Nota al título [1]
Jesús víctima
146. Celebración del Sacrificio Eucarístico. En la Eucaristía Jesús es víctima, alimento y amigo. La misa, la comunión y la visita al Santísimo Sacramento: ¡estos son nuestros tres amores! Me gustaría que meditaran más sobre este misterio de amor. Sí, ¡la Eucaristía es un misterio de fe y de amor!
En la celebración de la santa misa Jesús es víctima por nosotros y por nuestros pecados (cf. 1 Jn 2,2). Todos los días y en muchos momentos de la jornada él se entrega por nosotros. En la santa misa no sólo se representa sino que se renueva el mismo sacrificio de la cruz. Es la misma víctima, la misma finalidad. Pero es diferente el modo en el que se realiza la oblación: sobre el calvario la víctima fue ofrecida en modo cruento; en la misa, en cambio, en modo incruento. ¡Qué bello es pensar que, cada vez que celebramos o participamos de la Eucaristía, estamos justamente allí, en el calvario, a los pies de la cruz, con la Virgen y san Juan! Siguiendo las palabras de Jesús: "Hagan esto en memoria mía" (Lc 22,19), santo Tomás define la celebración eucarística como el memorial de la Pasión del Señor. También lo afirma san Pablo: "Siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que Él vuelva" (1 Cor 11,26). El mismo martirio no es nada en comparación con la misa, porque el martirio es el sacrificio que el hombre hace a Dios de su propia vida, mientras que en la celebración eucarística es el Hijo de Dios el que sacrifica su propio cuerpo y su propia sangre por el hombre.
La Eucaristía se celebra para rendir a Dios el honor que le es debido; para pedir perdón por las ofensas que le hemos hecho; para agradecerle por todos los beneficios que nos ha dado y para obtener las gracias que necesitamos.
147. El tiempo más hermoso de nuestra vida. ¿Ven qué importante es la misa? Y nosotros, ¿ la valoramos? ¿Nos alegramos por poder celebrarla o poder participar de la misma? La misa es el tiempo más bello de nuestra vida; una sola bastaría para hacer feliz a quien llegue a celebrarla. Aunque tuviéramos que prepararnos durante quince o veinte años para celebrar una misa, ¡qué felices seríamos! ¡Eso ya sería una gran consolación! ¡Qué felicidad siento al celebrar la Eucaristía! Y cuando, como en Navidad, celebramos tres en un día, ¡qué placer! Una sirve para prepararse a la siguiente; ¡es una alegría! ¡Ah, si comprendiéramos lo que significa una Eucaristía más!
Recuerden que el sacerdote, celebrando la Eucaristía, debe ofrecerse a sí mismo como oblación pura y santa, con todas las fuerzas y con el máximo fervor. Por lo tanto, cada vez que participamos de la misa, pensemos en la ofrenda que Jesús hace de sí mismo al Padre y pidámosle la gracia de sacrificarnos con él en todo. ¡Es por esto que les repito siempre que deben ser holocaustos! ¡Sí, sean holocaustos!
Cada vez que el sacerdote celebra o participa de la misa, para él debe ser una acción tan grande, tan nueva y tan feliz, como si en ese mismo día el Señor Jesucristo, descendiendo en el seno de la Virgen, se hiciera hombre. Prepárense para celebrar bien la Eucaristía conservando la santidad, viviendo las virtudes y con un gran espíritu de fe. Celébrenla pensando en lo que dicen y hacen. Si cada cosa es hecha seriamente, ¡con mucha más razón la celebración de la misa! Siempre digo a los sacerdotes jóvenes: deben celebrarla todos los días, salvo que tengan que decirla a las apuradas. He sacado muchos pensamientos del opúsculo de san Alfonso "La misa maltratada" y los reduje a treinta breves meditaciones, una para cada día del mes. Leo una todas las mañanas y me doy cuenta de que me ayuda a prepararla. Luego, en la misa, es necesario que agradezcamos convenientemente.
Después de tantos años de sacerdocio, estoy contento; no tengo ningún remordimiento por haber celebrado mal la Eucaristía; y esto no lo digo por soberbia. Las ceremonias siempre las he celebrado bien. Y esto me consuela. Tengo tantas miserias, pero la Misa siempre traté de celebrarla bien. En las genuflexiones, a pesar de la edad, trato de tocar el piso.
Lo que dijimos del sacerdote que celebra, también se pue-de decir de los que participan de la santa misa. Esta es la devoción de las devociones. Admiremos y tratemos de comprender el gran misterio que celebramos en ella. San Alfonso dice: "Muchos hacen largos viajes, van a visitar este o aquel santuario; para mí, el santuario de los santuarios ¡es el sagrario!". Él hablaba de la visita al Santísimo Sacramento; pero lo mismo y con más razón podemos afirmar de la celebración eucarística. La santa misa incluye todas las oraciones privadas, porque no somos nosotros los que rezamos, sino Jesús el que intercede por nosotros.
