Vocación misionera
23. Amados desde la eternidad. Dios ha pensado en ustedes desde toda la eternidad. No tenían ningún mérito, y sin embargo Él los ha amado. "Te he amado con amor eterno" (Jer 31,3). Te he amado a ti, justamente a ti, y no a otra persona.
Él los ha llamado al apostolado por su sola bondad. No necesita de nada ni de nadie para hacerlo. Ha realizado esta gracia a ustedes, prefiriéndolos entre tantos otros más dignos y que, tal vez, habrían respondido mejor a su llamado. Entonces, ¿por qué justamente a ustedes? Porque los ha amado con un amor especial. Ha hecho con ustedes lo que hizo con aquel joven del Evangelio: "Y Jesús, mirándolo fijo a los ojos, lo amó y le dijo: ven y sígueme." (Mc 10,21). ¡En eso consiste la vocación! Es esta mirada de predilección de Jesús.
24. Amor por Dios y pasión por las almas. [1] La vocación misionera es propia de todos los que aman mucho al Señor y desean hacerlo conocer, dispuestos a cualquier sacrificio. No se necesita nada más. Esta vocación es ese gesto providente con el que Dios elige a algunos y les concedes las capacidades apropiadas para evangelizar a las personas en los países y grupos humanos no cristianos. [2] El Señor Jesucristo, comenzando por los apóstoles, transmite siempre a algunas personas su misma misión: "Como el Padre me ha enviado a mí, del mismo modo yo los envío a ustedes" (Jn 20,21). La Iglesia toma conciencia de esto y, a su vez, confirma esa misión divina. Los misioneros y las misioneras obran en nombre de la Iglesia.
Los santos siempre han deseado ir a las misiones: S. Francisco de Asís, S. Romualdo, S. Teresa de Ávila, S. María Magdalena de Pazzi y S. Teresa del Niño Jesús, proclamada por la Iglesia patrona de las misiones.
25. Sacerdote misionero por naturaleza. Con respecto a los sacerdotes, ¿qué diferencia hay entre predicar el Evangelio en nuestros países de origen y anunciarlo a los no cristianos? ¿No es la misma vocación? ¿Esto no es un deber de cada sacerdote? Todos los sacerdotes, por naturaleza, son misioneros. Esencialmente no hay diferencias entre la vocación sacerdotal y la vocación misionera. Sólo se necesitan un gran amor a Dios y pasión por las almas. No todos los que lo deseen podrán ir a las misiones, pero esa aspiración deberían tenerla todos los sacerdotes. El apostolado en los territorios de misión es, bajo este punto de vista, el grado superlativo del sacerdocio. Cuando se trata de un religioso no sacerdote y de una religiosa de vida activa, especialmente si trabajan en países de misión, ellos también son verdaderos misioneros. Es el caso de nuestros hermanos y nuestras hermanas.
26. La vocación misionera, un don de Dios. Según san Pablo, Dios da diferentes dones naturales y sobrenaturales; y el Espíritu Santo se adapta a la índole, a las fuerzas, a las capacidades de cada persona, para hacernos santos a todos. S. Pablo enseña que cada uno de nosotros ha recibido un don de Dios (cf. 1Cor 7,7). Para nosotros, ese don es la vocación misionera, que podremos valorar adecuadamente sólo en la vida eterna. ¿Rechazarlo, entonces, no significa nada? El Señor nos invita a un estado de perfección, nos ofrece un lugar específico en la Iglesia, nos demuestra su predilección: ¿podemos rechazar semejante don? ¿Les parece poco? Algunos podrían decir que se trata sólo de un consejo. Tal vez, pero ¿así apreciamos los consejos de Dios? Si san Francisco Javier hubiera rechazado este don de Dios, ¿qué sería hoy de él? Seguramente no habría llegado a la santidad.
¡Cuántas personas desorientadas espiritualmente en el mundo por haber rechazado el don de Dios! Recuerden siempre que la primera oferta para el Instituto, de cien liras, la recibí de un sacerdote del cual nunca supe el nombre, que decía enviarla para aplacar el remordimiento de no haber seguido en su juventud la llamada al apostolado entre los no cristianos. [3] ¡Ah, no, no creamos que le estamos haciendo un favor a Dios si respondemos a su llamado! Es él quien nos hace a nosotros un gran regalo.
