Vida consagrada
102. Nuevo bautismo. Como dicen las Constituciones, ustedes están en el Instituto para ser "primero" buenos y santos religiosos y religiosas, "después" misioneros y misioneras. Reflexionen sobre esto: nuestros Institutos son religiosos y misioneros. ¿Qué entendemos por vida consagrada en el estado religioso? Es un estado de perfección, no porque los que lo abrazan son perfectos, sino porque tienden hacia ese estado continuamente, con todo empeño. Es un nuevo bautismo, una entrega superior a cualquier sacrificio, ya que en los sacrificios le ofrecemos al Señor cosas externas, mientras que aquí nos damos a nosotros mismos. Es como un martirio permanente, sereno, a fuego lento, sacrificando los propios bienes, las propias comodidades, la propia voluntad.
Todos los cristianos están llamados a tender hacia la perfección de las virtudes, porque el Señor les dice a todos: "Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo." (Mt 5,48). Esta vocación a la santidad consiste esencialmente en la caridad hacia Dios y hacia el prójimo. Para los consagrados significa tender hacia la caridad perfecta, no sólo con la observancia de los mandamientos, sino también de todos los consejos evangélicos, según las propias posibilidades y la gracia de Dios.
103. En libertad. Ahora bien, todas las congregaciones religiosas se comprometen a través de votos a vivir los tres consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Con ellos la voluntad es más firme, se tiene más mérito y se da a Dios no sólo lo que se tiene, sino también la libertad, como explica santo Tomás. San Anselmo agrega que, con los santos votos, no se le da al Señor sólo el uso de una cosa, sino la cosa misma: no sólo los frutos, sino el árbol. Sin embargo, los votos no nos quitan la libertad. Diría que la aumentan, ya que nos hacen más dueños de nosotros mismos, menos condicionados por las pasiones, San Agustín exclama: "¡Feliz necesidad que nos lleva a hacer lo que es mejor!"
Todos los Institutos renuevan los votos cada año. ¿Por qué? Para aumentar el fervor, para conservar su recuerdo y confirmar nuestro compromiso. No se asusten por los votos que han hecho. Vivan tranquilos como antes, o inclusive más que antes, porque, además de ser un segundo bautismo, ellos marcan el comienzo de una nueva vida de perfección, de santidad. Al Señor le gusta mucho este sacrificio total de nosotros mismos, alma y cuerpo; él nos inunda de gracias con las que nos sentimos más fuertes, más valientes, más tranquilos. Abandonémonos totalmente a él, completamente sometidos a su voluntad. Dejemos que disponga de nosotros como mejor le plazca; así pronto nos volveremos verdaderamente santos. No olviden que con la profesión religiosa no firmamos un contrato, sino que seguimos una vocación. Al Señor no le gustan los contratos. Él siempre es generoso. Si Él nos ha dado la vocación, no nos la quitará. Él no cambia, somos nosotros los que cambiamos. Sólo debemos vivir lo que hemos prometido. Nos hemos consagrado al Señor, entonces ¡adelante!, cueste lo que cueste.
104. Para la misión. Sus votos son votos de misioneros y misioneras. Cuando los hagan o los renueven deben pensar en las misiones, exponer sus deseos de celo ardiente y de colaborar en la evangelización. Deberíamos hacer el voto de servir a la misión aunque nos cueste la vida, contentos de morir en la brecha. Cuando hagan los votos o los renueven, recuerden que también implican todo esto. El Señor responde a estos deseos.
Pobreza evangélica[1]
105. "Les he dado el ejemplo" (Jn 13,15). Jesús ha vivido todas las virtudes, pero hay una que parece haber preferido y de la que ha querido ser su modelo en forma particular: la pobreza. También lo afirma san Pablo: "Siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza" (2Cor 8,9). Por lo tanto, él fue pobre en su nacimiento, y más pobre fue durante su vida, muy pobre sobre la Cruz. Jesús nació pobre por propia voluntad, eligió como Madre a María, que era una mujer pobre, y como padre y custodio a san José, que con el trabajo manual ganaba lo necesario para vivir. Durante su vida pública pudo afirmar: "El Hijo del hombre no tiene dónde reposar la cabeza" (Mt 8,20). También había exclamado antes, en las Bienaventuranzas: "Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece” (Lc 6,20). Para ser sepultado tuvo necesidad de la caridad de una sábana y hasta del mismo sepulcro.