¿Cómo debemos participar de la misa? Ante todo reavivando la fe: tener una fe viva, una caridad ardiente, como si estuviéramos en el monte Calvario. Luego, recordando que es la renovación real del sacrificio de la cruz; pidiendo la gracia de que la participación a la misma rinda frutos en nosotros; dejando hablar al corazón para que alabe al Señor, porque quien tiene sentimientos no necesita de las palabras; confiando en su misericordia; ofreciéndonos a él; agradeciéndole por todos sus beneficios. Cada vez que participamos de la misa, pensemos en la ofrenda que Jesús hace de sí mismo al Padre y pidámosle la gracia de sacrificarnos con él en todo. Sintamos el deseo de participar de la misa.
Algo excelente es también tener la intención de participar espiritualmente de todas las celebraciones eucarísticas del mundo. "Desde la salida del sol hasta su ocaso, mi Nombre es grande entre las naciones y en todo lugar se presenta a mi Nombre un sacrificio de incienso y una ofrenda pura; porque mi Nombre es grande entre las naciones, dice el Señor de los ejércitos" (Mal 1,11). ¡A cuántas misas podemos participar espiritualmente!
Jesús, pan vivo
148. Vengan, coman mi pan. Jesús es alimento en el Santísimo Sacramento: "Yo soy el pan de Vida" (Jn 6,48). Este es el fin principal de su permanencia en medio de nosotros. Él nos repite: "Vengan, coman mi pan" (Prov 9,5), que es el pan de vida. Cuando ustedes comulguen, den gracias al Señor, porque pueden participar íntimamente de su sacrificio.
Quiero hacerles observar el inmenso amor que Jesús tiene por nosotros. El alimento se convierte en la sustancia de quien lo come, y Jesús dijo: "El que me come vivirá por mí" (Jn 6,57). Nos ha demostrado su amor dándose totalmente a nosotros. Y nosotros, ¿cómo respondemos a tanto amor? Dándonos a él sin medida, con amor. Santa Teresa dice que "basta una comunión bien hecha para santificar un alma". ¿Por qué nosotros, después de tantas comuniones aún no somos santos y arrastramos siempre los mismos defectos? Sí, debilidades tendremos siempre; pero al menos ofrezcamos a Jesús un deseo sincero de corregirnos y algún esfuerzo concreto. Por otra parte, no dejar la comunión sólo por estas debilidades o porque se cometió algún pecado menor. No es necesario ser santos para poder acercarse a la comunión; acerquémonos a ella para santificarnos.
149. ¡Aquí estoy, porque me has llamado! No hay que hacer la comunión por costumbre, ni por condicionamientos humanos, sino para responder al deseo de Dios y para crecer en la gracia. Esto es lo que debemos llevar a cada comunión: una recta intención, buena voluntad y fervor. Si uno va a sacar agua con un vaso, sólo llena un vaso; si va con un balde, llena un balde. Lo mismo sucede con la comunión. Comprometámonos a vencer nuestros defectos más frecuentes. Hace tiempo en los seminarios ni siquiera se conservaba el Santísimo Sacramento y la comunión se hacía sólo los domingos. También en mi época la comunión no era cotidiana. Si fuera por mí, me gustaría que la hicieran hasta dos veces al día, si estuviera permitido… Cuando en el "Padrenuestro" piden el "pan cotidiano", pidan hacer bien la comunión.
Para obtener frutos abundantes de la comunión eucarística, además del estado de gracia, es necesario estar libres de pecados veniales y hacer una buena preparación junto a una oportuna acción de gracias. Apropiémonos de las expresiones del profeta: "¡Si rasgaras el cielo y descendieras!". Imitemos a Aman que, invitado a almorzar a lo del rey Asuero, repetía lleno de alegría: "¡Mañana seré invitado a lo del rey!" (Est 5,12). Estaba feliz por poder almorzar con el rey; nosotros debemos estar más felices por poder sentarnos en este banquete divino en el que el Señor nos hace realmente partícipes de sí mismo, ¡se convierte en nuestro alimento! Imaginemos que Jesús nos diga como a Zaqueo: "Baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa" (Lc 19,5). El Señor desea venir a nosotros y también nosotros debemos desearlo. Con Samuel digámosle: "Aquí estoy, porque me has llamado" (1 Sam 3,6). Nuestra vida debería ser eucarística. Nuestra mente y nuestro corazón deberían estar permanentemente ocupados en el Santísimo Sacramento: no sólo antes y después de la comunión y en las visitas a Jesús Sacramentado, sino también durante el día, en el estudio y en el trabajo.