27. Sin signos extraordinarios. A veces podemos dudar de ser llamados al apostolado. Es una pena dolorosa que hizo que se perdieran muchas vocaciones o al menos entibió el fervor de otros para prepararse bien al apostolado. ¿Ustedes tienen esta vocación? Les respondo afirmando que no es necesario haber recibido signos extraordinarios, y tampoco pretenderlos de parte de Dios. Inclusive, si viniera un ángel podríamos siempre dudar de que se trate de una ilusión. Basta con haber tenido algún signo especial, que tal vez nos ha parecido casual cuando en realidad era querido por Dios en vistas de la vocación: la lectura de un periódico o un libro misionero, una homilía sobre las misiones, el ejemplo de un compañero, la palabra del párroco o del confesor, inclusive algunas circunstancias familiares, etc. Estos signos bastan. Ellos son el modo ordinario del que se sirve Dios para despertar la vocación misionera en aquel que ha elegido.
28. Sólo para la evangelización. Quien entrara en nuestro Instituto con una finalidad diferente a la de convertirse en un Misionero o Misionera de la Consolata, sería un intruso y debería dar cuentas de ello ante Dios, la comunidad y los bienhechores. El Instituto no es un colegio o un seminario en el que puedan madurar diferentes vocaciones, sino sólo la vocación misionera, y de la Consolata. Si alguien hubiera entrado con buenas intenciones y luego se diera cuenta de que no tiene esta vocación, después de escuchar el consejo prudente de los superiores, debería retirarse y volver a casa o al estado que le corresponde. También faltaría a su deber quien, llamado por Dios, no respondiera afirmativamente y no se formará según el espíritu misionero del Instituto.
Respuesta a la vocación
29. ¡Si conocieras el don de Dios! Felices ustedes que escucharon la invitación de Dios y, confirmados a través de la oración y de los sabios consejos recibidos, con coraje dejaron de lado su ámbito de vida, las comodidades y, superando juicios y motivos humanos, entraron en el Instituto con el fin de prepararse para las misiones.
Por lo tanto, déjenme repetirles las palabras del Señor: "¡Si conocieras el don de Dios!" (Jn 4,10). ¡Si conocieras el gran don que te ha hecho Dios llamándote a este Instituto misionero! A este don le seguirán cada vez más gracias que Jesús, desde el sagrario, les hará si serán capaces de apreciar esta vocación y responder a ella. Ustedes que están aquí, así como quienes los han precedido, gozan de los mismos beneficios y de las mismas gracias. Pero, ¿perdurarán todos en la vocación recibida? No basta con ser llamados, ni con responder al llamado, tampoco con entrar en el Instituto ni con ir a las misiones. No todos los llamados perseveran, porque no todos responden adecuadamente. No olviden que perseverar es un deber cuando hemos aceptado libremente un estado de vida y a él nos hemos vinculado con promesas solemnes. Es un deber hacia Dios, por quien hemos hechos los votos, y es un deber hacia nosotros mismos. Sólo el que perseverará hasta el final oirá la invitación divina: "¡Ven, siervo bueno y fiel!" (Mt 25,21).
30. Responder bien. Están en el Instituto con la esperanza y también la certeza de tener vocación. Pero ahora que se les explica más profundamente la naturaleza del Instituto y de la vocación apostólica, pídanle al Señor que los ilumine a ustedes, a los superiores y formadores, para que vean con mayor claridad si han sido llamados por Dios y si están realmente decididos a responderle con todo el corazón y con todas las fuerzas para llegar a ser auténticos misioneros y misioneras; lo mismo para ver si son estables y constantes ante las dificultades y los peligros de la vida en las misiones.
