Cooperadora de Jesús
154. Reina de los misioneros y las misioneras. Creo que faltaría a mi deber y a mi especial afecto a la Santísima Virgen, si no aprovechara de todas las ocasiones propicias para hablar de ella. La Virgen es la Reina de los misioneros y las misioneras. Es una gracia poder hablar de esto; en cierto modo estamos colaborando con el cumplimiento de su profecía: "Todas las generaciones me llamarán feliz" (Lc 1,48). En efecto, no hay ningún pueblo o aldea donde no haya una iglesia, un altar o un monumento con la imagen de la Virgen. La piedad mariana está basada en el Evangelio. ¿Hay alguien que la haya amado y honrado más que Jesús? En las bodas de Caná, en respuesta a su pedido, hizo el primer milagro. La Iglesia pone en labios de la Santísima Virgen las palabras de la Sagrada Escritura: "El que me encuentra ha encontrado la vida y ha obtenido el favor del Señor" (Prov 8,35). La piedad mariana es una necesidad. Si no tienen devoción a la Virgen, y no sólo devoción, sino una tierna devoción, ¡no podrán ser santos!
155. A Jesús por María. El deso de la Virgen es cooperar para que la sangre de su Hijo no haya sido derramada en vano. Corredentora con nuestro Señor, Ella también ha llevado el peso de nuestros pecados. Todo lo que hiere a Jesús, la hiere y disgusta a María. Ella quiso dar su nombre a nuestro Instituto para que colaboremos en la salvación de la mayor cantidad de almas posible. Si uno quiere salvarse sin pasar por María, se equivoca. No se puede llegar a Jesús si no es por medio de ella: ¡a Jesús por María!
La piedad mariana es un signo de predestinación. Sí, porque la Virgen no desea otra cosa que la salvación de las almas. A veces nos preguntamos sorprendidos: ¿Cómo es posible que tal persona, después de tantos años de vida desordenada, se haya convertido y haya muerto reconciliada con Dios?". La explicación la encontramos siempre en el mismo lugar: un poco de devoción a la Virgen. Conocí a alguien que desde hacía más de cuarenta años había dejado todas las prácticas religiosas, conservando sólo la pía devoción de rezar tres Avemarías todos los días. La Virgen le concedió la gracia de tener una buena muerte. Con esto no quiero decir que basten tres Avemarías mientras se sigue pecando; quiero decir que la Virgen, por un pequeño gesto de amor, incluso después de treinta o cuarenta años, induce a la persona al arrepentimiento.
La piedad mariana no sólo es garantía de predestinación, sino también de santificación. Quien quiera alcanzar la santidad sin la Virgen, es como quien pretende volar sin alas. Más recurrimos a ella para obtener gracias y santidad, más le causamos placer a nuestro Señor. Todos los santos fueron devotos de María. La homilía más bella de san Jerónimo es la que le dedicó a la Virgen. Nunca me habría imaginado que un santo como él, más bien rústico, hubiera podido ser tan tierno al hablar de ella. San Bernardo dice que la Virgen es fuente y canal. Es fuente de gracia, basta ir a buscarla; y es canal, porque todas las gracias pasan por ella. Lo que Dios puede por omnipotencia, la Virgen lo puede con la oración. La Virgen es omnipotente por gracia. En Dios y con Dios lo puede todo. Es tesorera y dispensadora de todas las gracias. Según los santos, Ella es la omnipotencia suplicante.
156. La devoción a María nunca es excesiva. Con su ternura materna la Virgen entra en las intenciones de su Hijo. Sabe cuánto le hemos costado, conoce exactamente la voluntad de Dios que quiere que todas las personas se salven. No teman ser demasiado devotos de la Virgen, de honrarla demasiado. Más la amamos, más recurrimos a ella y más placer le provocamos a Jesús. Todos los títulos honoríficos son adecuados para María y la piedad cristiana le atribuyó todas las funciones propias de una Madre piadosa y misericordiosa. Por lo tanto, también es honrada e invocada como protectora de las santas almas del purgatorio. Verdaderamente, la Santísima Virgen es Reina, Madre y Consoladora también de esas almas. Por lo tanto, recuérdenlo: si no seremos devotos de la Virgen, nunca haremos nada, ni por nosotros, ni por los demás.
