Fe

85. Doblemente felices. San Agustín compara la santidad con un edificio que, para ser levantado, necesita buenos cimientos sobre los cuales, con material bien colocado, se construyen los diferentes pisos. Así es nuestra santidad: se basa en la fe, se construye con la esperanza y se perfecciona con la caridad. Por lo tanto, la fe es el fundamento de la santidad y, como consecuencia, de todas las virtudes.

Jesús les dijo un día a los discípulos: "Felices los ojos que ven lo que ustedes están viendo. De hecho, muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no pudieron" (Lc 10,23). Ciertamente fue una gracia muy grande vivir en los tiempos del Señor, conocerlo personalmente, oírlo hablar y ser testigos de sus milagros. Esa gracia no la tuvieron los patriarcas, los reyes y los profetas del Antiguo Testamento. Como Abraham, ellos suspiraron por ver al Mesías: "Abraham, el padre de ustedes, se estremeció de gozo esperando ver mi Día; lo vio y se llenó de alegría" (Jn 8,56). Lo vio, sí, pero sólo en una visión, como David e Isaías, los cuales escribieron sobre él anticipadamente. Los discípulos, en cambio, pudieron ver y oír a Jesús personalmente, relacionarse con él familiarmente.

Y nosotros, ¿no somos felices? A Tomás, después de haberle mostrado las llagas, Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto: ¡Felices los que creen sin haber visto!" (Jn 20,29). Por lo tanto, nosotros también somos felices si creemos en él. Es más: nosotros somos doblemente felices. Primero porque creemos sin ver; después, porque realmente vemos y escuchamos. No es necesario ver con los ojos y oír con los oídos para decir que vemos y oímos. Las cosas se conocen también mediante la historia; por lo tanto, sabemos todo lo que dijo e hizo Jesús durante su vida terrena, así como a lo largo de los siglos, a través de la Iglesia. Él está siempre con nosotros hasta el fin de los tiempos, especialmente en el Santísimo Sacramento, vivo como en el cielo, donde podemos verlo con los ojos de la fe y escucharlo.

86. Vivir de la fe. ¿Qué significa vivir de la fe? Significa formar, moldearnos completamente según los principios de la fe. Si ella es el punto de referencia, la regla de nuestras acciones, tratemos de hacer todo según los criterios que nos ofrece la fe. Juzguemos todo a la luz de la fe, apreciando todas las cosas según el valor que ella les atribuye. Todos los cristianos necesitan de la fe para salvarse: "Sin la fe es imposible agradarle a Dios" (Heb 11,6). Esta fe, sin mérito de nuestra parte, la recibimos en el Bautismo, que volvió a incorporarnos en el orden sobrenatural. Que el espíritu de fe nos acompañe en cada acción, desde la mañana hasta la noche, todo el día, y sea una certeza viva y profunda que guía la vida concreta.

San Pablo recomendaba a Timoteo que tuviera fe: "En lo que a ti concierne, hombre de Dios, huye de todo esto […] practica la fe" (1 Tim 6,11); es decir, que la mantuviera y la perfeccionara. ¿Qué podemos hacer? Siendo la fe un don de Dios, debemos pedirla con frecuencia. El Señor, antes de echar el demonio de un joven, quiso una profesión de fe de su padre, el cual pidió a Jesús que se la aumentara: "Creo, ayúdame porque tengo poca fe" (Mc 9,24). Del mismo modo, también nosotros le decimos al Señor: ¡ayúdanos a creer! O bien: "Auméntanos la fe" (Lc 17,5). San Agustín exhorta a rezar seguido y bien el Credo, que contiene las verdades de la fe como tantas perlas preciosas. Es necesario vivir de la fe: "El justo vivirá por la fe" (Heb 10,38).

87. En las misiones. Para ir hacia Dios no se necesitan tantas palabras, sino un gran espíritu de fe. Si todos deben tener este espíritu de fe, ¡cuánto más los misioneros y las misioneras! Sin él, en las misiones, ¿qué podemos hacer? Ustedes deben despertarla en tantos millones de no cristianos. "El que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios" (Jn 3,5). ¡Miren qué grande es el valor de la fe para nosotros y para los demás y qué privilegiados son ustedes por esta sublime misión! Debemos tener tanta fe y estar dispuestos a profesarla públicamente, hasta el martirio.

Con el espíritu de fe nunca nos sentiremos abandonados. Todos pueden abandonarnos, pero Dios no. Si uno vive de la fe, hasta el peso de la responsabilidad misionera desaparece, porque si solos no podemos hacer nada, con Dios lo podemos todo. Es en este sentido que pedimos que aumente nuestra fe. No se trata tanto de pedir la fe teológica, que ya poseemos, sino un aumento de la fe práctica y del espíritu de fe. De Cottolengo se dice que tenía más fe que todos los habitantes de Turín. Se necesita una fe muy fuerte. Ni siquiera uno solo de nuestros cabellos se cae sin que lo quiera Dios (cf Lc 21,18). Por eso pidamos que aumente nuestra fe. Siempre una pizca de fe que impregne todo.

