hasta el final, con espíritu; después interesarse también de todo lo demás.

49. Disciplina no sólo observada sino amada. Pero la disciplina no sólo debe ser observada, sino también amada. Si no se la ama será casi imposible llevar a cabo nuestras obras con alegría y constancia. Me parece que en las comunidades no falta tanto la observancia material cuanto más bien el amor a la disciplina. Por lo tanto, mientras todos hacen las mismas cosas, algunos las disfrutan porque las hacen con amor; otros, en cambio, no pudiendo vivir de otra manera, sólo sienten su peso.

Esto no significa que la observancia de la disciplina no cueste. Se trata de trabajar sobre la propia voluntad y de purificar sin reservas las propias tendencias desordenadas. Todo esto cuesta, pero el amor lo hace dulce y suave. No olviden la advertencia del Espíritu Santo: "El que desprecia la sabiduría es un desdichado" (Sab 3,11). Al contrario, quien la observa con amor goza de la paz perfecta. En vez de aspirar a cosas imposibles, hagan lo que deben hacer, háganlo bien, en el tiempo, lugar y modo indicados; y no por períodos, siguiendo el humor del día, sino siempre, todos los días y durante todo el día. ¡Eso es tener espíritu de disciplina! Sobre todo en las misiones es necesaria la disciplina, observada por deber y con amor. Dadas las circunstancias en las que se lleva a cabo el trabajo en las misiones, un hecho de indisciplina puede provocar desorden y perjuicios en la evangelización.

50. Buena educación y delicadeza. Más allá de cualquier consideración, la disciplina, como buena educación, también es necesaria para el apostolado. Un misionero y una misionera que no saben ser educados, no pueden ser estimados y, por lo tanto, les resulta difícil hacer el bien a la gente.

La educación también es necesaria para conservar la caridad. En las comunidades, como en las familias y en la sociedad, se necesitan ciertas atenciones. La educación bien entendida nos lleva a la delicadeza en los sentimientos, prepara el camino para que pensemos con humildad sobre nosotros mismos, para que no ofendamos a los demás, para que los prefiramos a nosotros mismos, para que seamos agradecidos. Así como la educación ayuda a vivir la caridad, la caridad, a su vez, ennoblece la educación. La caridad es mayor cuando más educación hay. Las comunidades más educadas viven más fácilmente la caridad entre sus miembros; en cambio, allí donde se empieza con palabras groseras, se termina faltando a la caridad. Por lo tanto, deseo que entre ustedes haya mucha delicadeza. Que cada uno se examine a sí mismo para ver si algo no corresponde a la misma. Quisiera que tuvieran esta caridad fina y que nuestra comunidad pudiera ser considerada una comunidad delicada.

¿Cómo se puede legar a ser finos y educados? Reflexionando y trabajando sobre nosotros mismos para quitar de nuestras costumbres lo que no corresponde a personas educadas. Créanme, está bien gastado el tiempo que empleamos para mirarnos a nosotros mismos, para preguntarnos si no hacemos algo que no corresponda a una persona educada, algo que pueda molestar a los demás. Además, se llega a ser finos y educados con la corrección fraterna. A veces uno no se da cuenta de los propios gestos ordinarios, por lo tanto es caridad auténtica decírselo. Las faltas contra la educación son pequeñas cosas que debemos corregirnos mutuamente.

A este tema de la buena educación le doy mucha importancia y nunca dejaré de insistir sobre él. Que la nuestra sea una comunidad educada. Junto con la piedad y el estudio, quiero buena educación y que todas las cosas estén bien hechas, con dignidad, moderación y delicadeza. No, no permito ninguna grosería aquí dentro. Es claro que, como hace notar san Bernardo, la educación no constituye la perfección religiosa, sino un medio que la favorece. Los buenos modales, en relación a las virtudes, son como las flores en relación a los frutos. Son sólo flores, pero flores que nos permiten esperar en los frutos. Vivamos así y el Señor nos bendecirá, así nuestra comunidad será, también en esto, una comunidad ordenada. ¡Nuestra Consolata es delicada y quiere que sus hijos también lo sean!