Recibimos a Jesús en cuerpo, sangre, alma y divinidad, vivo como está vivo en el cielo. Acerquémonos a él con humildad, examinemos nuestro corazón, humillémonos por nuestras debilidades y expresémosle nuestros deseos. El Señor sólo nos pide amor; tampoco puede desearlo quien no lo ama. Hablémosle como a un amigo, digámosle lo que sentimos en el corazón. Mientras miramos la Hostia consagrada, imaginemos que nuestro Señor nos dice: ¡Soy realmente yo, Jesús! Por lo tanto, adorémoslo y agradezcámosle por tantos beneficios, por la vocación, por haber correspondido tan poco; démonos totalmente a él: corazón, voluntad, etc.; pidámosle gracias temporales y espirituales para nosotros y para los demás, y ofrezcámosle actos de reparación y de consolación. Entonces, nuestras comuniones serán fervorosas; viviremos de Jesús toda la vida; todo lo dirigiremos a él. Enriquezcámonos de este espíritu de fe espiritualizándonos. ¡Felices nosotros si viviremos unidos a Jesús sacramentado! Él será nuestra felicidad en la tierra y nuestro premio en el cielo.
Jesús es el Dios con nosotros
150. Como amigo. Jesús está en el Santísimo Sacramento como amigo, por lo tanto tratémoslo como tal. Él nos quiere mucho y nosotros lo queremos mucho a él. Comprendan bien este misterio de amor para nosotros: cada vez que vamos a visitarlo, como amigo nos acoge con afecto, es más, con un encendido deseo. Respondamos a tanta bondad yendo con gusto, aun por breves instantes, permaneciendo en su presencia con fe y amor, sintiéndonos felices por esa familiaridad. Sí, tener fe; pensar que está presente allí, hacer bien las genuflexiones, evitar lo que nos distrae. Al irnos del templo, permanecer en comunión espiritual con él. ¡Entre amigos hay que mantenerse unidos! Felices ustedes si permanecerán siempre unidos a Jesús Sacramentado. Él los formará a todas las virtudes y encenderá en ustedes ese fuego que vino a traer sobre la tierra y que, por nuestro intermedio, quiere que se encienda. ¡Felices ustedes si en las misiones estarán llenos de este amor! Entonces Jesús será su sostén, su consuelo, su todo.
Nuestro Instituto debe formar misioneros y misioneras enamorados de Jesús Sacramentado. ¡Sí, vivan enamorados de Jesús Sacramentado! Que esta sea nuestra devoción principal. Cuando está él, no falta más nada; a sus pies todo tiene una explicación, todo se arregla. Jesús Sacramentado es el centro alrededor del cual giramos continuamente. Es el centro del que parten todas las gracias para el Instituto. Es Jesús desde el sagrario quien sostiene esta casa y todas las comunidades en las misiones.
151. Gozar de su presencia. Hagamos con fe y devoción la visita al Santísimo Sacramento. Permanezcamos con gusto en su presencia. También en las misiones sigan visitando a Jesús en las capillas y hacia él dirijan día y noche el pensamiento y el corazón, como a un punto central. ¡Cuánto gozo al ver que Dios, por nuestro intermedio, va multiplicando los santos sagrarios! ¡Y cuántos más surgirán con el tiempo! Son fogones de amor para nosotros y de misericordia para la gente. ¡Qué suerte tener ya tantos en las misiones! Creo, es más, estoy seguro de que deben atraer muchas gracias sobre esas tierras.
Sólo nuestro Señor sabe dar el verdadero consuelo, para que se lo busque en él o al menos también en él, que es la fuente de toda consolación. Podemos confiarle lo que sea, que él siempre nos escuchará, nos consolará en nuestras penas y ayudará a soportarlas. Estas visitas a Jesús Sacramentado mantienen viva la vida de fe. Quiero que se vinculen con Jesús Sacramentado, de tal manera que no puedan más vivir sin él. Y cuando llega la hora de la visita, estén contentos, listos; no lamenten el tener que dejar sus otras ocupaciones.
Si el Señor nos hiciera la gracia de la adoración cotidiana, día y noche, como los Sacramentinos, deberíamos estar contentos. ¡Si nosotros también pudiéramos tener la adoración perpetua! No son pocos los Institutos que la tienen. Al menos la quiero desde el momento de mi muerte hasta el de mi sepultura. Recuérdenlo también cuando estén en las misiones. Más tiempo pasamos ante Jesús Sacramentado, más deseamos permanecer junto a él. Nunca nos aburrimos cuando hablamos con él. Al hacer la visita, hablemos un poco con él, pero después dejemos que él nos hable. Estén ante él como si estuvieran ante un amigo. Si serán devotos de Jesús Sacramentado, sin dudas serán misioneros y misioneras santos.