88. Fe práctica. Ustedes me dirán que, gracias a Dios, ya tienen fe y que la valoran mucho. Ahora bien, ustedes tienen la fe teórica, pero ¿poseen la fe práctica? De hecho, no basta con tener fe. Si nuestra fe no se hace explícita a través de las obras, está muerta: "La fe sin obras es estéril" (Sant 2,20).

Que todos nuestros pensamientos estén iluminados por la fe. Preguntémonos: ¿este pensamiento le gusta a Dios? Sí, ¡sólo Dios! ¡Todo de Dios, todo por Dios, todo en Dios! Por lo tanto, alejemos de nosotros los pensamientos inútiles, porque de ellos nacen algunos juicios: sobre los compañeros, sobre las disposiciones de los superiores, sobre los eventos pasados y presentes, sobre las cosas de la tierra, etc. ¿Qué beneficio nos dejan para la eternidad? San José Benito Labre, pasando un día todo harapiento y sucio frente a un señor, escuchó que le decía: "¡Pobre desgraciado!". El santo, muy alegre, le respondió: "¡No, no soy un desgraciado, estoy en gracia de Dios!". Ven, esa persona juzgaba según el espíritu del mundo, en cambio el santo lo hacía según el espíritu de fe. Lo mismo podemos decir de los falsos juicios que los demás pueden dar de nosotros. ¿Qué importa? "¡Quien me debe juzgar es el Señor!" (1 Cor 4,4).

¿Nuestros afectos corresponden al espíritu de fe? ¿No tenemos ningún afecto o apego contrario al mismo? Me refiero a esos apegos que podemos tener a una cosa insignificante, pero que nos impiden pertenecerle completamente a Dios. Un corazón lleno de Dios se expresa de este modo: "La boca habla de la abundancia del corazón" (Mt 12,34).

De este modo, en todo lo que hacemos debemos regularnos según el espíritu de fe, especialmente en esas acciones que conciernen más directamente el servicio de Dios. Mons. Gastaldi, durante la visita pastoral a una parroquia, habiendo encontrado los corporales y todos los otros elementos litúrgicos sucios, mientras toda la ropa blanca de la casa estaba impecable, le dijo al párroco: "¿Usted cree en la presencia del Señor en el Santísimo Sacramento?" — "¡Monseñor, me ofende!" — "No, no, responda: ¿cree o no cree?" — "¡Claro que creo!" — "¡Mucho peor, entonces! Porque si cree, entonces no tiene ninguna excusa". Si yo les preguntara a cada uno de ustedes: "¿Crees en la presencia real del Señor en la Hostia consagrada?", la respuesta sería afirmativa. Entonces podría preguntarles: "¿Por qué haces mal la genuflexión, te distraes voluntariamente, te aburres durante la visita al Santísimo Sacramento, te olvidas del Señor durante el día?". No, no basta tener una fe puramente teórica, abstracta; necesitamos tener una fe práctica, inspirando en ella todas nuestras acciones.

89. Fe simple e íntegra. San Agustín advierte: "Surgen los ignorantes y se llevan el Reino de Dios, y a nosotros, con toda nuestra doctrina, ¡nos dejan la tierra!". Claro, no hay que creer sin autoridad ni razones, pero cuando hay motivos para creer y quien enseña es veraz, entonces creamos. Jesús exclama: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños". (Mt 11,25). Santo Tomás de Aquino explica que la fe no es sólo algo que concierne el intelecto, sino también la voluntad, y que no es la razón sino la voluntad la que nos predispone a creer. Debemos ser simples para poder creer.

Un misionero o una misionera que no tenga esta fe simple e íntegra que le permita encontrar al final del día el consuelo a los pies de Jesús Sacramentado, ¿cómo resistirá? Cuando no se tiene esta fe humilde, simple e íntegra, no se tiene más nada.

Se pueden profundizar las cosas, es más, se debe estudiar, pero siempre diciendo: ¡creo, Señor! San Pedro exhortaba así a los primeros cristianos: "Como niños recién nacidos, deseen la leche pura de la Palabra, que los hará crecer para la salvación" (1 Pe 2,2). ¡Sigamos adelante con humildad y sencillez en las cosas de la fe! Aquel que duda de todo, poco a poco llegará a dudar también de las cosas de la fe. Serán sólo tentaciones, pero molestan. Es necesario que en esta casa haya sencillez. Quiero que sean simples, lo que no significa que haya que creer en todo. Una cosa es la fe simple y otra la credulidad. El Señor nos advirtió: "Sean astutos como serpientes y sencillos como palomas" (Mt 10,16).