Ante todo consideremos a María nuestra verdadera Madre, a ejemplo de san José Cafasso, que decía: "Acuérdense que tienen en María una segunda Madre, que los ama más que la primera, sin por ello ocupar su lugar". A una madre se le tiene confianza, se la ama. Encendamos en nosotros el amor filial a la Virgen, deseemos sentirlo cada vez más intenso en nosotros y digámosle con afecto: "¡Madre mía!". ¿Cómo no sentir cariño por la mamá? Y si se lo siente por la madre terrena, ¿por qué no por la del cielo?
Para avanzar en el camino hacia la santidad, según las enseñanzas de san Luis María Grignon de Monfort, hagámonos "esclavos" de María, como san Francisco Javier que se hacía esclavo de Jesús. A nosotros nos gusta más ser hijos; de todos modos, somos esclavos voluntarios. Esta esclavitud consiste en una donación total de nosotros mismos a María. Como consecuencia práctica, hagamos todo con la Virgen, todo por la Virgen y recibamos todo de ella. San José Cafasso decía que había que tener a María como "socia" en todo. "Cuando vayan a predicar —agregaba— lleven con ustedes a la Virgen. Vayan a predicar juntos y díganle: "yo pondré la voz, pero predicarás tú". Él decía que la Virgen era su "socia". En realidad yo quería sacar la palabra "socia", pero la dijo él... Hacer todo con María quiere decir tomarla como nuestro modelo en todas las acciones: ¿cómo lo haría ella? Démonos por entero a María, en cuerpo y alma, para que disponga de nosotros como mejor le plazca y nos ayude a ser santos.
Hijos e hijas de la Consolata
157. La pupila de sus ojos. La Virgen, bajo todas sus advocaciones, es una sola; pero ustedes séanle devotos, especialmente bajo el título de "Consolata". De hecho, la Santísima Virgen, bajo este título, no es acaso nuestra Madre y no somos nosotros sus hijos e hijas? Sí, nuestra Madre muy tierna, que nos ama como la pupila de sus ojos, que pensó en nuestro Instituto, lo sostuvo en todos estos años material y espiritualmente, y siempre está lista para responder a nuestras necesidades. La verdadera fundadora es María Santísima.
No hay dudas de que todo lo que se hizo es obra de la Santísima Consolata. Ella hizo por este Instituto milagros cotidianos; hizo hablar a las piedras, llover dinero. En los momentos dolorosos, la Virgen intervino siempre de forma extraordinaria. He visto mucho, mucho... Y si ustedes estuvieran atentos, verían y comprenderían que el buen espíritu que hay en la comunidad, el mismo deseo de hacerse buenos, todo, todo es gracia de la Santísima Consolata. Por no hablar de las gracias que nos ha concedido a lo largo del año, incluso de orden temporal, como el pan cotidiano. Sí, hasta esto le encargo a la Virgen. Nunca he perdido ni el sueño ni el apetito por los gastos enormes del Instituto y de las misiones. Digo a la Santísima Consolata: "¡Ocúpate tú! ¡Si haces buena figura, eres tú!".
158. Especialmente nuestra. La Consolata es especialmente nuestra y tenemos que estar felices de tenerla como Protectora, estar santamente orgullosos de que nuestro Instituto se llame "de la Consolata". Somos un milagro viviente de las gracias de la Virgen. Tratemos de merecer cada día más el hermoso título que nos ha dado. Somos Consolatinos. Debemos sentirnos afortunados por llevar el nombre de la Virgen. Cuando ustedes van por la calle, la gente no dice: "Son los misioneros o las misioneras", sino: "Son los Misioneros o las Misioneras de la Consolata". No pueden nombrarlos sin nombrarla a ella. Todos nos consideran los hijos menores de María y confían tanto en nuestras oraciones.
Lo repito: debemos estar santamente orgullosos de pertenecer a la Virgen bajo este título que muchos nos envidian. ¡Y cuántos nos quieren por llamarnos "Misioneros o Misioneras de la Consolata"! El nombre que llevan debe animarlos a convertirse en lo que deben ser. Es casi un error decirle a María las palabras de san Bernardo: "Muéstrate como Madre". ¡Evidentemente no necesita que se lo recordemos! Más bien, ella podría decirnos a nosotros: "¡Muéstrate como Hijo!". Somos hijos e hijas predilectos de la Consolata, pero en lo concreto, ¿vivimos como tales? El amor filial es tierno por naturaleza; necesitamos recurrir a lo largo del día a Ella, exactamente como a una madre. Quien no tiene un poco de sentimiento y de amor particular a la Santísima Consolata, no tiene corazón, ¡y nosotros debemos tenerlo!
