Examen de conciencia
183. Conscientes de lo que somos. Todos los santos y maestros del espíritu han alabado el examen de conciencia, definiéndolo como uno de los medios más eficaces para superar los defectos y obtener frutos de conversión y de santificación. Ese gran maestro espiritual que fue san Ignacio, en cierto mo-do lo estimaba más que la oración vocal y la misma meditación, diciendo que el Señor en la meditación nos hace ver lo que debemos hacer, pero es el examen de conciencia el que nos permite saber si lo hacemos. A sus primeros discípulos, entre los medios de santificación, después de los sacramentos, aconsejaba el examen de conciencia. Dubois, excelente director espiritual, dice: "Cada sacerdote —y yo agrego: cada misionero y cada misionera— que hace bien su examen de conciencia cada día, seguramente será santo. El que, en cambio, lo descuida, cometerá siempre las mismas faltas, y nunca las corregirá".
Con respecto al modo de hacer el examen de conciencia, les propongo el de san Ignacio: poniéndose en presencia de Dios, renovar la fe y agradecer por los bienes recibidos; pedir luz para conocernos a nosotros mismos hasta el fondo del corazón, hasta la raíz: que nos haga conocer no sólo nuestros pecados y defectos, sino también sus causas; examinarnos sobre nuestros pensamientos, palabras, obras y omisiones; encender en nosotros el dolor por las faltas cometidas; hacer propósitos prácticos.
Si después de haber prometido no caer, caemos de nuevo, no debemos desanimarnos, sino recomenzar una y otra vez. El Señor bendice nuestros esfuerzos. Amen el examen de conciencia, no sólo ahora, sino durante toda la vida, incluso en las misiones. Pongan en práctica estas cosas y también ustedes darán grandes pasos en el camino de la santidad.
Lecturas espirituales
184. Un rocío fecundo para nuestra vida. Cuando hablamos de lecturas espirituales nos referimos a las lecturas que se hacen sobre un libro de ascética u otros parecidos, con el fin de formarnos al espíritu sacerdotal, religioso y misionero. San Jerónimo aconseja a Nepociano: "No descuides el ejercicio de la lectura cotidiana". San Francisco de Sales agrega que las lecturas espirituales son el aceite de la lámpara de la oración.
Las lecturas espirituales pueden favorecer la conversión de las personas. San Ignacio, por ejemplo, fue convertido por una lectura espiritual. Lo mismo le sucedió a san Agustín. Las oraciones y las lágrimas de su madre aún no habían logrado alejarlo de la vida mundana y de los errores; tampoco las conferencias de san Ambrosio lograban convencerlo. Él mismo afirma que las pasiones dominaban su corazón. Así pasó años dudando, hasta que un día tuvo ante sus ojos aquella frase de san Pablo: "Como en pleno día, procedamos dignamente: basta de excesos en la comida y en la bebida, basta de lujuria y libertinaje, no más peleas ni envidias. Por el contrario, revístanse del Señor Jesucristo, y no se preocupen por satisfacer los deseos de la carne" (Rom 13,13-14). Esto bastó para que cambiara de vida. Ante esa simple lectura, todas sus dudas se disiparon.
San Jerónimo explica que, en la oración, somos nosotros los que le hablamos a Dios, en la lectura espiritual, en cambio, es Dios quien nos habla a nosotros. Ante cualquier lectura se puede decir: "¡Habla, porque tu servidor escucha!" (1Sam 3,10). Tratemos de que lo que leemos penetre en nuestros corazones. No conformémonos con leer para aprender, sino para alimentar el espíritu. Cualquier lectura debe ser recibida con un buen espíritu y con sencillez; ¡entonces sí que es como un rocío fecundo para nuestra vida! Aprendamos a sacar provecho de todo. Somos como un guardarropa, donde se amontonan telas sobre tela. De esta manera, en las misiones nos daremos cuenta de que tendremos un depósito lleno de tantas cosas buenas y útiles. Es necesario que, después de cada lectura espiritual, uno se quede con algún buen sentimiento, alguna reflexión, para gustarla más tarde.