90. Bajo la guía de la Iglesia. Amen las verdades de la fe, estudien su belleza, su razón de ser, los beneficios que derivan de las mismas en el tiempo y para la eternidad, bajo la guía de la Iglesia. El estudio podrá darnos una ciencia teológica, pero no una fe católica. Fe católica significa creer porque la Iglesia nos lo propone. Nuestros institutos y cada uno de sus miembros deben estar unidos al Romano Pontífice y a la Iglesia: "Donde está Pedro está la Iglesia". Por lo tanto, profesemos una adhesión plena a la Iglesia y al Papa; y no a esto o aquello, sino al Papa como tal. También en las cosas que no son obligatorias queremos estar con él. Si aquí adentro alguien pensara de forma diferente al Papa, aun en cosas que no conciernen la fe o la moral, no es para nosotros. Nosotros queremos ser "Papalinos" en todo el sentido de la palabra. Pidamos a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo que nos concedan estar siempre unidos a la Santa Sede, tanto colectiva como individualmente. Esta gracia dará estabilidad al Instituto.

Esperanza

91. Abrir el corazón a la esperanza. Según san Agustín, como sabemos, el edificio de nuestra santificación se construye con la esperanza. Fíjense qué importancia le da a la esperanza. Y sin embargo, hablando en general, no todos la estiman del mismo modo. Se siente la obligación de creer, pero se teme tener demasiada esperanza y así se admiten faltas de confianza bajo el nombre de bondad y temor de Dios.

No es el caso de José Cafasso, que fue el hombre de la esperanza. Él poseía esta virtud en grado excelente. Tenía tanta que podía infundirla en los demás. Cuando se le decía que la puerta del paraíso era estrecha, respondía: "¡Bueno, entonces pasaremos uno por vez!". Infundía esperanza también en los condenados a muerte, encomendándolos a la Virgen y, después de su ejecución, exclamaba: "¡Un santo más!". También agregaba: "¡Esos bribones nos roban el paraíso!". Sabía cambiar la desesperación en la mejor confianza. No, no hay que desesperarse por nadie. ¡La misericordia de Dios es infinita! Cuando nos preguntaban cuál era la virtud más importante de José Cafasso, no sabíamos qué responder, porque todo era importante. Algunos afirmaban que era el celo por la salvación de las almas. Otros decían que era la confianza en Dios: de hecho tenía confianza para él y para los demás. Sin duda, la esperanza o confianza en Dios fue la característica principal de José Cafasso. Esto lo dije en los procesos de beatificación y canonización. Algunos tienen la fe bastante activa, pero esperan poco, no son capaces de ensanchar el corazón.

Abramos el corazón a una esperanza viva. No debemos sólo esperar, sino súper esperar, esperar contra toda esperanza. Cuando se espera poco, le estamos fallando al Señor, "el cual quiere que todos los hombres se salven" (1 Tim 2,4). José Cafasso decía que ciertas personas pensaban que salvarse era como jugar a la lotería: "Quién sabe si alguna vez ganaré a la lotería". Del mismo modo, algunos cristianos parecen decir: "Quién sabe si me salvaré". No, no es así. Tenemos que vivir con la certeza de que el Señor comprende nuestras debilidades con tal de que nosotros pongamos un poco de buena voluntad. No debemos tener miedo de esperar demasiado. San Hilarión se daba ánimos en el lecho de muerte diciéndose: "¿Has servido al Señor durante setenta años y temes a la muerte?".

Por lo tanto, no digas "Quién sabe si me salvaré", sino "Quiero salvarme y, por lo tanto, quiero corregir mis defectos y no desanimarme". El temor de no salvarse proviene, además, de la pereza. Es necesario despertarse, trabajar, como hacían los santos. Tampoco nos deben desanimar los pecados de la vida pasada. No está mal recordarlos para crecer en la humildad, pero tampoco vivir recordándolos, como si el Señor no nos los hubiera perdonado. ¡Al Señor le gusta mucho que creamos en su bondad, en su misericordia! Por lo tanto, ¡tengamos mucha esperanza, mucha! ¡En Ti, Señor, he esperado, jamás seré defraudado!

92. Con la mirada puesta en el paraíso. Debemos pensar siempre en el paraíso. Este es el pensamiento que ha formado a los santos, que pobló los desiertos de ermitaños, las casas religiosas de consagrados y los países de misión de fervorosos misioneros. Como ven, este pensamiento produce en nosotros grandes efectos. Ante todo, nos aleja de lo que es terrenal. José Cafasso escribía: "Todo lo de aquí abajo lo considero en función del premio allá arriba; y si es algo feo y me da pena, pienso que en el paraíso ya no lo tendré que vivir". Además, este pensamiento del paraíso nos hace vencer todos los obstáculos, las penas, las tribulaciones de esta vida. Cuando el aburrimiento, el tedio y la indolencia nos hagan vivir horas o días oscuros, repitamos con san Francisco de Asís: "¡Es tan grande el bien que espero, que cualquier pena me resulta una alegría!" Y si una pena no puede convertirse en alegría, que al menos seamos capaces de soportarla. El sufrimiento dura poco, en cambio el premio es eterno. San Pablo dice: "Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida" (2 Cor 4,17).