159. Novena y fiesta de la Consolata. Cuando comienza la novena en preparación a la fiesta de la Consolata, les haría una ofensa recordarles que deben hacerla bien. ¡Basta saber que nos acercamos a festejar a nuestra querida Madre para que esté todo dicho! Para nosotros, hijos e hijas predilectos de la Consolata, ¿es importante esta fiesta? ¡Es todo! No, no quiero decirles que deben prepararse; estoy seguro de que todos están bien dispuestos para hacer bien la novena y celebrar con entusiasmo la fiesta. ¡El corazón nos dice lo que hay que hacer por una madre! Por lo tanto, pongamos empeño para rendirle honor. Pidamos tantas gracias para nosotros y para el Instituto: en primer lugar que, creciendo numéricamente, se crezca también en gracia para responder adecuadamente. Por lo tanto, que el fruto de esta fiesta sea tratar de complacer cada vez más a la Virgen y ofrecerle los mejores dones que corresponden a sus hijos e hijas. Si celebramos con intensidad de amor todas las fiestas de la Virgen, con cuánta más razón ésta que es "nuestra" fiesta, es decir nos pertenece de modo particular.
160. Oración de José Allamano a la Consolata: "Te agradezco, María, por ser desde hace ya 35 años el custodio de tu santuario... ¿Qué he hecho en estos 35 años?... Si otro hubiese estado en mi lugar, ¿qué habría hecho?... No importa. Si no lo hubiera hecho bien, no me habrías dejado tantos años. ¡Este es un signo claro de predilección!... Si hice algo mal, ocúpate tú, arréglalo tú y listo; acepta todo como si lo hubiera hecho perfectamente. No quiero complicaciones, toma las cosas tal como son; si me has dejado aquí significa que debes estar contenta!". Y me pareció que la Virgen sonreía.
Misterios marianos
161. Inmaculada Concepción. La Inmaculada Concepción de María es un misterio lleno de alegría. Es una fiesta que llega al corazón. ¡Las fiestas de la Virgen son una más hermosa que las otras! Recuerdo las celebraciones grandiosas que se realizaron en 1854, cuando fue proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción, cuando yo todavía era un niño. Más tarde, como director espiritual en el seminario, exhortaba a celebrar bien la novena y la fiesta. Pasaron tantos años y, por voluntad de Dios, me encuentro de nuevo haciendo la misma exhortación. Debemos estar contentos de que nuestra Madre sea Inmaculada desde su concepción. Un hijo se alegra por las virtudes de su madre. Por lo tanto, alegrémonos con María: "Toda bella eres María y la mancha original no existe en ti". Dios la preservó del pecado original, previendo los méritos de nuestro Señor Jesucristo. La Virgen no tenía la inclinación al mal y no podía pecar. Desde el primer instante fue colmada de Espíritu Santo, llena de gracia por encima de todas las criaturas.
"El Señor la fundó sobre las altas montañas" (Sal 86,1). Los Padres, comentando este salmo, lo aplican a la Virgen. La Iglesia, en este misterio, festeja todos los privilegios y dones que ella recibió: "¡Toda bella eres María!"; "¡Llena de gracia!". Cuando pronunciemos estas palabras, pensemos que no fueron sólo para la Virgen, sino también para nosotros: "¡Vengan a mí los que me desean, y sáciense de mis productos!" (Ecli 24,18). Por lo tanto, acudamos a María con confianza y siempre. El Señor la ha convertido en depósito de la gracia.
El verdadero amor a la Virgen no consiste en el sentimiento, sino en la voluntad, dispuesta a poner en práctica lo que concierne al servicio de Dios y al honor de la Santísima Virgen. La ternura es un agregado no necesario. Tenemos que rezar a la Inmaculada e imitarla, sobre todo en la pureza de nuestras intenciones. Nosotros somos los hijos predilectos de María y un día deberemos ser como los brillantes de su corona. Pero los brillantes deben ser purificados; por eso también nosotros debemos purificarnos y dejarnos modelar así como son trabajadas y modeladas las piedras preciosas.