No me cansaré nunca de exhortarlos a que consideren bien la realidad de su vocación, para que aumente su estima hacia ella, agradecerle al Señor cada día y tratar de responderle con un ánimo fuerte y constante. "Los exhorto a comportarse en modo digno de su vocación" (Ef 4,1). El apóstol se refería a la gracia de la fe. Yo les hago la misma advertencia con respecto a la gracia de la vocación misionera que, si no es tan necesaria como la fe, es siempre una gracia de predilección. Les digo que no la reciban en vano, sino de responder en consecuencia y hacerla fecunda, ahora que se encuentran en el momento propicio para ello, los días de gracia especial que el Señor derrama sobre su preparación a las misiones. Por eso, ¡vivamos esto seriamente! Es necesario responderle y responderle bien, del mejor modo posible. No se necesitan voluntades a medias, sino voluntades decididas. Antes que convertirse en misioneros o misioneras a medias, es mejor no serlo.
Si alguien no hubiera respondido bien, que retome el camino: "¡Nunc coepi!" (Sal 76,11), ¡empiezo ahora! Retome el buen camino, cueste lo que cueste, y renueve cada día esta buena voluntad. Ciertamente, nuestra respuesta nunca será suficiente, pero al menos hagamos todo lo que esté a nuestro alcance. El Señor arreglará el resto y colmará las nuestras deficiencias. Él sabe que somos débiles, pero quiere que tengamos buena voluntad. ¿Todos ustedes tienen la firme voluntad de ofrecerse al Señor para que los forme según su Corazón, para ser un día santos Misioneros y Misioneras de la Consolata?
A veces uno puede haber vivido 50 años en un instituto y seguir siendo un niño, es decir no ha hecho nada para crecer. Observen si los años que vivieron en comunidad fueron escritos con oro, o con tinta, o con agua. Examinen su respuesta y pregúntense: un santo misionero o una santa misionera, ¿cómo habrían transcurrido estos años? Y cada uno de ustedes se pregunte: ¿cómo seré dentro de 20 años? Por lo tanto, examinen su vocación en relación al modo en el que están respondiendo a ella. Los medios para responder son los mismos que para tender hacia la propia santificación, que es el bien primario del Instituto y, por lo tanto, de la misma vocación.
31. Con recta intención. ¿Por qué están aquí? Todos responderían: para ser misioneros. Si alguien tuviera otra finalidad, se equivocaría, porque aquí el aire sólo es bueno para quien quiere ser misionero. El primer medio para responder a la vocación es la recta intención. Por lo tanto, el que haya venido al Instituto con un motivo diferente al de hacerse Misionero o Misionera de la Consolata, ¡que se aleje, por el amor de Dios! En conciencia, no puede quedarse. Sería como una planta colocada en un terreno desfavorable, como un hueso fuera de lugar. Es decir, sería de daño para los demás, un obstáculo a la armonía de la comunidad y para alcanzar el fin común. Que enderece sus propias motivaciones, o que se vaya.
32. Con una gran estima. En segundo lugar, es necesario que aprecien mucho su vocación. ¡Cuántas veces escucharon hablar de su grandeza! Ustedes mismos, antes de venir al Instituto, estimaban tanto este estado de vida que nada les ha parecido más hermoso, más grande, más santo. Por eso han decidido hacerse misioneros o misioneras a cualquier precio y, con tal de alcanzar este fin, han afrontado los más grandes sacrificios. Desde ese entonces la vocación misionera les ha parecido la más santa de las vocaciones. Leyendo el Evangelio, quién sabe cuántas veces pensaron: ¡Cómo me hubiera gustado ser también yo uno de los Apóstoles! Pues bien, ahora lo son, porque a cada uno de ustedes particularmente el Señor les ha dado el mismo mandato que a los Doce: "Vayan por todo el mundo, prediquen el Evangelio a todas las criaturas" (Mc 16,15). Podríamos decir que Él ha puesto en manos de los misioneros toda la tierra, todas las naciones, todos los pueblos. ¿Se puede desear algo más?
También tengan en cuenta las diferentes vocaciones con las que una criatura puede relacionarse con Dios; verán que no van a encontrar una más perfecta que la de ustedes. Es como que el Señor para ustedes ha agotado su infinito amor en lo que respecta a vocaciones. No sabría y no podría darles una más excelente, porque les ha dado su misma misión: "Como el Padre me ha enviado a mí, yo los envío a ustedes" (Jn 20,21). La misma misión que Jesús recibió del Padre él se la transmite a ustedes. Y con ella, su mismo poder: "Me fue dado todo poder en el cielo y en la tierra. Por eso, vayan y prediquen a todas las naciones" (Mt 28,18-19).