El ejemplo y las enseñanzas del Señor son el estímulo más fuerte e importante para hacernos apreciar y practicar la pobreza, con más razón a nosotros que queremos imitarlo. Todos los santos, a la luz de su ejemplo, amaron y vivieron la pobreza. San Francisco de Asís la llamaba "mi esposa".
106. Vida de las virtudes. En cierto modo, todas las otras virtudes reciben vida de la pobreza. En efecto, si nosotros examinamos cada virtud, vemos que existen y se desarrollan sólo si hay amor a la pobreza. ¿Puede haber fe sin pobreza? ¿Cómo puede decir que tiene fe aquel que, aun sabiendo que Jesús ha dicho: "Felices los pobres", considera como buenas las riquezas y afortunados a los ricos? Lamentablemente también nosotros podemos preferir a los ricos en lugar de los pobres. Si tenemos fe, es necesario que pensemos, que hablemos, que obremos según este principio de la fe: ¡"Felices los pobres"!
La esperanza está toda dirigida hacia el paraíso y no se preocupa por las cosas terrenales. Dice el autor del libro sagrado: ¡Feliz el hombre que no ha ido detrás del oro, ni ha puesto su esperanza en el dinero y en los tesoros! ¿Quién es él? Y lo proclamaremos feliz (cf Ecli 31,8-9). ¡Es tan fácil confiar en el dinero! No, no; en cambio hay que decir: "¡Señor, en ti he puesto mi esperanza!".
El amor de Dios tampoco puede subsistir sin la pobreza de espíritu. Para amar a Dios con todo el corazón es necesario no vivir apegados a nada, sobre todo a las cosas; si no el corazón permanece dividido. La razón por la que tantas personas sacrifican sus bienes materiales y abrazan la pobreza voluntaria es, justamente, para tener el corazón libre, y así poder amar a Dios y darse totalmente a Él. También para realizar obras a favor del prójimo es necesario tener el corazón alejado de las cosas de la tierra. San Bernardo, al hablar de la santidad, dice que debemos ser cuencos y no canales. Pero, con respecto a la pobreza, les digo que debemos ser sólo canales y no cuencos. Sin la pobreza de espíritu no se puede ser ni humiles ni castos. La pobreza custodia también el ardor misionero. San Bernardo aplica al desapego de las cosas las palabras de Jesús: "Y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí". (Jn 12,32). De esto se desprende que colaboraremos en la evangelización de los pueblos en la medida en que seremos pobres, al menos de espíritu.
107. Con la fuerza del voto. El Señor puso como primera condición al joven rico: "Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres" (Mt 19,21). Todas las congregaciones religiosas colocan como primer voto a la pobreza porque, según santo Tomás, "la pobreza voluntaria es el primer fundamento para alcanzar la perfección". San Ignacio de Loyola define la pobreza como "el muro de defensa de las órdenes religiosas".
Una congregación religiosa vive y prospera según su fidelidad al espíritu de pobreza. Cuando una comunidad cede en este punto, todo el espíritu decae. Lo mismo puede decirse de cada miembro: cuanto más se vive la pobreza prometida, más se crece en santidad. Es necesario tomarla en serio. Cuando se descuida este voto, la comunidad se acerca a su fin. En cambio, si se lo observa según las Constituciones, con el verdadero espíritu, la comunidad será bendecida por Dios.
El voto de pobreza consiste esencialmente en renunciar al derecho de usar y disponer de los bienes temporales, según los propios intereses y sin depender del legítimo superior. Este es el voto simple, que hacemos nosotros y las congregaciones modernas. El voto solemne, en cambio, implica la renuncia al dominio radical y a cualquier propiedad sobre los bienes temporales. Esto explica la gran diferencia entre el voto simple y el voto solemne. Pero, ¿por qué hacemos voto simple? La razón es que la pobreza no consiste esencialmente en despojarse de todo, sino en renunciar al derecho de disponer según el propio arbitrio —es decir sin permiso del superior— tanto de los bienes de la comunidad como de los propios. Esta renuncia es por amor a nuestro Señor, que es la razón específica del voto. La expresión: "¡Felices los pobres!" es para todos; y ya el salmo decía: "Aunque aumenten las riquezas, no pongan el corazón en ellas" (Sal 61,11). 108. Lo necesario, como los pobres. San Bernardo dice: "La pobreza no es una virtud en sí misma, sino el amor a la pobreza". Un pobre puede non tener dinero, pero no por eso vivir la virtud de la pobreza. Los consagrados no sólo deben evitar todo lo que es contrario al voto, sino comprometerse a observar la pobreza en toda su perfección.