51. Control de sí mismo y modestia en el comportamiento. La modestia, entendida como discreción y dignidad en el comportamiento, abraza todo lo que es nuestro aspecto exterior, "de los pies a la cabeza", como decía san José Cafasso. Esta es una gran virtud que proviene del dominio interno sobre las propias pasiones, y presupone otras virtudes, como la paciencia, la mansedumbre, la humildad, etc. Además requiere un continuo trabajo de autocontrol. Dios, invisible, se hace visible también en nosotros: no sólo a través de nuestras virtudes, sino también en el comportamiento externo. Por lo tanto, no sean modestos sólo por ustedes mismos, sino también para dar testimonio al prójimo.

¿Cómo adquirir la modestia? Ante todo con el ejercicio de la presencia de Dios. Sí, Dios está cerca nuestro y nos ve. Acostumbrémonos a vivir en Su presencia; entonces, solos o en compañía, siempre seremos reservados y dignos. Además, es necesario reflexionar con frecuencia sobre nosotros mismos para ver si hay algo contrario a la modestia y, en tal caso, intervenir inmediatamente. Sí, deseo que aprecien mucho la modestia.

En esto consiste la disciplina. Ámenla y obsérvenla. Ella es como la ley de Dios, que los acompaña en todas las acciones del día. Está escrito: "Mucha paz para el que ama tu ley" (Sal 118,165). Esta expresión siempre me gustó. Sí, recuerden que la paz abundante sólo viene del amor, por lo tanto de la observancia vivida por amor.

Formación al estudio y al trabajo

52. Necesidad del estudio. Al misionero y a la misionera no les basta la santidad, también necesitan saber. En efecto, la piedad puede formar a un buen eremita, pero sólo los conocimientos, unidos a la piedad pueden formar buenos evangelizadores. El verdadero apóstol es también el que sabe. El estudio debe ser considerado en función de las misiones. No basta una preparación intelectual mediocre, sino una verdadera formación profesional. El misionero ignorante es un ídolo de tristeza y de amargura.

La necesidad del estudio es evidente en la Sagrada Escritura. En el Antiguo Testamento se lee en Malaquías: "De hecho, los labios del sacerdote deben custodiar la ciencia y de su boca se busca la preparación, porque él es un mensajero del Señor de los ejércitos" (Mal 2,7). El pueblo buscaba la verdad en los sacerdotes, quienes, por lo tanto, debían poseerla. Y en Oseas está escrito: "Perece mi pueblo por falta de conocimiento. Como tú rechazas el conocimiento, te rechazaré a ti como sacerdote" (Os 4,6). En el Nuevo Testamento el Señor dijo a los Apóstoles: "Vayan e instruyan a todas las naciones" (Mt 28,19). Pero para enseñar a los demás es necesario tener la preparación necesaria. Es por este motivo que san Pablo recordaba a Timoteo: "Vigila sobre ti mismo y sobre tus enseñanzas y sé perseverante" (1Tim 4,16).

San Francisco de Sales consideraba al estudio como "el octavo sacramento". Ustedes saben que santa Teresa decía que entre un confesor preparado y menos bueno y otro más bueno pero menos preparado, habría elegido, para tranquilidad de su alma, el más preparado. No hay que pretender tener la ciencia infusa, como en los Apóstoles, quienes, sin embargo, se formaron durante tres años en la escuela de Jesús. Créanme: harán mucho o poco bien también en proporción a los estudios que hayan realizado.

Un misionero o una misionera sin preparación intelectual son como una lámpara apagada. Por eso, sus conocimientos deben ser lo más amplios posible. Todo está pensado para formarlos, tanto en los estudios como en la piedad. Quien se comprometa en los estudios, al final de su formación se encontrará con todo lo necesario y útil para realizar bien la misión que el Señor le confiará. Recuerden también el dicho: "las cosas repetidas ayudan". Es necesario volver sobre las cosas que se estudian. La primera vez que se estudia un tema es para decirlo; la segunda, se empieza a asimilarlo; la tercera, se gusta la verdad.