33. Con un amor concreto. Pero no basta con estimar el propio estado de vida, también debemos amarlo. Amarlo concretamente, no obstante todas las debilidades que podamos tener y que el Señor permite para que crezcan nuestros méritos. Amarlo de corazón, de modo tal que todo lo que el mundo podría ofrecernos de interesante nos parezca una nada frente a la belleza y grandeza de nuestra vocación. Si alguien les dijera: "Tienes talentos, en el mundo habrías podido recibir honores, hacer carrera, etc.", ustedes deberían responder con S. Pablo: "Todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él, he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo" (Fil 3,8).
Del amor a la propia vocación brota espontáneo y con la misma fuerza el amor al propio Instituto. Estimarlo, amarlo y sentirse santamente orgullosos de pertenecer a él, de ser no sólo misioneros, sino Misioneros y Misioneras de la Consolata. El Instituto los ha recibido entre sus brazos, los nutre y los prepara para las misiones. Es el lugar de su santificación, porque aquí y no en otro lugar encontrarán todas las gracias necesarias para santificarse. Quien no tuviera estos sentimientos demuestra que el Instituto no es para él, o bien que no está respondiendo a la gracia de la vocación.
¡Si reflexionáramos bien, estimaríamos más el don de la vocación y nos comprometeríamos respondiendo a ella totalmente! ¡Oh, el paraíso de un misionero y de una misionera que no están detrás de pequeñeces, que tengan intensa vida, que sean despiertos! Ven, no habiendo podido ser yo misionero, quiero que no se vean impedidos a serlo los que desean abrazar este estado de vida. Cada misionero resplandecerá en el cielo como una estrella fija, y a su alrededor todas las almas salvadas por medio de su apostolado. Si se supiera, si se entendiera qué significa ser misionero, ¡todos querrían serlo!
34. Con voluntad constante. Todos, pero ustedes en modo particular, necesitan tener buena voluntad. Es su característica específica, lo que los distingue, la virtud propia de su estado de vida. En medio de los constantes sacrificios de la vida misionera, entre tantas pruebas, es necesario tener virtudes sólidas, que permanezcan intactas cuando se hace el bien. Pero para tener estas virtudes en las misiones es necesario que las adquieran ahora en modo estable. Firmeza desde ahora en los pequeños sacrificios, en la fidelidad al reglamento, en la puntualidad y precisión en todo. Así durante todo el año y a lo largo de todos los años de formación. ¡Entonces sí se convertirán en verdaderos misioneros y misioneras!
Con frecuencia, pensando en ustedes, digo: "¡Si comprendieran bien la importancia de su vocación! Si hicieran un poco de esfuerzo, si tuvieran un poco más de energía, el Señor vendría a su encuentro y se serviría de ellos para hacer milagros!" En cambio a veces son tan débiles, desganados, poco generosos y tan inconstantes!
La gracia de la vocación no debe ser tratada como si fuera un objeto que pueda ser tomado o dejado según me plazca. ¿Por qué subordinar la vocación a los caprichos de una voluntad inconstante? Sean fuertes y tenaces en su vocación. El can. Santiago Camisassa, [4] nuestro muy querido vicerrector, obró durante toda su vida con voluntad tenaz. Un sacerdote me decía de él: "En ese hombre siempre he admirado la constancia. No se dejaba condicionar por nadie, ni por los comentarios, ni por ninguna otra cosa, sino que seguía siempre adelante. "Ustedes creen que nunca encontró dificultades? Fueron innumerables y de todo tipo. Si ante cada obstáculo que aparecía nos hubiéramos detenido o inclusive desanimado, el santuario estaría aún como lo encontramos y el Instituto todavía no estaría fundado. En cambio, una vez que se conoce la voluntad de Dios, se sigue adelante, confiando ciegamente en la ayuda divina. Quisiera que de cada uno de ustedes se pudiera decir el mismo elogio del vicerector. No se olviden de este hombre; es más, recen para que les transmita un poco de su energía.