Por lo tanto, ¿qué se necesita para vivir plenamente la virtud de la pobreza? Abandonar todo lo que es vano y superfluo. Nada de esto debe existir en la vida de un consagrado. Entonces, afuera todo elemento rebuscado al vestirse, en las casas, en los muebles, en las comidas, en todo. San Pablo explica: "Contentémonos con el alimento y el abrigo" (1 Tim 6,8). Hagamos el voto de pobreza; por lo tanto, contentémonos sólo de lo necesario y, aun de lo necesario, contentémonos con tenerlo pobremente.
Para crecer en la virtud de la pobreza también hay que sufrir con paciencia y alegría por no poder contar a veces con lo necesario. ¡Es tan cómodo hacer el voto de pobreza sin sentir sus efectos! Se lo podría llamar el voto de tener todo lo necesario. Si hay algo que deseamos y no lo tenemos, bueno, hacemos un acto de pobreza. Justamente es el no tener todo lo que quisiéramos lo que nos hace practicar la pobreza. Yo digo que es bueno que a veces falte lo necesario. Este espíritu los ayudará también a no pretender excepciones en la comunidad. A mí no me gustan las particularidades. Sí, sí: lo que es necesario, es necesario; pero no olviden que el Señor nos ayuda en lo que es necesario para los pobres, no en lo que es necesario para los ricos. El que no sabe acostumbrarse a algunas privaciones nunca será un buen misionero o una buena misionera.
No digan que el Instituto tiene muchos bienhechores. Los bienhechores no siempre son suficientes. Además, nunca se olviden de que las ofertas son el fruto de los sacrificios de nuestros bienhechores e implican de nuestra parte no sólo que recemos por ellos, sino sobre todo que respondamos a sus sacrificios con algunas renuncias: estar contentos por tener lo necesario e inclusive de que nos falte algo. Los bienhechores tratan de proveernos de lo necesario. Cuando leo la lista de las ofrendas en el periódico, les aseguro que hago una verdadera meditación. Me detengo de tanto en tanto a pedirle a Dios por ellos, a rezar por los que murieron. ¡Esas cifras son lágrimas, son sangre! ¿Les parece justo no querer hacer ningún sacrificio?
La virtud de la pobreza requiere también un desapego total del corazón de las cosas necesarias y útiles que usamos. Esta es la esencia de la pobreza de espíritu. Este desapego del corazón debe ser muy importante para ustedes. Recuerden que todo apego, aun pequeño, obstaculiza el camino del crecimiento. Desprenderse de todo, de todo. Un pequeño pájaro, aunque esté atado con una cuerda o con un simple hilo, no puede volar. Por lo tanto, no estén atados a nada, ni siquiera por un hilo. Si existiera, hagámoslo pasar por el Corazón de Jesús y se transformará en un hilo de oro: el de la renuncia. Cuanto más desapegados estén de todos y de todo, mayor será el bien que harán en las misiones. A veces se va a las misiones deseando el martirio ¡y después nos perdemos discutiendo por un armario! Es la idea falsa que nos hacemos de lo necesario. Todos estos apegos también nos sacan la paz del corazón y a veces nos llevan a faltar a la obediencia. Por eso insisto: no se apeguen a nada, por pequeño que sea, para que no suceda que en las misiones, teniendo que dejar un lugar, lo desvalijen. En nuestra comunidad necesitamos este espíritu de desapego; entonces el Señor la bendecirá.