53. Estudio de los idiomas. Les recomiendo en particular el estudio y práctica de los idiomas, para poder hablar y comunicar con la gente. En efecto, ¿para qué les servirían los estudios de filosofía, teología, etc., si después no se supiera comunicar a los demás el contenido de los estudios? Si las lenguas se hablan mal, el fruto será escaso, con la consecuencia de que se perderá el deseo de evangelizar, o se hará con poca energía o incluso con poca autoridad. Por lo tanto, recuerden: primero la filosofía, la teología, la Sagrada Escritura, después enseguida los idiomas. Considero este punto como un signo de vocación misionera en nuestro Instituto.

Las cartas de misioneros y misioneras con frecuencia contienen un lamento: no saber la lengua indígena y, por lo tanto, no poder evangelizar enseguida. Con ustedes no deberá pasar lo mismo. Estudien con empeño los idiomas. Cuando uno hace todo lo posible por aprender, el Señor, si es necesario, le dará el don de lenguas prometido a los Apóstoles. Cuando enviamos a Roma el primer vocabulario y la primera gramática kikuyu, realizados completamente por nuestros misioneros, el card. Cayetano De Lay escribió una larga carta de felicitaciones, comparando a nuestros misioneros con los santos Cirilo y Metodio, diciendo que, así como estos dos santos habían puesto por escrito la lengua de los pueblos eslavos, nuestros misioneros en cierto modo dieron vida a la lengua de los Kikuyu.

No basta con estudiar la gramática de un idioma, también hay que practicarlo. Quien no tiene inclinación y empeño para estudiar las lenguas, difícilmente vivirá su vocación misionera. Por lo tanto, insisto en el estudio de los idiomas. Es realmente una necesidad para los misioneros y misioneras.

54. Estudio para la misión. Se debe estudiar con humildad, energía, templanza y piedad. Con humildad: de esto hablaremos más detenidamente cuando hablemos de la virtud de la fe. Con energía: quiere decir estudiar con profundidad y sin perder tiempo. Con templanza: es decir no estudiar ni más ni menos de lo que hay que estudiar, sin sentir que se robó al estudio el tiempo que la obediencia destina a otras obligaciones. Aquí dentro, lo repito, todo está en función de las misiones.

En particular, estudiar con piedad: para un misionero y una misionera todo está dirigido a la piedad, inclusive el estudio. Mons. Eduardo Pulciano, cuando era seminarista, deploraba que entre la escuela y la capilla hubiera como una barrera. ¿Cómo se puede estudiar el sacramento del Bautismo sin que surja del corazón un gesto de agradecimiento a Dios que, sin ningún mérito, nos hizo ese don? ¿Cómo podemos estudiar la Eucaristía sin hacer alguna comunión espirtual? ¿O estudiar el sacramento de la Reconciliación y no agradecer al Señor por todas las veces que hemos recibido y recibimos este sacramento?

Estudiar con piedad también significa recurrir al Señor para tener la luz necesaria. Santo Tomás afirmaba haber aprendido más a los pies del Crucifijo que sobre los libros. Por lo tanto, estudien con devoción, como si lo hicieran en el templo. El Cura de Ars estudiaba siempre en la sacristía, para estar cerca del Señor. En la época de san Francisco de Sales circulaba la frase: "Si quieres confundir al adversario usa el recurso que quieras, pero si quieres convertirlo recurre al obispo de Ginebra".

El fin de los estudios no es otro que nuestra santificación y el servicio al Instituto y a la misión. Por lo tanto, no se estudia por motivos humanos. Todo lo que hagan, no lo olviden nunca, es en función de la evangelización. Quisiera que estas palabras del salmo se convirtieran en una oración constante: "Enséñame el juicio y la sabiduría" (Sal 119,66).

55. Trabajo: deber y honor. El misionero y la misionera deben distinguirse por su amor al trabajo. Quien no se adapte a los trabajos manuales no tiene espíritu misionero. Es necesario tener espíritu de oración y de trabajo; trabajo intelectual y trabajo manual. En los trabajos sean activos y en las cosas espirituales contemplativos.