162. Presentación de María en el templo. La fiesta de la Presentación de María Santísima en el templo siempre fue celebrada en Oriente, donde la devoción a la Virgen fue siempre muy rica, promovida e impulsada por tantos santos Padres, como Juan Damasceno, Juan Crisóstomo, etc. También en Occidente la Santísima Virgen era venerada bajo este misterio, pero privadamente. Fue el Papa Sixto V quien la prescribió para toda la Iglesia. Es una fiesta muy querida que me gusta tanto y que hemos propuesto al Noviciado como fiesta propia. En efecto, María Santísima, en este misterio, es un modelo para la formación religiosa, sacerdotal y misionera. Es un modelo de vida escondida, de obediencia, de laboriosidad y de caridad. Con el ejercicio de estas virtudes la Virgen se preparó para la alta dignidad de Madre de Dios. Ustedes deben hacer lo mismo como preparación para la misión.
Tengan en cuenta cómo la ofrenda que María hizo de sí misma al Señor en el misterio de su presentación al templo, ha sido rápida, total, irrevocable. Ante todo rápida. En las pinturas María es representada en el momento en que sube las escalinatas del templo; parece ir corriendo, para llegar enseguida. Respondió inmediatamente al llamado de Dios, que ama las primicias: quien da enseguida, da dos veces. ¿Y nosotros? ¿Estamos dispuestos, rápidos y alegres para el llamado del Señor? Al menos estemos preparados para responder ahora. La ofrenda de María, además, fue total, sin reservas. Se dio por entero, con todas las fuerzas, para ser siempre y totalmente consagrada a Dios. Ella permaneció en el templo con la plena voluntad de no rechazar nada de lo que venía del Señor. ¿Y nosotros? ¿Le hemos dado todo al Señor: mente, corazón, alma? Si, después de tantas gracias, tantas luces, somos siempre los mismos, es porque no nos damos al Señor en todo y para todo. No hay que excluir nada. Por último, María se ofreció en modo irrevocable. ¿Y nosotros? También nuestra entrega debe ser irrevocable; seguir avanzando, sin detenerse. No es tan malo caerse sino no levantarse. Volvamos a empezar siempre sin cansarnos nunca. El Señor es generoso con nosotros, pero quiere que también nosotros seamos generosos con Él, que hagamos nuestra parte. Por lo tanto, pidamos esta gracia a la Virgen: que nuestra respuesta sea rápida, total, irrevocable.
163. La Anunciación a María. La Navidad es una gran solemnidad, pero la verdadera fiesta de la Encarnación del Verbo es la Anunciación a María Santísima. Saludada como "llena de gracia", se le dijo que el Señor estaba con ella y que debía convertirse en la Madre de Jesús. Inclinándose ante la voluntad de Dios, se proclamó la Sierva del Señor. ¿Qué debemos hacer para vivir este misterio? En particular: participar fervorosamente de la celebración eucarística, en la que se proclaman esas bellas palabras: "Y el Verbo se hizo carne"; rezar bien el Avemaría, que recuerda este misterio de la Anunciación; agradecer a la Santísima Trinidad por este don de los dones, que es la Divina Encarnación; ofrecer los pequeños sacrificios de la vida y congratularnos con la Virgen por haber sido elegida para ser la Madre del Verbo Encarnado.
164. La Visitación a Santa Isabel. La Iglesia celebra el misterio de la Visitación de María a Isabel. Durante los tres meses transcurridos con ella, María vivió una vida extremadamente ordinaria, pero no de forma ordinaria. Hacía como las mujeres cuando van a ayudar a las vecinas en circunstancias similares, es decir dando una mano en todos los servicios de la casa. Ustedes también deben santificarse del mismo modo y hacer todas las cosas bien y sólo por amor a Dios. ¡Qué difícil es que hagamos todo con recta intención! Lo importante no es hacer mucho, sino hacerlo todo bien.