109. Cuidarlo todo. El espíritu de pobreza también significa cuidar de todo, usar las cosas con delicadeza y respeto. En cambio, a veces sucede que se cuidan las cosas propias y poco o nada las de la comunidad, como si no fueran de nadie y se las pudiera descuidar o no prestarles atención. No, esto es injusto, porque si no es lícito derrochar lo nuestro, mucho menos las cosas de la comunidad. No sólo es faltar a la pobreza, sino a la justicia. Lamentablemente es el punto más descuidado y sobre el que es necesario insistir más.
Espíritu de pobreza significa, además, cooperar para que nada se deteriore o se desperdicie, recordando que vivimos de la caridad. Da gusto ver a alguien interesado por las cosas de la comunidad: cerrar una puerta, una ventana que se golpea, poner en su lugar un objeto, apagar una luz, etc. Con esto no quiero decir que se tengan que ocupar de lo que no les corresponde, pero hay muchas pequeñas cosas que nos conciernen a todos: no arruinar nada, tratar todo con cuidado, no usar de más algo cuando basta usar menos, etc. Es realmente necesario que adquieran este espíritu: cuidarlo todo. Miren, yo todavía tengo el mismo reloj de cuando era seminarista...
La pobreza es una cosa delicada y se falta a la misma fácilmente. Si también tuviéramos en abundancia, no se debe dar más de lo debido. Es necesario tener esta convicción: son cosas de Dios. Acostúmbrense desde ahora a esta delicadeza, a este cuidado y atención en el uso de las cosas; de lo contrario, cuando estén en las misiones derrocharán lo que tienen. Se necesita el compromiso de todos, este es el espíritu de unión, de familia. Todos interesados, todos comprometidos por el bien del Instituto. Tenemos que regularnos de esta manera para que el buen Dios nos ayude ahora y en el futuro. No debemos esperar ociosos que nos ayude la Providencia; el Señor no siempre está obligado a hacer milagros.
110. Trabajar como los pobres. Hemos hablado de la pobreza como desapego afectivo y efectivo de las cosas temporales. La pobreza también tiene otro aspecto que es el de trabajar como trabajan los pobres. Nosotros como misioneros y misioneras debemos trabajar materialmente. Cuando trabajamos, pensemos que ahorramos tantos gastos a la comunidad. También el tratar de ganar algo para la comunidad es un deber de la pobreza. Es necesario ser miembros activos porque esto no es un colegio donde se paga, sino una familia donde todos pagamos del mismo modo. Si podemos ser útiles en algo, debemos considerarnos afortunados y, por lo tanto, hacerlo con gusto y también por deber.
Si todos los consagrados deben vivir desapegados de todo y tener el espíritu de pobreza, con mucha más razón los misioneros y las misioneras.
Castidad por el Reino [2]
111. Sean castos. Como atestiguan las Sagradas Escrituras, la excelencia de la castidad es muy grande. El mismo Redentor quiso nacer de una madre Virgen. El Apóstol Juan supo amar al Señor en modo tan particular porque era puro, casto, virgen. El Señor, al morir, le confió su madre: le confió la Virgen a un virgen.
La palabra castidad normalmente se hace derivar de la palabra "castigo"; y la razón, según santo Tomás, está en que en los castos la concupiscencia es castigada, es decir mortificada por medio de la razón. Como consagrados vivamos la castidad virginal que consiste formalmente en el propósito interno, firme y constante de no admitir nada que sea contrario a la integridad virginal. El padre Semeria, justamente, hace notar que la castidad virginal no tiene que ver sólo con el cuerpo, sino precisamente con el espíritu. Lo mismo afirma san Agustín: "¿Quién puede dudar de que la castidad, cuando es una virtud, pertenezca a la dimensión espiritual? Ella no puede flaquear si permanece firme en el corazón, en la voluntad".
La castidad virginal es sumamente necesaria para los consagrados y las consagradas. Como misioneros y misioneras estarán expuestos a los más graves peligros, por lo que deberán estar sólidamente fundados en esta virtud. Para hacer el bien a aquellos pueblos, ustedes deben ser reconocidos como seres "sobrenaturales", que no tienen nada que ver con este mundo: "Ustedes no son del mundo" (Jn 15,19). La castidad los hará aparecer como tales, y bastará su presencia para atraer a los corazones. Si serán castos, siempre castos, estoy seguro de que todo saldrá bien. El Señor se comunica a los puros de corazón, y ustedes harán milagros. Por lo tanto, dirijo a cada uno de ustedes las palabras de san Pablo a Timoteo: "Consérvate puro" (1Tim 5,22). ¿Cómo se puede hacer caber en una botella de agua una botella de vino? Se quita el agua y se pone el vino. Muy bien: vaciemos nuestro corazón de todos los amores mundanos y llenémoslo del amor de Dios. Quiero que se sientan atraídos hacia la castidad más por la belleza de la virtud que por la fealdad del vicio. ¡Sean castos!