El pensamiento del paraíso también nos sirve para facilitarnos la adquisición de todas las virtudes y para responder con más fidelidad y generosidad a nuestra vocación, que es ser santos, grandes santos, lo más que podamos. Por lo tanto, pensar en el paraíso es un gran pensamiento, porque nos incentiva a hacernos santos. Los años pasan rápidamente y, por lo tanto, seremos felices si , al final de nuestras vidas, podremos decir con san Pablo: "He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día" (2 Tim 4,7-8). Don Bosco había escrito arriba de una puerta: "¡El paraíso no es para los perezosos!". Yo diría que no sólo no es para los perezosos, sino tampoco para los que pertenecen al Señor a medias.

Cuando piensen en el paraíso, no piensen en forma abstracta, sino en el paraíso del misionero y de la misionera que son fieles a su vocación. El Señor dijo: "Yo voy a prepararles un lugar" (Jn 14,2). Pero para esto es necesario trabajar, y trabajar mucho. ¡Sería demasiado cómodo tener el paraíso ahora, tan pronto! No, no; trabajar cuarenta, cincuenta años, incluso más. Me parece que este pensamiento del paraíso debería consolarnos. Nuestro premio está allí, ¡y es muy grande! Pensemos con frecuencia en él.

93. Una gran reserva de confianza. La esperanza más eximia y más robusta se llama confianza. La confianza es como la quinta esencia de la esperanza. Necesitamos de ella para cubrir la desproporción que hay entre nuestra nada y la grandeza de nuestra vocación religiosa, sacerdotal, misionera.

Hay que tener una gran reserva de confianza para poder infundirla en los demás. Sin confianza no se puede hacer nada. Desconfiando le fallamos a Dios. José Cafasso decía que la falta de confianza es el pecado de los dementes. ¡Cuesta tan poco confiar en Dios!  Entonces, ¿por qué no confiamos en él? Todos necesitan de la confianza. Los malos la necesitan para recuperarse de los vicios y retomar el camino de la virtud: "Ahora mismo iré a la casa de mi Padre" (Lc 15,18). La necesitan los tibios para despertarse y llenarse de fervor: "El Señor es bondadoso con los que esperan en él" (Lam 3,25). Pero, es más, la necesitan también los fervorosos para no desanimarse ante las exigencias de Dios, así como para no desanimarse en las caídas frecuentes, en los defectos y pecados que se cometen. Haciendo una revisión de vida, uno se encuentra siempre con las mismas imperfecciones y estaría tentado de decir: "¡Todo es inútil, total no cambiaré nunca!" Pero, digo yo, ¿por qué cometes siempre los mismos pecados? ¡Porque eres flojo! ¡Haz lo que puedas y el Señor te ayudará! ¡Estamos realmente locos cuando nos falta la confianza en Dios!

Lo esencial es encontrarle el lado bueno a todas las cosas. San Pablo nos asegura que "Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman" (Rom 8,28). Sí, todas las cosas, también los pecados, cuando hay buena voluntad. En todo, incluso en el pecado, es posible encontrar algo bueno, si somos humildes.

Confianza, confianza. Después de la confesión, pensemos en las virtudes y no más en los pecados. ¡Ánimo, un poco de amor de Dios lo acomoda todo! Nunca nos desanimemos, volvamos a empezar siempre: "¡Nunc coepi!", ¡empiezo ahora! Diría que este es el lema de nuestros institutos. Si tenemos esta confianza, evitaremos los obstáculos de la turbación y los escrúpulos. En las turbaciones e incertidumbres, permanezcamos fieles a la voz que nos transmite serenidad. San José Cafasso decía "que no debemos pedir perdón a cada momento. Así como entre amigos íntimos no nos pedimos perdón por cada pequeñez, del mismo modo en nuestra relación con Dios. ¡El amor de Dios lava todo!". También decía: "Señor, tú sabes que no quiero ofenderte, que te quiero; por lo tanto, si fallo en algo, no quiero ni siquiera pedirte perdón".

Esta confianza les será necesaria también en el futuro, cuando estarán en las misiones. Se desanimarán por los errores cometidos, por el poco fruto de su apostolado, por la soledad, etc. Ánimo, ánimo, coraje. "Los que confían en el Señor son como el monte Sión, que permanece inconmovible para siempre" (Sal 124,1). Si no tendrán la suficiente confianza, una reserva de confianza, en las misiones vivirán tristes. Un misionero o una misionera sin esperanza, no pueden hacer el bien, es más, son un tormento para ellos y para los demás.

El miedo y la falta de confianza impiden avanzar por los caminos del espíritu. Tengan el corazón grande, de lo contrario no podrán hacer nada. No hay que perderse en tantas pequeñeces, sino ser espontáneos. Jesús es el Dios de la paz, no de la inquietud. Pidámosle la paz también para nosotros, para no dejarnos dominar por los escrúpulos, aun teniendo una consciencia sensible. ¡Nada de escrúpulos! ¡Nada de dudas! Que todo sea claro y limpio. Sigan con esa tranquilidad de espíritu que aleja de los escrúpulos y las dudas. ¡Este es el espíritu que quiero en ustedes!