Este misterio nos enseña que María Santísima es el canal de todas las gracias. En efecto, fue al sentir su voz en el saludo a santa Isabel que Juan Bautista exhultó en el seno de la madre y fue santificado. Proclamada por Isabel "bendita entre las mujeres", dio gloria y honor a Dios con el cántico del Magníficat. El p. Henri Didon escribe: "El Magníficat sobrepasa cualquier capacidad humana; es el más espléndido grito de alegría que haya podido surgir de un corazón humano. María no piensa en su propia bajeza y se exalta únicamente en Dios. Predice su gloria, pero en eso ve sólo el triunfo de Dios".
El Magníficat contiene palabras de la Sagrada Escritura. Tiene diez versos y se divide en tres partes. En la primera, María exalta los beneficios concedidos por Dios sólo a ella, especialmente la Divina Maternidad: "Mi alma canta la grandeza del Señor, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora...". El Señor miró su pequeñez, la nada de su servidora, la exaltó, hizo cosas maravillosas en ella, de forma tal que todas las generaciones, llenas de admiración, ¡la llamarán feliz! En la segunda parte, María exalta los beneficios otorgados por Dios a la humanidad a lo largo de la historia: "Su misericordia se extiende de generación en generación...", primero al pueblo elegido, luego a los paganos y a todos los que temen al Señor. "El Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas, desplegando la fuerza de su brazo...". ¿Qué obras? Humillar a los soberbios y elevar a los humildes; saciar a todos aquellos que tienen hambre de justicia y de verdad. "Colmó de bienes a los hambrientos...": significa que el Señor siempre está listo para colmar de bienes a aquellos que lo desean. En la tercera parte, María vuelve al beneficio soberano de la redención iniciada en ella misma al concebir a Jesús, y extendida a todas las generaciones futuras, "como había prometido a Abraham": que en él todas las generaciones habrían sido bendecidas, porque de su estirpe habría nacido el Redentor. Tratemos de meditar con frecuencia el Magníficat, rezándolo o cantándolo con el espíritu y el entusiasmo con que la Virgen lo proclamó, identificándonos con sus mismos sentimientos.
165. La Dolorosa. El 20 de septiembre, día de mi primera misa, celebré la liturgia de Nuestra Señora de los Dolores. Debemos serle devotos. El culto a los dolores de María Santísima es uno de los más amados por ella y eficaces para nosotros. Meditemos seguido cuánto le hemos costado a la Virgen, porque ella estuvo íntimamente vinculada a la pasión de nuestro Señor; todos los dolores de él se proyectaron sobre el corazón de la Madre. Ya desde que fue elegida para ser la Madre del Redentor, Dios le preanunció, con la profecía de Simeón, el martirio incruento que iba a tener que soportar. Toda la vida de María Santísima, como la del Señor, fue cruz y martirio. Sólo un corazón delicado es capaz de compadecer a la Madre en sus grandes dolores. La Madre no puede no apreciar un homenaje de ese tipo, y no sólo ella, sino también el Hijo. Este es un deber de todos los cristianos, pero especialmente nuestro que, como hijos e hijas de la Consolata, tenemos el deber especial de consolar a nuestra madre, hacer que realmente sea "Consolata". No por nada llevamos este título.
San Alfonso dice que María Santísima fue la Reina de los mártires, porque su martirio fue más largo y doloroso que el de todos los mártires juntos. San Bernardo explica que María Santísima fue mártir en el espíritu. Todo lo sufrió por nosotros y nuestra salvación. Meditando los dolores de la Virgen que cada uno diga: "¡Ha sufrido por mí!". No sólo debemos cultivar esta devoción por amor y agradecimiento hacia nuestra Madre, sino también por nuestro provecho. San José Cafasso dice que es útil durante la vida y cuando estamos cercanos a la muerte. Como cristianos, y más aún como misioneros y misioneras, todos debemos sufrir. ¿Quién nos sostendrá? La mejor ayuda la recibiremos de María Santísima. Ella nos ayudará en todos los sacrificios que encontraremos y también a arrepentirnos de nuestros pecados con una ayuda especial, especialmente si estamos cercanos a la muerte.
Durante el rezo del rosario, cuando mediten los misterios dolorosos, cuando piensen en nuestro Señor sufriente, piensen también en los sufrimientos de la Virgen. Ella lo acompañó en este camino de dolor desde el Getsemaní hasta el Calvario. El culto a la Dolorosa rompe la dureza de nuestros corazones y nos permite gustar de la oración. ¡Honremos y consolemos a la Dolorosa, nosotros que somos hijos e hijas de la Consolata!