La constancia es totalmente necesaria para responder a la vocación, porque las pruebas existen y existirán. Ustedes mismos, antes de venir, ¿qué pensaban de este estado de vida? ¿Cómo se lo imaginaban? ¿Cómo un estado de vida de tranquilidad y de comodidad, o más bien como de batalla y sacrificio? ¿Ustedes creen que en el mundo no haya dificultades? Basta con tener un mínimo de experiencia, basta preguntarle a la gente o recordar lo que ha sucedido en nuestras propias familias. Lo que en el mundo tantos hacen por necesidad, ustedes háganlo por amor. Así los quiero: generosos, firmes y constantes en la vocación.
Obstáculos para responder al llamado
35. Apego a la propia voluntad. Nuestro corazón está hecho de manera tal que siempre necesita apegarse a algo. Si se apega a la tierra, es como la tierra. Si se apega a Dios, es como Dios. Ustedes han hecho tantos sacrificios para dejar el mundo, empéñense ahora en despegar de él su corazón. El que no sea generoso en esta separación, no será ni de Dios ni del mundo. Entre los obstáculos para responder totalmente a la vocación, S. Alfonso María Ligorio pone en primer lugar el apego a la propia voluntad. Es verdad, todos tenemos voluntad propia. El "quiero" y el "no quiero" dominan el mundo, pero también existen en las comunidades religiosas y misioneras. No siempre esta hierba mala puede verse, pero tarde o temprano sale a relucir. El p. Juan Semeria [5] escribe: "Si el religioso trabajará mucho y por largos años pero a su capricho, no valdrá nada. Si estudiará para ser erudito y sabio, así como un elocuente predicador, de nada le valdrá. Si será diligente y fervoroso en la oración, humilde y modesto al hablar, hará algo positivo. Si luego por amor de Dios renunciará a su propia voluntad, esto es mucho, es lo máximo, es todo". Y agrega que esto es un martirio incruento mucho más doloroso del verdadero martirio, una batalla por la que Dios concede en el cielo la corona del vencedor, el camino estrecho indicado por Jesús.
¡Ay de los que llevan a las misiones su propia voluntad! No harán el bien en ningún lugar y tampoco les va a venir bien ningún lugar. Habría que crearles uno especialmente para ellos, y aun así tendrían algo de qué lamentarse. Nunca están contentos, quieren descalificar todo: un verdadero suplicio para las comunidades, un tormento para los superiores, un escándalo para los hermanos, una vida inútil y de daño para sí mismos y para el Instituto. ¡Ustedes saben que tengo mucha experiencia en esto! Dirigí a varias comunidades tanto de hombres como de mujeres, por eso sé lo que digo. ¡Ay del que sigue apegado a su propia voluntad!
A trabajar sobre la propia voluntad nos deben empujar el ejemplo y las enseñanzas del Señor Jesús. Él hizo de la voluntad del Padre la norma de toda su vida. Ya por la boca del Profeta había dicho: "En el libro de la Ley está escrito lo que tengo que hacer: yo amo, Dios mío, tu voluntad" (Sal 40,9). Esta voluntad del Padre la tuvo bien guardada en su corazón: "Tu ley está en mi corazón" (Sal 40,9). Se alimentó constantemente de ella: "Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió" (Jn 4,34). En el cumplimiento perfecto de la voluntad del Padre sintetizó toda su misión divina: "He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió" (Jn 6,38). Por lo tanto siempre obró en conformidad a la misma: "Lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió" (Jn 5,30). Todo esto, ¿no debería inducirnos a renunciar de una buena vez a nuestra propia voluntad?
A nosotros Jesús nos dirigió un mensaje muy especial: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo" (Mt 16,24). ¿Qué significado tienen estas palabras? S. Gregorio Magno responde que, habiéndole propuesto a sus seguidores de renunciar a todas las cosas, el Señor aquí da un paso hacia delante diciendo que es necesario renunciar también a sí mismos, lo cual es más perfecto, pero también más difícil.
36. Apego a los bienes y a las comodidades. El segundo obstáculo para responder bien a la vocación es el apego a los bienes y a las comodidades. Es necesario que los misioneros y las misioneras renuncien también a estas cosas. En las comunidades son pocos los que viven realmente desapegados de las pequeñas comodidades, que son indiferentes hacia la habitación, los alimentos, la ropa, etc. Si lo vivieran habitualmente y llevaran esta sana costumbre a las misiones, ¡cuánto mayor sería el bien realizado!