El trabajo es un deber, pero es también un honor por haber sido santificado por la Sagrada Familia. Hasta los treinta años Jesús trabajó con san José en el humilde oficio de carpintero. María tampoco vivió toda su vida rezando; también trabajaba mucho, llevando a cabo las tareas de la casa de Nazaret. San Pablo, aun debiendo predicar, trabajaba para proveer a sus necesidades y a las de los demás: "Nos agotamos, trabajando con nuestras manos" (1 Cor 4,12). En los Hechos de los Apóstoles está escrito que san Pablo "encontró a un judío llamado Aquila, originario del Ponto, que acababa de llegar de Italia con su mujer Priscila, [...]. Pablo fue a verlos, y como ejercía el mismo oficio, se alojó en su casa y trabajaba con ellos haciendo tiendas de campaña" (Hech 18,2-3). El Card. Massaia [5] remendaba las ropas y reparaba los calzados de aquellos que quería evangelizar. ¿Acaso no hicieron lo mismo los Benedictinos y otros monjes, para evangelizar a los bárbaros? Especialmente en la misión, la ciencia del trabajo no es menos necesaria que las otras ciencias.

Quien no sabe o no tiene ganas de trabajar no es un verdadero misionero o una verdadera misionera; le falta algo a su vocación. Cuando se llega a las misiones y todavía no se conoce la lengua local, ¿qué debemos hacer? Se empieza a trabajar y, mientras tanto, trabajando en contacto con la gente, se aprende el idioma. Si alguien dijera: "Sólo quiero predicar, no trabajar", cometería un error. Desde el África una misionera me escribía: "Entre las cosas más necesarias en la vida de las misiones, junto con la obediencia y la caridad mutua, está el amor al cansancio". Esto es válido también para los misioneros sacerdotes.

56. Ayudarse mutuamente. ¡Qué bueno cuando en una comunidad se da este competir en el ayudarse mutuamente! ¿Acaso no es así también en las familias? Es hermoso que todos cooperen en hacer el bien. Tanto quien barre, como quien trabaja o estudia, que lo haga por amor a Dios. En nuestro Instituto hay muchos servicios por realizar; uno tiene la capacidad para una cosa y el otro para otra, así entre todos se hace todo. Lo importante es hacerlo por amor a Dios, para santificarnos, para salvar almas.

57. Proveer al mantenimiento. Se va a las misiones para evangelizar, pero también es necesario mantenerse y, por lo tanto ocuparse del propio sustento. Cuando uno trabaja debe pensar que colabora en el ahorro de la comunidad. Tratar de ganar algo para la comunidad es un deber porque somos miembros vivos del Instituto. Esto no es un colegio donde se paga, sino una familia donde todos pagamos de la misma manera. Si podemos ser útiles en algo, considerémonos afortunados y, por lo tanto, hagámoslo con gusto. Trabajar para mantenerse, pero también para ayudar a los demás. También san Pablo exhortaba a los cristianos a ponerse "a trabajar honestamente con sus manos, para poder ayudar al que está necesitado" (Ef 4,28).

Pienso que, para prepararnos bien a las misiones, es bueno aprender algún oficio y a hacer un poco de todo. Recuérdenlo: no quiero que aquí adentro los talentos no sean puestos en práctica. Que se valorice todo lo que se sabe y sirva. Que todas las capacidades sean cultivadas. No hay que tener miedo de ensuciarse las manos, sino de no aprender a realizar los trabajos manuales, inclusive los más humildes de la casa. Quien tenga problemas para hacerlos o los hace sin ganas, no está hecho para ser misionero o misionera. Aprendan de todo, den importancia a todas las cosas, tengan un espíritu de observación, sean emprendedores y amen el trabajo.