112. En vistas del sacerdocio. La Iglesia Católica, inspirada por el Espíritu Santo, desde los tiempos apostólicos vio la necesidad de que sus ministros resplandecieran por vivir la castidad. El sacerdote necesita de todas las virtudes, pero de esta en modo particular. Sobre todo a los que aspiran al sacerdocio los exhorto a reflexionar bien sobre la necesidad de esta virtud. Recuérdenlo: uno de los primeros signos de vocación es la castidad. Se necesita una castidad sólida y sincera. Busquen la pureza de vida, cueste lo que cueste. Examínense atentamente. ¿Están preparados para conservar durante toda la vida una castidad perfecta y hacer todos los sacrificios internos y externos necesarios para conservarla? Por lo tanto, si confiando en la ayuda divina sienten la fuerza y la voluntad, ¡ánimo y no tengan miedo! Dios, que es su esperanza, será también su fuerza.
113. Virtud del corazón. San Pablo escribe a los Tesalonicenses: "Les rogamos y los exhortamos en el Señor Jesús, que vivan conforme a lo que han aprendido de nosotros sobre la manera de comportarse para agradar a Dios. La voluntad de Dios es que sean santos, que se abstengan del pecado carnal, que cada uno sepa usar de su cuerpo con santidad y respeto" (1 Tes 4,1-4). Y sobre ese precepto el Apóstol habla muchas otras veces. ¡La castidad es la virtud de nuestro corazón! No se desanimen si se sienten tentados. El oro se purifica en el fuego y el Señor nos purifica con estas debilidades. Si será para nuestro bien, él nos librará de ellas, pero mientras tanto desea que seamos purificados. Seamos humildes y tengamos confianza, y sigamos adelante unidos al Señor. Expresemos siempre nuestro amor a Dios; no cuesta mucho hacerlo, a veces basta un suspiro.
114. Un tesoro en vasijas de barro. La castidad es un "tesoro que llevamos en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios" (2Cor 4,7), y para custodiarlo son necesarias la vigilancia y, sobre todo, la oración. Esto lo afirman todos: la Sagrada Escritura, los Santos Padres, los maestros de espíritu. Rezar, rezar bien, rezar siempre. Si la oración es necesaria para obtener todas las gracias, con más razón lo es para mantenernos castos. San Cipriano afirma: "Entre los medios para obtener la castidad, el primero y principal es pedir ayuda al cielo". San Gregorio, a su vez, dice que "la oración es la tutela de la pureza". San Juan Crisóstomo afirma que el ayuno y la oración son como dos alas que llevan al alma por encima de las tempestades, la hacen más ardiente que el fuego, terrible ante los enemigos. Y concluye: "Nada ni nadie es más potente que aquel que reza".
Por lo tanto, pidámosle al Señor la castidad. Pidámosla siempre. Recuérdenlo: no basta rezar de a ratos y en la capilla, no basta decir tres "Ave María" a la mañana y a la noche, no basta con llevar a cabo las comunes prácticas de piedad a lo largo del día, sino tener el espíritu de oración. Adquiramos el hábito, especialmente en las tentaciones, de refugiarnos enseguida en el Corazón de Jesús y dejemos que sea él quien responda. Así procedía san Agustín, que encontraba refugio y reposo en las llagas del Salvador Divino. Las tentaciones siempre estarán, pero allí, en el Corazón de Jesús, no puede suceder nada.
Un medio muy potente, sin el cual es casi imposible mantenerse castos, es una tierna devoción a María Santísima. Ella es la que concede todas las gracias, por lo tanto, también ésta. Pongamos nuestra castidad bajo su especial protección, consagrémosla a ella, diciendo con frecuencia: "¡Madre purísima, Madre castísima, Virgen de las vírgenes, ruega por nosotros!". Recemos y Dios nos dará la gracia inestimable de conservarnos castos durante toda la vida.