94. Todo en las manos de Dios. La confianza es una confianza amorosa en la Divina Providencia, que nos acompaña en cada momento de nuestra vida. Confiemos en Dios y pongamos todo en sus manos. Él es padre y hace todo para nuestro bien. No debemos temer ni por el Instituto, ni por alguien en particular. En todo, aun en las cosas más pequeñas, descansemos en Dios y confiemos sólo en Él, vayan como vayan las cosas. No pongamos nuestra confianza en los medios humanos que poseemos: talento, fuerzas, virtudes, etc., o en los de los demás. Hagamos siempre lo que podamos de nuestra parte, después dejemos todo en las manos del Señor, sin temor. Él no deja nunca su obra por la mitad.

95. Confiar en la Providencia. Estamos invitados a nutrir una gran confianza en la Divina Providencia: "No se inquieten entonces, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?" (Mt 6,31). El Señor, que provee el alimento a los pájaros, tanto más lo dará a sus apóstoles. Suponiendo que sea voluntad de Dios que entren muchos jóvenes y que ellos respondan a la vocación recibida, Dios debe hacer milagros, como los hace en el Cottolengo, la Pequeña Casa de la Divina Providencia. Allí se trata de "pobres cuerpos" que son aliviados. En nuestro caso se trata de salvar a "pobres almas".

Es necesario confiar en Dios, pero también comprometerse en responderle. ¡Cuánto cuesta mantener a un misionero, a una misionera! Mi preocupación no es que entre dinero, sino que nos lo merezcamos. Si nos llegara a faltar lo necesario para seguir, me pondría ante el Señor o ante la Virgen, que se ocupa de los bienes, y les diría: "O los que están en las misiones no hacen su deber, o aquí entre nosotros hay un amalecita que no responde a su vocación". Yo no dudo de la Providencia. Sin esta confianza no podríamos seguir adelante. A veces sucede que llegamos a la noche y nos falta el dinero para pagar una factura que se vence. Y bien, al día siguiente el dinero llega y se salda la deuda. Les aseguro que nunca dejé de dormir tranquilamente por este fastidio. No voy a buscar dinero, pero no me avergonzaría si tuviera que ir y pedir limosna para ustedes y para las misiones. Pero a veces el Señor quiere probarnos un poco y nos hace esperar. Con eso quiere recordarnos que somos pobres, que nuestro Dueño es él. Pero si respondemos a su llamado, siempre nos bendecirá.

Jesús en el Evangelio prohíbe ese afán excesivo que nace de la desconfianza en Dios y del apego desmedido a las cosas de la tierra. Pero la confianza en la Divina Providencia, no excluye que también nosotros nos comprometamos en pensar, trabajar y proveer para el futuro. Por lo tanto, espero que todos cooperen al bien común, cuidando las cosas de la comunidad y contentándose de lo necesario. Sobre todo, si llevan una vida fervorosa meritarán las bendiciones de Dios, incluso aquellas temporales: "Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura" (Mt 6,33). Cuando ustedes, en el "Padre nuestro", piden el pan cotidiano, ponen la intención de pedir, en primer lugar, la santa Comunión y la Palabra de Dios, pero también el pan material. Porque si Dios provee con tanta generosidad las cosas materiales, ¡cuánto más las espirituales! Quisiera que nuestros Institutos en general, y ustedes en particular, tuvieran siempre esta gran confianza en Dios: "El que confía en el Señor no será decepcionado" (Ecli 32,24).

Caridad

96. Amarás al Señor tu Dios. El edificio de nuestra santidad, según san Agustín, se perfecciona con la caridad. Dios y el prójimo son dos objetos, o un único objeto bajo dos aspectos de la caridad: Dios en sí mismo y por sí mismo, el prójimo en Dios y por Dios. [1] La caridad hacia Dios consiste no tanto en un sentimiento cuanto en un acto de voluntad. Se puede amar mucho y no sentir, o inclusive experimentar repugnancia. Se puede sentir mucho e inclusive llorar de ternura y no amar. La caridad hacia Dios es el primer gran mandamiento. A la pregunta del doctor de la ley: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?", Jesús responde: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu" (Mt 22,36-37). El evangelista Marcos agrega: "y con todas tus fuerzas" (Mc 12,30).

La santidad consiste esencialmente en la caridad, según santo Tomás: "Esencialmente, la perfección de la vida cristiana en sí misma consiste en la caridad". La caridad es santidad; amar y hacerse santos es lo mismo. Cuando hay amor, no se necesita nada más. Las otras virtudes teologales son necesarias porque están inseparablemente unidas a la caridad. No se puede amar sin creer, y se espera lo que se ama.