166. Asunción. Esta es la fiesta más solemne que la Iglesia, desde los primeros siglos, celebra en honor a María. San Ambrosio escribe: "Como María Santísima es la Madre de Jesús, que es la cabeza de la Iglesia, en cierto modo ella es la Madre de la Iglesia".
En esta fiesta conmemoramos el Tránsito de la Beata Virgen y su gloriosa Asunción al cielo en cuerpo y alma. San Juan escribe en el Apocalipsis que ha visto en el cielo una Mujer vestida de sol, con la luna bajo los pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas (cf Apoc 12,1). Esta mujer es símbolo, sobre todo, de la Iglesia y las doce estrellas representan a los Apóstoles. Los santos Padres ven en esta Mujer resplandeciente como el sol, a María Santísima. Ella resplandece en el cielo como el sol, que es Jesús, porque está a su derecha: "Una hija de reyes está de pie a tu derecha: es la reina, adornada con tus joyas y con oro de Ofir" (Sal 44,10). El mejor modo de celebrar la fiesta de la Asunción es imitar a la Virgen en el modo en que se preparó, durante esta vida, para recibir en el paraíso la gloria de la que ahora goza. A imitación suya, hagamos permanentes gestos de desapego de la tierra y de las cosas terrenales, y tratemos de vivir cada día como si fuera el último de nuestra vida. ¡Qué afortunados seríamos si pudiéramos morir, como María, de amor a Dios!
En la Liturgia de las Horas la Iglesia nos hace cantar esta bella antífona: "Ave Reina del Cielo". ¡Cantémosla y recémosla frecuentemente con afecto y alegría, gozando de que nuestra querida Madre sea elevada tan alto, hasta ser coronada como Reina del Cielo! Por lo tanto, ¡ánimo! ¡Ojos y corazón en dirección al paraíso! ¡Y no sólo hoy, sino siempre!
Oraciones a María
167. Avemaría. La oración más excelente a la Santísima Virgen ciertamente es el Avemaría. ¿Cómo nació esta plegaria? El arcángel Gabriel, por encargo de Dios, dijo: "¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!" (Lc 1,28). Santa Isabel, inspirada en el Espíritu Santo, pronunció las palabras: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!" (Lc 1,42). La Iglesia, inspirada también ella por el Espíritu Santo, agregó las otras palabras.
¡Cuántas veces se reza el Avemaría! En el Angelus, tres veces al día; cincuenta veces en el rosario. Por lo tanto, ¡cuántas veces lo rezamos en un día, en un mes, en un año! ¡Cuántos Avemarías a lo largo de toda una vida! San Alfonso explica que, con este saludo, en cierto modo le volvemos a hacer sentir a María la alegría de la Anunciación. Recémosla siempre bien, identificándonos con los sentimientos del Ángel, de santa Isabel y de la Iglesia. Cada vez que rezamos el Avemaría deberíamos hacerlo con tanto entusiasmo que se nos debería salir el corazón por la boca. Si lo gustáramos, si lo recitáramos con amor en vez de decirlo a las apuradas, podríamos meditar cada una de sus palabras.
168. Salve Regina. Después del Avemaría, la oración más bella y útil es el Salve Regina. San Alfonso la llama una "devotísima oración en la que se encuentran descritas la misericordia y la potencia de la Santísima Virgen". Esta oración se compone de tres partes. La primera, "¡Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve!", es como un proemio en el que nos dirigimos a Ma-ría Santísima con cinco títulos honoríficos. La Virgen es Reina y es Madre. Es "Reina", ¡y cuántas veces en las letanías la invocamos con este título! Es "Madre" de misericordia que nos ha sido dada por nuestro Señor. Los otros tres títulos los comparte con Jesús, que es nuestra verdadera "vida", "dulzura" y "esperanza". La segunda parte es una súplica. Pidamos a la Virgen que nos ayude en este "valle de lágrimas", que sea nuestra abogada ante su Hijo, para que obtengamos las gracias que necesitamos aquí en la tierra, ¡para así un día poder ver y gozar del fruto bendito de su vientre: Jesús! Después viene la tercera parte, que es la imploración final, la cual, se dice, tuvo origen en este hecho: en una iglesia se cantaba el Salve Regina y, al finalizar, san Bernardo, que estaba presente, gritó: "¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!". Los santos estaban enamorados de esta oración, así como del Avemaría.