La Imitación de Cristo es un libro que me ha acompañado durante toda la vida. He regalado tantas copias, pero la mía la he conservado conmigo y me ha servido. En el seminario había hecho un compendio de la misma; cada mañana leía algún punto, que luego rumiaba a lo largo del día. Es imposible leer la Imitación sin sentirse tocado por sus palabras. Contiene expresiones que reconfortan el corazón, como por ejemplo: "¡Hijo, que de ninguna manera te derriben las fatigas que has emprendido por mí!"; "Que todo nuestro empeño sea meditar la vida de nuestro Señor Jesucristo".
Sacramento de la Reconciliación
185. Amor a la Confesión. San Juan afirma que "la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado" (1Jn 1,7); por lo tanto, también de nuestros pecados cotidianos, "porque todos faltamos de muchas maneras" (Sant 3,2). Agradezcamos al Señor que nos ha dado este gran beneficio de la Confesión y sepamos servirnos de la misma para nuestra santificación. Este sacramento nos confirma en el bien y en la pureza de consciencia. El padre Bruno dice que la Reconciliación es el gran medio para adquirir una pureza de vida cada vez mayor. También san Agustín afirma: "Si quieres salud, belleza y santidad, ama la Confesión". San Juan Bosco afirma que en ninguna otra práctica se ejercen tantas virtudes como en este sacramento: la fe, la esperanza, la caridad, la humildad, etc. El que se confiesa con frecuencia está más preparado para recibir la gracia del Señor.
186. Con espíritu de fe. Confesarse bien. Esto es importante. La primera condición para confesarse bien es la de acercarse con espíritu de fe, ver a Jesús en cualquier confesor. Hay que reavivar la fe, pensando que nos confesamos con nuestro Señor y que él nos dice: "Yo te absuelvo".
La segunda condición es hacer bien el examen de consciencia. Sin dejarse llevar por los escrúpulos, ni confesando las virtudes o los pecados de los demás, sino los pecados verdaderos, advertidos, voluntarios, incluso los pequeños. Que nuestro examen sea sobre todas nuestras acciones, palabras, pensamientos, y no sólo sobre las dos o tres cosas de siempre.
187. Ir a las raíces. Examinémonos, además, sobre la causa de los pecados que confesamos. Por ejemplo: he faltado a la caridad. Está bien, pero vayamos más allá. ¿Por qué lo hiciste? Porque tienes un poco de envidia de esa persona. Por lo tanto, no confesemos sólo los actos externos contra la caridad, sino también la causa interna que es la envidia: falté a la caridad por envidia. Se trata de buscar las raíces de nuestros pecados.
¿Cómo es posible que, después de tantas confesiones, de tantos propósitos, estamos siempre en el mismo punto, cometemos las mismas caídas, seguimos con los mismos defectos? Porque nunca fuimos a la raíz de los mismos; nos conformamos con examinarnos superficialmente, sin penetrar hasta el fondo de nuestra alma y así descubrir el porqué de esas permanentes faltas contra la caridad, de esos actos de orgullo. ¡Abajo, abajo ese muro que no nos deja ver bien las raíces más profundas de nuestras pasiones! Por lo tanto, exámenes límpidos y confesiones sinceras.
Además debemos sentir dolor por haber pecado. Es aquí donde más fácilmente fallamos. Como normalmente nos confesamos por pequeñeces, vamos a confesarnos sin dolor. No es necesario sentirlo, sino desear tenerlo. Sin embargo, no debemos volver siempre sobre las culpas cometidas. Cuando un pecado es perdonado, no piensen más en él, para que el Señor no tenga que decirnos: ¿hasta cuándo seguirás sufriendo? (cf. Sal 4,3). Estemos atentos y apreciemos oportunamente este sacramento. Es una santa práctica y no debemos sentirlo como un peso.