San Francisco de Sales confirma: "La verdadera santidad consiste en el amor de Dios; más se ama a Dios, más se es santo". Y san Agustín: "Ama y haz lo que quieras". Quien ama a Dios no lo ofende, sino que lo sirve fielmente. Por lo tanto, la caridad es el compendio de todas las virtudes y la perfección de todas ellas. Este es el motivo por el que san Pablo afirma que la caridad es "la plenitud de la Ley" (Rom 13,10) y "el vínculo de la perfección" (Col 3,14). No duda en afirmar que, sin la caridad, todo lo demás no sirve. Aunque habláramos las lenguas de los ángeles, aunque tuviéramos el don de la profecía y conociéramos todos los misterios, aunque poseyéramos toda la ciencia y tuviéramos fe para transportar montañas, aunque ofreciéramos nuestro cuerpo para ser quemado vivo, sin la caridad ¡no sirve de nada! (cf. 1 Cor 13,1ss).

97. Amor como amistad. Según santo Tomás, la caridad es una amistad entre Dios y el hombre. Dios nos ha preferido desde la eternidad: "Yo te amé con un amor eterno" (Jer 31,3). Ha puesto su mirada sobre nosotros: "y mi delicia era estar entre los hijos de los hombres" (Prov 8,31). Dios nos quiere de verdad; nos da gracias permanentemente para sostenernos en el bien y hacernos santos; y, si pecamos, nos perdona. Cuando estamos afligidos nos dice: "Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré" (Mt 11,28). Él nos dio todo lo que tenemos, aun no necesitando de nosotros y, al mismo tiempo, aprecia cada gesto virtuoso que le ofrecemos devolviéndolo con numerosas gracias. También nosotros debemos ser agradecidos con Él, repitiendo con frecuencia: "¡Te damos gracias, Señor Dios nuestro!" San Jerónimo nos enseña que "el querer lo que el amigo quiere y el no querer lo que no quiere, es un signo de verdadera amistad".

98. Amar a Dios con ardor. San Agustín dice: "Nos has creado para ti y nuestro corazón no descansa si no es en ti". ¿Cómo amar a Dios? Es necesario amarlo con ardor, con vivacidad. Santa Teresa del Niño Jesús a los veinticuatro años ya quemaba del amor a Dios. ¿Y nosotros, misioneros y misioneras? Él quiere todo nuestro corazón. Ven, no es que nosotros no amamos al Señor, sino que no lo amamos en el modo y la medida como él quiere que lo amemos.

Nuestro corazón es ya tan pequeño, que no debemos dividirlo. San Francisco de Sales decía que si hubiera encontrado una sola fibra en su corazón que no fuera para Dios, la habría arrancado sin misericordia. ¿Y nosotros? ¿Realmente amamos al Señor con todo el corazón? Si Jesús en este momento nos hiciera la pregunta que dirigió a san Pedro: "¿Me amas más que estos?" (Jn 21,15), ¿qué podríamos responderle? Les propongo este examen de conciencia. Preguntémonos con frecuencia, especialmente nosotros, misioneros y misioneras, si nuestro corazón es libre, si no está dividido, si es constante. El Señor se da totalmente a nosotros; entonces, ¿cómo podemos darnos a él parcialmente?

Amemos a Dios con toda el alma, es decir con toda la voluntad, queriendo lo que él quiere y como él lo quiere. Demostrémosle nuestro amor evitando el mal y buscando lo más perfecto. Con frecuencia nos engañamos en la vida práctica, especialmente en las adversidades o en los tiempos de aridez. El amor de voluntad resiste a todo y permanece fuerte aun en medio de las pruebas. Amar al Señor cuando todo va con viento a favor, es decir cuando todo sale bien ¡es tan fácil! Pero amarlo cuando se está en las tinieblas, en la oscuridad del espíritu y el corazón se ha enfriado, ¡entonces sí que es verdadero amor! Hagamos nuestras las palabras de san Pablo: "¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? [...] Ninguna criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor" (Rom 8,35-39).

Amemos a Dios con toda la mente, con todas las fuerzas. Preguntémonos: ¿cuáles son nuestros pensamientos? ¿Y nuestros juicios? ¿Son todos según Dios? Amar a Dios con toda la mente quiere decir hacer todo con buena intención: todo por Él, nada por nosotros. Y, además, amar con toda la fuerza significa amar al Señor lo mejor posible, sin temor de amarlo demasiado. Con frecuencia, nuestro corazón está lleno de amor propio. ¿Y nosotros, misioneros y misioneras? Si el corazón está lleno del amor de Dios, se manifiesta en nuestra vida. Recuérdenlo: quien no arde, no puede incendiar.