169. Rosario. Tantas veces han oído hablar de la excelencia del santo rosario: tanto en sí mismo como por la estima que le tuvieron los sumos pontífices y los santos, así como por las numerosas gracias espirituales y temporales que nos concede a nosotros y a los demás para la vida temporal y la vida eterna. El rosario es una oración vocal y mental. Como oración vocal, hace parte de la misma, ante todo, el Padrenuestro. San Agustín dice que es una oración breve, pero en la que no ha sido excluida ninguna gracia. El padre José Bruno [1] solía repetir la afirmación, atribuida a Tertuliano, que el Padrenuestro, con sus siete pedidos, es como un compendio del Evangelio. Del Avemaría ya hemos hablado. Estas dos oraciones contienen lo mejor para rezarle al Señor y a la Virgen.
Además, el rosario es una oración mental. Es la mejor meditación sobre la vida del Señor y de María, meditación que vuelve suave su rezo. No es necesario meditar todo el tiempo cada misterio, pero si podemos, mejor. Ni siquiera es necesario aferrarse a los misterios determinados para tal o cual día. En el rezo privado uno puede hacer lo que más le guste. Por ejemplo, durante la Cuaresma puedo rezar y meditar cada día los misterios dolorosos. Cuando se medita, dice san Agustín, debemos dejarnos llevar por el corazón. Si lo rezamos de esta manera, el rosario sacia el corazón y el espíritu, haciéndonos sentir un nuevo impulso hacia esta santa oración.
Algunos objetan: "¡Se repite siempre la misma oración!". El amor, dijo Lacordaire, cuenta con una sola palabra; más se la repite, más es dulce y siempre nueva. Cuando uno quiere a su mamá, no necesita de muchas palabras para decírselo. ¿Se puede uno cansar de repetir: Ave María? Podríamos estar en éxtasis durante todo el día con sólo meditar estas palabras: ¡Ave María! Es aburrido repetirla para quien no ama a la Virgen, para quien no tiene espíritu. Si la primera vez la dije con fervor, la segunda la diré con entusiasmo. Amen y estimen esta práctica; no la sientan como un peso. Grábenla en sus corazones e inclúyanla entre sus propósitos.
170. Mes de María. Como hijos e hijas de la Consolata, vivamos bien el mes dedicado a María Santísima. Si todos deberían ser afectuosos con María, con más razón los misioneros y las misioneras. Por lo tanto, tratemos de santificar este mes honrándola y creciendo cada vez más en el amor hacia ella. Sobre todo recen bien, lo mejor que puedan y unan a la Virgen con el Señor todo el día. El Reina del Cielo o el Angelus, el rosario y las otras invocaciones en honor de la Virgen, rezarlas con corazón sincero y entusiasmo. Quisiera que la Virgen estuviera realmente contenta de ustedes.
Hacer sacrificios en honor de María está bien, pero vale más la imitación de sus virtudes. Por lo tanto, tratemos de vivir este mes -mes de gracias particulares- esforzándonos por crecer en la virtud que la Virgen nos sugiera. Oraciones, homenajes, actos de virtud: esto es todo lo que debemos hacer en este mes para honrar a María. Mientras tanto, pidamos al Señor un amor constante, fuerte, confiado en Ella, como hacia una madre. ¡Qué bella y plena es la vida cuando se es devoto de María! Quiero que para ustedes sea "mes de María" todo el año, porque deben estar como enamorados de la Virgen. Ella sigue haciéndonos ver que ama a nuestro Instituto. ¡La he puesto como patrona y protectora para que se ocupe ella! Por todas partes tenemos la imagen de la Consolata: saludémosla de corazón.
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[1] P. Bruno José (1826-1907), de los padres felipinos, celante párroco de la iglesia de san Eusebio, más conocida como San Felipe, en Turín. Además que del can. Soldati, José Allamano recibió del p. Bruno el característico amor a las sagradas ceremonias, incluso las más pequeñas. Cf. La biografía anónima Chi era il P. Bruno (Quién era el P. Bruno), Turín 1908. José Allamano cita con frecuencia su texto Conferenze al Clero (Conferencias al Clero), Turín 1909, pp.347.