152. "Apropiarnos" del Señor. Cuando no puedan hacer la visita a Jesús Sacramentado, piensen que él está presente en alguna iglesia, y para él no cuentan las distancias. Esto no es algo imaginario. ¡Qué hermoso es recorrer espiritualmente las iglesias: son tantas! A lo largo del día, multipliquen el deseo de estar con Jesús Sacramentado, como tantos rayos que parten de él y vuelven a él. Un pensamiento dirigido a Jesús siempre ayuda. Eso es todo: ¡saber vivir prácticamente de la fe! Quisiera que todos fueran muy devotos de Jesús Sacramentado; quisiera que sus ojos miraran tan fijamente el sagrario, que fueran tan penetrantes, al punto de poder ver a Jesús en él. No es imposible… ¡se necesita la fe!
¡Deseo tanto que se compenetren de nuestro Señor!... El que ama al Señor, nunca se cansa, tampoco se siente solo… ¡"Apropiarnos" del Señor! Quiero que amen mucho a Jesús Sacramentado con un amor que dure no sólo cuando estamos en el templo, sino siempre y en todas partes. Me gusta tanto cuando, sobre la puerta del sagrario, veo representado un pelicán. ¡Vivamos unidos a Jesús Sacramentado y gocemos de poder nutrirnos de su sangre!
Estoy muy contento de que mi habitación esté en dirección al Santísimo Sacramento; me da tanto placer. ¡Él tiene buena vista! Así, también desde la cama se extiende un hilo no sólo eléctrico, ¡sino también "telefónico"! Y esto ayuda mucho, especialmente cuando tenemos algún problema.
153. Especialmente en las misiones. Estar día y noche frente a Jesús Sacramentado, ¿es tiempo perdido? Si un misionero o una misionera creen que pueden llevar a cabo su ministerio con muchos viajes y trabajando en exceso, se equivocan. No, no, ¡hay que ser sacramentinos! Los quiero sacramentinos, es decir hijos e hijas afectuosos de Jesús Sacramentado. Este título debería poder aplicarse a todos los cristianos, especialmente a los religiosos y los sacerdotes, y más aún a los misioneros y misioneras. Ustedes, si bien son de vida activa, pueden y deben ser sacramentinos y mantener el recogimiento en la clausura de sus corazones.
Lo mismo deben hacer en las misiones cuando tengan que afrontar días difíciles y sufrimientos, los llevarán a los pies de Jesús, le dirigirán tantas flechas de amor; y así, unidos a él, podrán hacer mucho bien a los demás. Que sean tantos sacramentinos: este es el propósito que les doy y que deseo pongan en práctica. ¡Sacramentinos, no sólo Consolatinos! No basta con trabajar, también hay que rezar, reparar. Apóyense siempre en la presencia permanente de Jesús Sacramentado en ustedes y en el santo sagrario. Especialmente en las misiones, que Jesús Sacramentado sea para ustedes consejero, consuelo, ayuda. Cuando exista alguna miseria, inclusive algún pecado, recurran al Santísimo Sacramento.
La consolación más hermosa que podrán tener en las misiones es la visita a Jesús Sacramentado. Cuando estarán allí, no dejen nunca de hacerla, ningún día del año. Debemos ser sacramentinos aquí y en las misiones. Por lo tanto, sean muy devotos de Jesús Sacramentado; si tienen esta devoción, entonces lo tienen todo. Lo comprobarán en las misiones. Quiero que ésta sea la devoción del Instituto.
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[1] Sobre la Eucaristía José Allamano seguía la típica espiritualidad de su tiempo, centrada en la "presencia real" de Jesús, enriquecida por una carga afectiva, que se manifestaba en algunas actitudes y expresiones suyas. La renovación conciliar ha puesto en evidencia la unidad de la Eucaristía, que comprende al mismo tiempo e inseparablemente la celebración de la misa, la comunión y la presencia real. En particular, con respecto a la Misa el Concilio mismo resalta también la Palabra de Dios proclamada y la comunidad reunida alrededor del altar. José Allamano no ignoraba todos estos elementos, pero normalmente los presentaba en otros contextos.
En estas páginas reportamos su espiritualidad sobre la Eucaristía, pero con algún retoque en el lenguaje. Por ejemplo, en vez de "decir" o "asistir", se usan "celebrar" o "participar de" la santa misa; y esto también porque José Allamano, más allá de la terminología, estaba convencido de que en la celebración era necesaria una participación activa.