Retiros espirituales
188. Ejercicios espirituales. Nuestro Señor solía retirarse a un lugar apartado para rezar y pedía a los apóstoles que lo acompañaran: "Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco" (Mc 6,31). La misma propuesta les hace a ustedes para que dejen todas las demás ocupaciones y se retiren en soledad para los ejercicios espirituales. Los ejercicios son una gracia muy grande, son realmente días muy fecundos. Son días de paz en los que debemos ser agradecidos al Señor.
Preparémonos con la oración, pidiendo con frecuencia que el Espíritu Santo venga en nuestra ayuda, para que no recibamos en vano la gracia de Dios. Para hacer bien los ejercicios es necesaria una preparación remota. Dispongan el espíritu, la mente y el corazón, antes de entrar en la gran oración de los ejercicios espirituales, para aprovechar las gracias que el Señor tiene preparadas para ustedes. Además prepárense con generosidad diciendo: "Quiero que estos ejercicios sean los mejores de toda mi vida". Por lo tanto, predispónganse desde ahora a no poner obstáculos a la gracia.
¿Qué harán durante estos días? Rezar más, rezar con placer, rezar bien: esto es lo primero. Después están las meditaciones y los tiempos dedicados a las reflexiones. Las palabras del predicador ayudan, pero son ustedes los que deben ir hasta el fondo de sus corazones. ¡Si pudiéramos abrirlo, si pudiéramos sondearlo hasta sus fibras más íntimas! Pero para lograrlo es necesario el silencio. Sin embargo, no basta el silencio externo de palabras y miradas; también es necesario el silencio interno: estar recogidos. Reflexionen sobre lo que han oído, medítenlo, rúmienlo. En fin, estén unidos a Dios y hablen con él. Sólo Dios y mi alma. El tiempo de los ejercicios es un tiempo muy valioso y no hay que desperdiciarlo en lo más mínimo. No sólo debemos hablarle nosotros a Dios, sino dejar que también él nos hable. Decirle con Samuel: "Habla, Señor, que tu siervo escucha" (1Sam 3,9); y luego, escucharlo. Es necesario estar dispuestos a hacer lo que el Señor quiere de nosotros.
Examinen bien si siguen los ejemplos del Señor Jesús en quien encontramos todas las virtudes, para imitarlo. Si todos deben ser imitadores de Jesús, con más razón los misioneros y misioneras. Sobre todo estén atentos a los defectos más frecuentes; en general son aquellos a los que prestamos menos atención.
Por último están los propósitos, que deben ser prácticos, sobre el defecto preponderante, o sobre la virtud que más nos hace falta desarrollar. San Santiago dice que la Palabra de Dios no sólo debe ser escuchada, sino también puesta en práctica. No basta con escribir los propósitos sobre un papel: "Pongan en práctica la Palabra y no se contenten sólo con oírla, de manera que se engañen a ustedes mismos" (Sant 1,22); entonces los propósitos serán una gracia de Dios y les proporcionarán bendiciones. Cuando respondemos a los dones de Dios, estos se multiplican; y con frecuencia basta una buena decisión. Todos los santos eran como nosotros; sintieron la voz del Señor, se entregaron a él, le respondieron afirmativamente. ¡Ustedes deben hacer lo mismo!
189. Retiro mensual. En el retiro mensual nos ocupamos "de lo único que es necesario" (cf. Lc 10,42), para despertarnos, renovar los propósitos de los ejercicios espirituales y volver al fervor primitivo. Pero hay que hacerlo bien. ¿De qué manera? El retiro mensual es, ante todo, un día de silencio. Sin embargo estén atentos para que no sea un silencio mudo, sino locuaz con Dios. Silencio y recogimiento. Que todo lo que hagamos en este día sea como una oración.
Lo más importante es el examen sobre el defecto preponderante y, particularmente, sobre el progreso en la virtud particular que nos comprometimos a hacer crecer en nosotros. ¡Felices las comunidades y feliz nuestro instituto si se realiza bien el retiro mensual! ¡Es una santa práctica que nuestro Instituto nunca perderá! De ella me espero mucho bien para nosotros y para nuestro apostolado.