El p. J. Semeria describe: "El amor a las comodidades viene detrás de la tibieza. Para un tibio mil cosas se vuelven necesarias, las mismas que un fervoroso miraría con desprecio. Las bellas expresiones de que "los tiempos han cambiado", "las circunstancias no son las mismas", "la constitución física es más débil", etc., son muy adecuadas para justificar lo que no debería ser concedido.
Sobre todo, ¡estén atentos en las misiones! Se dejan la patria, la familia, las comodidades de nuestro ambiente y todo ha sido sacrificado generosamente a Dios. Pero tengan cuidado de que no aparezcan otros apegos: preferencias, propia voluntad, amor a las comodidades. La Divina Providencia piensa en ustedes y nunca les faltará lo necesario, basta que no ustedes no busquen lo superfluo. En lo posible deben acostumbrarse a los alimentos locales y no pretender comer los de su país de origen.
Ciertamente el Señor, al mandar a los Apóstoles a predicar, no los proveyó como hacemos nosotros con nuestros misioneros. Sin embargo, cuando los interrogó si alguna vez les había faltado algo, ellos respondieron: "Nada". Con ustedes sucederá lo mismo. Y si alguna vez no pudieran tener enseguida algo que parece necesario, acuérdense que hicieron el voto de pobreza, cuyo espíritu exige que se experimenten sus efectos soportándolos pacientemente, es más, con alegría.
37. Apego a los familiares. El mundo hace dos acusaciones opuestas a los religiosos y a los misioneros; haber perdido el afecto a los familiares u ocuparse demasiado de ellos. La primera acusación es falsa. No es verdad que no tengan sentimientos. Los tienen y muy buenos, y por eso ayudan espiritualmente a sus familias. De hecho, ellas participan de todo el bien que el hijo o la hija realizan: obras buenas, oraciones, mortificaciones, etc.; así como de todo el bien que se realiza en las misiones. Su misma santificación produce en ellos ventajas incalculables, inclusive temporales.
Por lo tanto, nosotros amamos a nuestros familiares ahora más que antes, deseando lo mejor para ellos. Los beneficiamos al máximo, por lo tanto, los amamos más que cualquier otra persona. Y los beneficiamos en las cosas más importantes, las espirituales. Siempre recuerdo lo que me decía mi madre: "Todos los demás se olvidarán de mí, pero tú no; tú celebras la misa y cada día rezarás por mí". ¿Ven que no dejamos de amar a nuestros familiares? En el momento de morir y en la eternidad, ellos verán lo útil que ha sido para ellos haber dado un hijo o una hija a las misiones, al servicio de Dios.
En cambio, la segunda acusación tiene su razón de ser. S. José Cafasso decía: "Señor, haz que pueda sentir desapego ante aquellas cosas por las que más siento afecto". Así hicieron todos los santos. Por lo tanto, que nuestro propósito sea el de apegarnos al Señor, sólo a Él. Él quiere ser el primero y el último, es decir el único y poseer nuestro corazón. Y tiene todo el derecho. Si nuestros padres nos han dado la vida, el Señor se las dio a ellos. Por lo tanto, el que quiera amar al padre y a la madre más que a Él, no es digno de Él. El Señor es celoso de nuestros corazones.
Recuerden el mandato de Dios a Abraham: "Deja tu tierra natal y la casa de tu padre" (Gén 12,1). A cada uno de nosotros ha dirigido la misma invitación: deja a tus padres, abandona tu casa, despídete de todo, de todo, ven y sígueme. Y ustedes lo escucharon. ¡Y qué recompensa! "Yo haré de ti —dijo Dios a Abraham— una gran nación y te bendeciré, y haré grande tu nombre y serás bendecido" (Gén 12,2). Ustedes recibirán la misma recompensa. El Señor hará de ustedes una gran nación por el número de personas convertidas a la fe, hará grande su nombre en los cielos, serán bendecidos ustedes y sus familias en el tiempo y en la eternidad.