Para custodiar la castidad también es necesaria la mortificación externa e interna, que siempre fue practicada por todos los santos, en todos los tiempos, y por todas las personas que quieren vivir como buenos cristianos. San Pablo decía: "castigo mi cuerpo y lo tengo sometido, no sea que después de haber predicado a los demás, yo mismo quede descalificado" (1 Cor 9,27). Querer tratar delicadamente el cuerpo y pretender que no se rebele, es un sin sentido: "La carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Ambos luchan entre sí y, por eso, ustedes no pueden hacer todo el bien que quieren” (Gál 5,17).
Mortificar el gusto, es decir comer para vivir y poder realizar el propio deber, y no vivir para comer. No digo que dejen lo necesario, no, sino que sepan hacer tantas pequeñas mortificaciones. Mortificar los ojos: quiero que sean espontáneos, pero también reservados y mortificados. Para adquirir este dominio sobre los propios ojos, es útil privarse, no digo siempre, de mirar lo que es lícito. Es verdad que los santos sabían elevarse a Dios mirando una flor, pero a veces también podemos dejar de mirar. Acostumbrar el cuerpo al frío y al calor, a lo duro y no a lo blando. Escapar del ocio estando siempre ocupados. Por lo tanto, trabajar no sólo por deber, por obediencia, por pobreza, sino también para dominar el cuerpo. Mortificar el orgullo, la soberbia, practicando la humildad. Pobres de los que no son humildes: "El que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!" (1 Cor 10,12). San Francisco de Sales decía: "La castidad sin humildad es vanidad".
Estoy seguro de que en las misiones estarán tranquilos y seguros sobre este punto, porque el Señor abundará en gracia, si viven muy unidos a él y usan todos los medios de los que hemos hablado.
Obediencia misionera
115. Habitual en todos. De los tres votos, el más excelente es el de la obediencia. De hecho, con él se le ofrece a Dios algo más de lo que se le ofrece con la pobreza y la castidad.
La virtud de la obediencia debe ser habitual en todos. Basta pensar en el ejemplo de Jesús: "Tengan en ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte" (Fil 2,5-8); "Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra" (Jn 4,34); "El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada" (Jn 8,29).
Los santos dicen que la obediencia es el camino seguro hacia el paraíso. San Juan Crisóstomo la llama: "navegación segura, puerta del paraíso". San Agustín agrega que la obediencia es el custodio de todas las virtudes. Y santo Tomás afirma que es superior a todas las otras virtudes, porque le ofrece a Dios el mejor don: nuestra voluntad.
La obediencia hace milagros y, si serán obedientes, los harán también ustedes, sobre todo cuando se trata de la evangelización. Lo que importa no es hacer mucho o poco, sino obedecer. La obediencia es la que nos ayuda a destruir la soberbia y le devuelve la paz al corazón. Así estamos seguros de realizar siempre la voluntad de Dios. ¡Esta no es la casa ni de las voluntades ni de las obediencias a medias!
116. Virtud fundamental. En una comunidad religiosa la obediencia es totalmente necesaria. Con más razón en las misiones, como dicen las Constituciones: "La virtud fundamental de un Instituto Misionero es el espíritu práctico de obediencia absoluta a los superiores. Sin ella no es posible la unidad en el trabajo y, como consecuencia, el éxito en el apostolado". [3] Estas palabras fueron tomadas literalmente de la Regla de los Padres Blancos. Todos los medios para llegar a ser un día misioneros y misioneras idóneos están concentrados en la obediencia. Nunca se los repetiré lo suficiente: obediencia absoluta, si quieren ser buenos misioneros y misioneras. Obediencia no sólo a las disposiciones, sino también a los deseos de los superiores. Los inconvenientes que se verifican en las misiones generalmente son causados por la falta de obediencia. Esta es la virtud principal y fundamental del Instituto y, diría, debemos tenerla incorporada. Como san Ignacio [4], quiero que la obediencia sea algo que los caracterice.