99. Crecer en el amor. Crecer en el amor de Dios con la oración: pedirle con frecuencia a Dios la caridad, que es la reina de todas las virtudes. San Agustín repetía: "Señor, que yo te ame". Y san Ignacio: "¡Dame, Señor, tu amor y tu gracia, con eso me alcanza!". Pidamos la intercesión de María, "Madre del santo amor", y de aquellos santos o santas que se destacaron en este amor. También en la meditación el corazón se enciende de amor, especialmente la meditación de la Pasión del Señor. San Francisco de Sales decía que el Calvario es el teatro de los amantes. Cada frase del "Padre nuestro" es un acto de amor de Dios. Del mismo modo, cada frase del "Tantum ergo". Por ejemplo las palabras: "Adoremos el Sacramento" son un acto de amor, porque la verdadera adoración es el amor. Por eso, palabras como estas: "que la fe supla el límite de los sentidos", nos ayudan a alegrarnos por no ver ni sentir nada con los sentidos, y así podamos creer en Su palabra, ya que esto también es amor. Y también: "Al Padre, al Hijo, gloria y alabanza". ¡Cuántos actos de amor: que Dios sea alabado, que todos lo amen, que todos conozcan su grandeza! Todo esto es amor, puro amor, con tal de que estas bellas expresiones broten de nuestro corazón.

Crecer en el amor de Dios con las obras: hagamos obras que le gustan a Dios. Como enseña san Gregorio Magno: "La prueba de la caridad es la acción". Jesús dijo: "Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos" (Jn 14,15). El termómetro para conocer el grado de nuestro amor a Dios está en las obras. Por lo tanto, no nos conformemos con las palabras, pasemos a la práctica. Nosotros, en particular, debemos tener "sed de almas", como nuestro Señor. También a través de las acciones comunes de cada día podemos ser colaboradores del Redentor. Todo aquí está pensado para que un día puedan hacer el bien. En las misiones se debe tener el corazón abierto a todas las debilidades y, por lo tanto, tiene que estar lleno del amor de Dios. San Francisco Javier estaba lleno de este amor y, por lo tanto, era un misionero apasionado. El que no ama nunca podrá hacer nada bueno. Felices ustedes que tendrán la posibilidad de ser apóstoles en las misiones... ¡si serán santos! Y serán santos en la medida en que estén llenos del amor de Dios.

Crecer en el amor con intenciones puras. La pureza de intención es un acto de amor por medio del cual referimos todas nuestras acciones solamente a Dios, a su gloria: "¡Mi Dios, mi todo!". Cuanto más perfecto es el fin, más perfecta es nuestra obra. El Señor dijo: "Si el ojo (es decir tus intenciones) está sano, todo el cuerpo estará iluminado (es decir todas tus obras serán buenas ante Dios). Pero si el ojo está enfermo, ¡todo el cuerpo estará en tinieblas!" (Mt 6,22-23). ¡Qué felices seríamos si todo lo refiriéramos solamente a Dios! Sólo él puede bendecirnos, consolarnos, hacer prosperar todas nuestras obras. Es verdad que cada mañana dirigimos a Dios todos nuestros pensamientos, afectos y acciones, pero no basta. Con frecuencia, también durante el día necesitamos renovar nuestras rectas intenciones. Estemos atentos y purifiquémoslas. ¡Sólo Dios! ¡Sólo a Él honor y gloria!

100. Querer lo que quiere Dios. Cuando se hace la voluntad de Dios se encuentra la santidad más perfecta y la felicidad más completa. San Basilio afirma que el secreto para ser felices, también en este mundo, es hacer la voluntad de Dios. San Pablo, apenas convertido, la abraza plenamente: "¿Qué debo hacer, Señor?" (Hch 22,10). José Cafasso explica así la unión de nuestra voluntad a la de Dios: "Querer lo que Dios quiere; quererlo de ese modo, en ese tiempo, en las mismas circunstancias que él quiere, y quererlo sólo porque lo quiere nuestro Dios". El Señor Jesucristo nos ha dado ejemplo de esto con las palabras y los hechos. Si rezaba, si trabajaba, si predicaba, lo hacía para cumplir la voluntad del Padre. Sobre la cruz, después de haber declarado que todo se había cumplido, inclinó la cabeza (cf. Jn 19,30) como para indicar que, también en ese acto final de la muerte, estaba haciendo la voluntad del Padre.

Si uno se une a la voluntad de Dios, ve las cosas como las ve Dios, ve las cosas como las ve Él, del mismo modo, busquémosla tanto en las cosas grandes como en las pequeñas, tanto públicamente como en privado. Hagan las cosas bien sin esperar nada de los demás. ¡Sólo Dios basta! Si suceden desgracias, acéptenlas sin lamentarse, viendo en ellas la voluntad de Dios. David, mientras Simei tiraba contra él piedras y maldiciones, respondía a Abisai, que habría querido matarlo: "Si él maldice, es porque el Señor le ha dicho: ¡Maldice a David! ¿Quién podrá entonces reprochárselo?" (2 Sam 16,10). El Señor siempre es capaz de transformar el mal en un bien.

Pero estén atentos porque muchas veces el amor propio nos hace ver como voluntad de Dios lo que no lo es. Hacemos tantas cosas en la ilusión de estar cumpliendo la voluntad de Dios, pero perdemos de vista la presencia frecuente del amor propio. ¡Miremos siempre hacia el cielo! Nuestra mirada debe estar siempre allí: ¡Sólo Dios! No nos preocupemos por el resultado de las obras; Dios nos premiará según nuestro trabajo y no según el resultado que a veces el Señor permite que sea mezquino o nulo para darnos una lección de humildad. ¡Por eso es importante orientar bien todo lo que hacemos! El Señor, si ponemos en sus manos el comienzo de una obra, nos ayuda con el resto. Lo que ha hecho y hace santos es la voluntad, la buena voluntad; es el no poner límites en el servicio de Dios.