38. Pruebas y tentaciones. Nadie debe sorprenderse si este gran don de la vocación debe pasar por el tamiz de las pruebas y las tentaciones. Con frecuencia, al principio todo procede bien, pero luego llegan las arideces, el tedio, las desolaciones del espíritu… entonces uno se siente abandonado por Dios, se entristece, y con facilidad pierde el rumbo. ¡No! Las desolaciones del espíritu son comunes a todas las personas que tienen una espiritualidad intensa, en el estado que sea, inclusive en el mundo. Son una prueba para purificar y perfeccionar el espíritu. Son un gesto amoroso de Dios hacia nosotros. Un mes de aridez nos puede llevar más rápidamente a la perfección que muchos años sin fervor sensible.
Pidámosle al Señor que nos confirme en el camino que hemos emprendido, que nos de la gracia de responder, para así perseverar hasta el final. "Confirma, Señor, cuanto haz hecho por nosotros" (Sal 68,29).
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[1] Aun conservando todo su valor, la expresión "celo por las almas", que José Allamano pronunciaba habitualmente, a veces es reemplazada por "pasión" por las almas, término que él también conocía, o también por "ardor" misionero, porque de esta manera su pensamiento adquiere mayor actualidad.
[2] Cuando José Allamano, siguiendo la forma de expresarse de la misionología preconciliar, hablaba de "países paganos", en ciertos contextos de su reflexión, hemos preferido usar la expresión "grupos humanos". El criterio geográfico para indicar los límites de la misionología, hoy es considerado como no exclusivo.
[3] Como para los textos de misionología y las revistas misioneras de la primera mitad del siglo pasado, también para José Allamano la palabra "infieles", como sustantivo, indicaba simplemente los no cristianos, sin por esto pretender juzgar su responsabilidad ante la adhesión a la fe cristiana. Para no traicionar su pensamiento, ya que no tenía una visión trágica de la situación religiosa de la humanidad, este término es substituido siempre con otros equivalentes usados hoy, como "no cristianos", "miembros de otras religiones", raramente también "paganos".
[4] Santiago Camisassa (1854-1922): nació en Caramagna Piemontese, quinto hijo de Gabriel Camisassa e Inés Perlo. Después de haber trabajado como aprendiz una herrería en 1868 entró en el Oratorio salesiano de Turín, y después en el seminario de Chieri para los estudios filosóficos y, en 1873, pasó al seminario de Turín para la teología. Aquí tuvo como asistente y director espiritual a José Allamano. Fue ordenado sacerdote en 1878 y, a continuación, integró el cuerpo de profesores de las Facultades de Teología y de derecho de Turín. Desde el 1880 estuvo junto a José Allamano como ecónomo, luego como vicerrector del santuario y del Convicto Eclesiástico de la Consolata. En 1892 fue nombrado canónico de la catedral de Turín. Colaboró con José Allamano en la fundación de los Misioneros de la Consolata en 1901 y de las Misioneras de la Consolata en 1910. Junto a él fundó y dirigió la revista La Consolata, que sirvió para hacer conocer la vida del santuario, los trabajos de restauración y, luego, la vida y el desarrollo del Instituto y de las misiones. Desde febrero de 1911 hasta abril de 1912, por encargo de José Allamano visitó las misiones de Kenya. Vivió durante 42 años en profunda comunión, sincera amistad y compartió los mismos ideales con él. Cada proyecto ha sido siempre estudiado y evaluado juntos, respetando recíprocamente responsabilidades y capacidades. Con justo derecho el can. Camisassa es reconocido como Cofundador de los Institutos de los Misioneros y de las Misioneras de la Consolata.
[5] P. Semeria Juan (1867.1931), lígure, orador y prolífico escritor barnabita. Invitado por José Allamano, en 1903 inauguró la práctica de los "Nueve sábados de la Consolata". Acusado de modernismo fue destinado a trabajar fuera de Italia. A comienzos de la "primera guerra mundial (1915-1918), regresó como capellán militar. En 1918 fundó L'Opera nazionale del mezzogiorno d'Italia a favor de los huérfanos de guerra. José Allamano cita varias veces su libro La Vita Religiosa, Trattato ascetico, Savona 1896, pp. 320.