117. Virtud sobrenatural. Debemos proponernos obedecer al superior "como al Señor". Es el motivo sobrenatural el que da valor y mérito de virtud a la obediencia. Obedecer por motivos humanos no es lo que Dios quiere de nosotros, ni lo que nos va a diferenciar, en el mundo, de todos los que obedecen órdenes porque no tienen más remedio, o por intereses de lucro, o por respeto humano. Nosotros, en cambio, debemos ver a Dios en el superior: "¡Es Dios!"
Grábenselo bien en la mente y no lo olviden nunca: es absolutamente necesario que nuestra obediencia se base en este motivo sobrenatural. Por lo tanto, debemos tener fe y no limitarnos a las apariencias o a lo que se ve en la superficie. ¡Pobre del que obedece creyendo que lo hace hacia una persona humana! Nuestra obediencia es una virtud sobrenatural en la medida en que obedecemos a Dios en la persona del superior. Si uno tiene espíritu de fe, no tendrá dificultad en obedecer a cualquier superior y a cualquier decisión.
118. Universal, inmediata, cordial, simple. Nuestras Constituciones dicen que la obediencia debe ser universal, inmediata y cordial. Después, casi como coronándola, ser sencilla y generosa, que son características propias de la obediencia ciega. Ante todo, obediencia universal, obedeciendo a todos, sin hacer diferencias entre un superior y otro. Quien no tiene esta obediencia no puede gustar al Señor; tampoco podrá avanzar en el camino de la santidad. Por lo tanto, obediencia universal quiere decir también no hacer diferencias entre las diferentes formas de gobernar, entre pedidos grandes y pequeños, entre substancia y accidente. Este es el espíritu que quiero que tengan. No obedecer en general, sino hasta en los mínimos particulares, con respecto al lugar, al tiempo y al modo. El Señor, en vistas de nuestra buena voluntad y como premio por nuestra obediencia, hará su parte; de esa manera hasta haremos cosas extraordinarias. Algo hecho por capricho sale mal, porque el Señor no lo bendice.
San Bernardo dice que el verdadero obediente no se hace esperar y está listo para aceptar y realizar lo que le pide su superior. La obediencia debe ser inmediata, nuestro pan de cada hora, de cada minuto. No se puede llamar verdadera obediencia cuando se duda si realizarla o no o se la quiere llevar a cabo a su manera. Obedecer inmediatamente, en todo. No todo lo que es bueno está bien hecho. Lo es cuando el Señor lo quiere. Es necesario hacer no lo que se quiere, sino lo que se debe hacer, que es lo que establece la obediencia. Quien descuida estas disposiciones, no sólo no tiene el espíritu de obediencia, sino tampoco el de comunidad.
Además de inmediata, la obediencia debe ser cordial. San Pablo, escribiendo a los Romanos, dice: "Gracias a Dios, ustedes, después de haber obedecido, han obedecido de corazón a la regla de doctrina, a la cual fueron confiados" (Rom 6,17). Si no se obedece de corazón, la obediencia es imperfecta y se pierden muchos méritos. San Bernardo dice que la alegría en el rostro y la dulzura en las palabras son una buena forma de coronar la obediencia. Por lo tanto, no obedezcan de mala gana, sino cordialmente.
Es necesario disponer la voluntad a obedecer enseguida. Si hay dificultades u observaciones que hacer, manifestémoslas, pero después alegrémonos de lo que dispone la obediencia: "Dios ama al que da con alegría" (2 Cor 9,7). ¡Qué desagradable es manifestar el propio rechazo en el rostro, en los gestos, en las palabras!
La perfección de la obediencia tiene tres grados: realizar lo que se nos pide, unir nuestra voluntad a la del superior y aceptar con nuestra inteligencia lo que él dispone. Es necesario que sean generosos; no nos contentemos con el primer o el segundo grado, sino lleguemos hasta el final, renunciando a nuestros puntos de vista. Esta es la obediencia ciega – ¡pero que "ve" muy bien! – que acoge con sencillez una orden y la cumple. Por eso, como se darán cuenta, obedeciendo avanzan mejor y viven más tranquilos. Obedecer ciegamente no quiere decir hacer las cosas sin pensar; es más, deben estar bien atentos para realizarlas de la mejor forma posible. Vista de esta manera, pueden darse cuenta de lo sabia que es la obediencia. Examínense con frecuencia sobre el modo en que la viven y propónganse tender hacia la perfección. El que obedece ciegamente tiene muy buena vista y ve profundamente en las cosas espirituales, porque ve con los mismos ojos de Dios.