Necesitamos examinarnos fríamente y ponernos ante el Señor: "Señor, que yo te conozca a ti y a tu voluntad!", porque el amor propio nos lo esconde. Santa Gertrudis decía cotidianamente y varias veces al día esta invocación: "Amabilísimo Jesús, que no se haga mi voluntad sino la tuya". Digámosla también nosotros alguna vez, especialmente en medio de las adversidades. En el "padrenuestro" pedimos que se extienda el Reino de Dios e, inmediatamente después, que se haga su santa voluntad así en la tierra como en el cielo. Por lo tanto, tratemos de vivir permanentemente en la voluntad de Dios.

Naturalmente, todo esto cuesta. Pero, como dicen los santos, sólo los inicios cuestan, porque se goza después. Examinémonos seriamente, ¡porque es fácil decir "hágase tu voluntad" en los momentos de fervor! Pero, prácticamente, ¿nos gusta hacer en todo la voluntad de Dios? Siempre debemos desprendernos de nuestra voluntad e interrogarnos en cada acción: ¿es esto lo que Dios quiere de mí? No está mal que, aquí y en las misiones, se cambien los cargos y, quien ejercía la autoridad, tenga que volver a obedecer. Así se acostumbra a buscar y hacer concretamente la voluntad de Dios, a obrar sólo por Él. Digámosle así a Dios: acepto todo, quiero todo sin restricciones, no sólo en general, sino en las más pequeñas circunstancias. ¡Ni un suspiro, ni una palabra, ni una obra que no sea por ti, mi Dios! Quien cumple siempre la voluntad de Dios, además de gozar de la paz perfecta, ¡cuántos méritos adquiere!

Lo que más me consuela es que siempre he hecho lo que el Señor ha querido de mí; me consuela saber que nunca he perdido el rumbo. Cuando mons. Gastaldi me nombró director espiritual del seminario, fui a verlo y le dije: "Soy demasiado joven y, además, esperaba un día poder ser un humilde párroco; pero soy hijo de la obediencia". Él me respondió: "¿Quieres ser párroco? Te doy la parroquia más importante de Turín: el seminario". Cuando me mandó a la Consolata, todavía no tenía treinta años y allí había una comunidad de sacerdotes ancianos. Le pregunté: "¿Es realmente la voluntad de Dios? Todavía no cumplí los treinta años, no tengo experiencia" — "¿Ves? — me respondió — ser joven es un defecto que se corrije de a poco. Los errores que, precisamente, cometerás por ser joven, tendrás tiempo para repararlos". ¿Se dan cuenta? Hay que estar allí donde nos quiere el Señor. Si yo no hubiera aceptado, mons. Gastaldi habría aceptado mi rechazo, pero yo no habría emprendido el camino en el que me quería el Señor.

101. Misión confiada a quien ama mucho. La caridad hacia Dios es necesaria, especialmente en nosotros, que hemos recibido la vocación y la misión de comunicarla: "¡Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!" (Lc 12,49). ¿Cómo podremos comunicar este sagrado fuego si primero no nos llenamos de Él? El Señor Jesús, antes de confiar a Pedro el cuidado de su rebaño, le preguntó tres veces si lo amaba. Jesús confía la misión de evangelizar sólo a quien lo ama, a quien lo ama mucho, a quien lo ama muchísimo. No basta amarlo de cualquier manera, se necesita un amor superlativo. Sólo un gran amor nos convertirá en ardientes misioneros y misioneras, nos hará soportar con gusto los sacrificios de la vida apostólica y asegurará el fruto de nuestras fatigas. El Señor, en todo lo que permite, quiere siempre y sólo nuestro bien. Digámosle de corazón: ¡Hágase tu voluntad! No sólo conformidad, sino también uniformidad con la voluntad de Dios, que es más perfecto. El amor vence todo, supera todo.

Examinémonos para ver si en los casos prácticos seguimos estos principios. Si lo hacemos, entonces el Señor se servirá de nosotros para hacer mucho bien, como se sirvió de san Francisco Javier. Además, si hacemos siempre la voluntad de Dios con una intención pura, nuestros días serán verdaderamente plenos, porque desde la mañana hasta la noche acumularemos permanentemente tesoros en el cielo. Al final de la vida nos daremos cuenta de que hicimos mucho, si bien en el presente nos parecerá que estamos haciendo poco.

 

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[1] José Allamano hablaba de la caridad en modo unitario, como en el Evangelio, es decir hacia Dios y hacia el prójimo. Sin embargo, habitualmente desarrollaba sus enseñanzas sobre la caridad hacia el prójimo, sobre todo en el contexto de la vida comunitaria, como ha sido mantenido en estas páginas.