Es necesario trabajar bien, con esmero, pensando en lo que se está haciendo y sin perder el tiempo, con una auténtica voluntad de aprender. Trabajar con energía y no evitar la fatiga buscando la propia comodidad. Más hay para hacer, más se hace. Aquí se trabaja sólo por amor a Dios y, por lo tanto, el poco cansancio que sentimos, pensemos que es por el Señor y para hacernos santos. En todo hagamos la voluntad de Dios. Si hubiesen sido unos "blandos", no habrían venido a este Instituto.

 

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[1] Para referirse a los educadores de los seminarios o de las casa religiosas, José Allamano seguía el uso común y hablaba normalmente de "superiores". La responsabilidad formativa de los superiores con respecto a los miembros de sus comunidades es innegable. Al haber sido él mismo un gran formador, para hacer que su pensamiento sea más explícito aún, cuando él usa sólo el término "superior", refiriéndose a su acción formativa, aquí se lo explicita y completa con el término "formador".

[2] Lorenzo Gastaldi (1815-1883), arzobispo de Turín, fue un apóstol activo, comprometido y de profunda cultura. Fue doctor en Teología, miembro del Colegio Teológico de la Universidad de Turín y canónigo de la iglesia de la Santísima Trinidad. En 1851 entró con los Rosminianos y el mismo Rosmini lo envió a Inglaterra, donde trabajó durante 10 años. Por motivos de salud, en 1862, dejó la congregación y regresó a la diócesis. Elegido obispo de Saluzzo en 1865, participó del Concilio Vaticano I, defendiendo con pasión y maestría la infalibilidad pontificia. Cuando la sede episcopal de Turín quedó vacante, siguiendo el consejo de Don Bosco, Pío IX lo nombró arzobispo. Gastaldi apreció mucho a José Allamano, a quien nombró asistente y luego director espiritual del seminario apenas después de su ordenación, y rector del santuario de la Consolata cuando sólo tenía 29 años. El mérito especial de mons. Gastaldi fue el haber confiado en José Allamano, permitiéndole reabrir el Convictorio Eclesiástico para la formación de los jóvenes sacerdotes en el santuario de la Consolata así como el haber puesto en sus manos la cátedra de teología moral. Allamano siempre sintió una profunda veneración por su arzobispo.

[3] Aún conociendo la problemática inherente al concepto de "familia" que existe hoy en determinados contextos culturales, aquí se mantiene la terminología y el pensamiento de José Allamano sobre la familia, conservados tradicionalmente en nuestros Institutos y que corresponden exactamente a las enseñanzas del magisterio de la Iglesia.

[4] En la pedagogía de José Allamano, como era costumbre en su época, la palabra "disciplina" implicaba diferentes actitudes que iban desde la observancia de las normas, a la regularidad y el modo de tratar con las personas. Estas actitudes se pueden sintetizar en una sola: "ser fieles en modo ordenado a la propia vida". La disciplina, en realidad, no significaba tanto una fidelidad externa a normas o deberes, sino una coherencia interior a los compromisos asumidos. Para no modificar las palabras de José Allamano, en estas páginas se mantiene la palabra "disciplina", que debe ser interpretada a la luz de estas aclaraciones.

[5] Guillermo Massaia (1809-1889), nacido en Piovà (Asti, Italia), entró en la Orden de los Capuchinos de Turín en 1826. Ordenado sacerdote en 1832, fue capellán del hospital Mauriziano de Turín y maestro de filosofía y teología en el convento de Testona (TO). Consagrado obispo en 1846, pudo entrar en la misión de Etiopía sólo en 1852, después de un largo viaje lleno de sufrimientos y de peripecias inauditas. En 1879 fue expulsado por el emperador Joannes IV, dejando en Etiopía varias comunidades cristianas. En 1884 fue creado cardenal por el Papa León XIII, el cual le pidió que escribiera sus recuerdos misioneros, publicados en 12 volúmenes a partir de 1885 con el título: Mis 35 años de misión en la alta Etiopía. Esta obra puede ser considerada una obra maestra de la literatura misionera internacional. José Allamano fundó el Instituto también con el fin de continuar la obra de Guillermo Massaia.