119. Formarse a la obediencia. ¿Cuáles son los medios para formarnos a esta obediencia? Repito los principales: ante todo, la humildad. El humilde sabe que se equivoca y no se aferra a su propio juicio; y si hasta el superior se equivocara al pedir algo, uno no se equivoca nunca si le obedece. Después, ver a Dios en el superior y en sus indicaciones. Además, imitar los ejemplos de nuestro Señor, que fue obediente hasta la muerte en la cruz. Por último, seguir los ejemplos de los santos. ¡La obediencia es la astucia de los santos!
120. Obediencia a las Constituciones. San Vicente de Paul, cuando decidió dar una Regla a su Congregación, lo hizo con estas palabras: "Les presento las Reglas que el Señor me ha inspirado; recíbanlas de mis manos como de las manos de Dios". Si él dijo esto, yo también puedo decirlo. De hecho, les puedo asegurar que quien me guiaba era el Señor. Yo no quiero cosas extraordinarias, pero en las cosas ordinarias les aseguro que siempre me ha guiado Dios. Cada palabra fue meditada, estudiada; sobre ellas he rezado, trabajado durante años, y ahora se han convertido en voluntad de Dios. Deseo que las reciban con espíritu de fe; se puede decir que la santificación de ustedes depende de cómo las recibirán. Estúdienlas y obsérvenlas, dando la máxima importancia a las cosas grandes así como a las pequeñas. Todo es oro. Confío mucho en que la obediencia a las mismas ayudará a conservar el espíritu de la comunidad. No estamos en un colegio, sino en una familia donde debemos santificarnos mutuamente. Cada uno de ustedes debería ser una columna del Instituto, de manera tal que los que vengan después puedan ver en ustedes un modelo a imitar. Si se perdieran las Constituciones, que cada uno de ustedes sea una constitución viviente, siempre.
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[1] José Allamano, con una carta del 8 de diciembre de 1916, presentó un "Tratado sobre la pobreza", en el que ilustraba el significado del voto y de la virtud, con todas las implicaciones prácticas a las exigencias de la vida consagrada para la misión. En la conferencia a las comunidades respectivamente de los misioneros y de las misioneras, el 5 de enero 1917 lo comunicó con estas palabras: "Desde hace tiempo deseaba ofrecerles una especie de Tratadito sobre la Santa Pobreza y desde hace dos años, con la ayuda del can. Santiago Camisassa, aquí lo tienen. Es una materia sutil y compleja. Fundándonos en grandes teólogos como santo Tomás, Suárez, san Alfonso y otros, hemos recogido lo que es verdad, pesando cada palabra, para ser exactos. Recíbanlo como la carta de su superior y, por lo tanto, de Dios. El Señor les dé luz y gracia para comprender y vivir bien el voto y la virtud de la pobreza, del que depende el espíritu y la fecundidad del Instituto". En estas páginas se reproducen el espíritu y la substancia de este tratado, aun cuando no sea citado.
[2] La teología ascética, en tiempos de José Allamano, ilustraba la virtud de la castidad perfecta por el Reino desde el punto de vista moral. Él, que había sido formado con este enfoque no muy de ascuerdo con el Reino, se centraba menos en la teología de la castidad, que conocía muy bien y proponía, desarrollando más bien los compromisos para custodiarla.
[3] José Allamano aquí cita el artículo 37 de las Constituciones de los Misioneros (1909) y el artículo 45 de las Constituciones de las Misioneras (1913).
[4] José Allamano asumió la "Carta sobre la obediencia" que san Ignacio de Loyola había dirigido a la comunidad de los Jesuitas, proponiendo a los Misioneros y a las Misioneras de la Consolata su contenido y espíritu como característica propia. La renovación que se dio en la Iglesia sobre el ejercicio de esta virtud, junto al diálogo, incluye también la actitud de disponibilidad total a la obediencia, que Allamano llama "perfección de la obediencia" o " obediencia ciega". Conservamos su terminología, aun cuando ya no se use demasiado, para poder expresar mejor la profundidad de su pensamiento.