Palabra de Dios

171. El corazón de Dios en su Palabra. En el libro de los Macabeos se lee que Areios, rey de los Espartanos, le escribió a Jonatán para renovar la antigua alianza con el pueblo judío, ofreciendo en su ayuda sus propias tierras y sus propias armas. Jonatán, que era sumo sacerdote, le dio esta hermosa respuesta: "No tenemos necesidad de esas cosas, porque encontramos el consuelo en los Libros santos que están en nuestras manos" (1 Mac 12,9). Para consolarlos en medio de tantas tribulaciones bastaba la Sagrada Escritura. Lo mismo repetía san Pablo a los Romanos: "Ahora bien, todo lo que ha sido escrito en el pasado, lo ha sido para nuestra instrucción, a fin de que, por la constancia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza" (Rom 15,4). Con esto quería decir que la lectura de la Sagrada Escritura fortifica nuestra esperanza y nos consuela en las tribulaciones de la vida.

Los santos consideran a la Sagrada Escritura depósito de todo sostén. Los primeros Padres de la Iglesia, Jerónimo, Agustín, Ambrosio, etc. no tenían libros de teología. La Sagrada Escritura era su libro. San Jerónimo llega a afirmar que nuestra vida vale muy poco si ignoramos a la Sagrada Escritura. "En ella —dice san Gregorio Magno— debemos reconocer el corazón de Dios". Y san Agustín: "No hay enfermedad del alma que no encuentre remedio en la Sagrada Escritura". San Carlos Borromeo, interrogado sobre el motivo por el que no iba nunca a pasear al jardín, respondió que su jardín era la Sagrada Escritura. Los Santos encontraban en ella una fuente de consolación y de vida. La Palabra de Dios penetra como una espada en el alma y se ocupa de todas nuestras necesidades.

172. Palabra de Dios útil, viva y cálida. Muy excelente en sí misma, la Sagrada Escritura es de suma utilidad para nosotros y para nuestro ministerio. Lo expresa muy bien san Pablo a Timoteo: "Toda la Escritura está inspirada por Dios, y es útil para enseñar y para argüir, para corregir y para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para hacer siempre el bien" (2 Tim 3,16). ¡Vean qué importante es la Sagrada Escritura para nosotros y para los demás! Allí está todo; es Palabra de Dios, palabra viva y cálida. San Jerónimo escribía: "Que la Sagrada Biblia no caiga nunca de nuestras manos, que el sueño nos sorprenda siempre con el libro entre las manos".

Leer la Sagrada Escritura enciende en nuestros corazones el amor a Dios. Señor, tus palabras son fuego y, si son fuego, calientan. Miren los discípulos de Emaús: han acompañado al Señor sin reconocerlo. Luego, cuando se dieron cuenta de que era él, exclamaron: "¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" (Lc 24,32). ¡Las palabras de nuestro Señor son fuego!

Benedicto XV, en ocasión del 15º centenario de la muerte de san Jerónimo, en 1920, escribió la Encíclica Spiritus Paraclitus en la que, entre otras cosas, confirma que toda la Sagrada Escritura debe considerarse inspirada por Dios, y recomienda su estudio para la piedad y la predicación. Unos años antes, también el Papa León XIII había promulgado la Encíclica Providentissimus Deus para animar al estudio de la Sagrada Escritura, definiendo su inspiración divina. Recordemos, entonces, que toda la Escritura es "Palabra de Dios" y, por lo tanto, apreciémosla y estudiémosla como tal. Nuestra biblioteca es una de las más ricas en Sagrada Escritura. También en las misiones tendrán una pequeña biblioteca.

173. Leer y examinar las Escrituras. ¿Cómo acercarnos a las Escrituras? ¿Cómo usarlas? Ante todo, leerlas y, después, examinarlas atentamente: "Ustedes examinan las Escrituras [...]; ellas dan testimonio de mí" (Jn 5,39). Por lo tanto, no las lean sólo superficialmente; tomen, por ejemplo, pocos versículos y deténganse sobre ellos. San Agustín afirma que las palabras de Dios tienen una profundidad maravillosa. Son como un pozo profundo, que exige esfuerzo para sacar el agua, pero ese esfuerzo es dulce y consolador. Se equivocan los que creen que basta tener en la mano las Sagradas Escrituras para entenderlo todo. Dios se revela sólo a los simples, mientras se esconde a los soberbios. Hay que estudiar la Sagrada Escritura con humildad, sencillez y según las enseñanzas de la Iglesia. La Imitación dice: "Quien quiere comprender bien y gustar las palabras de nuestro Señor Jesucristo debe esforzarse en asimilar su propia vida a la vida de Él". Se podrán y deberán usar los criterios de interpretación, pero tomados de fuentes sanas.

Otras disposiciones para leer bien la Sagrada Escritura son la pureza de vida y, después, la oración: rezar mientras se lee, pidiendo al Señor que nos ilumine. Además, gran respeto, como san Carlos Borromeo, que la leía con la cabeza descubierta y de rodillas. Por último, leerla con ese espíritu con el que fue escrita. Si tenemos estas disposiciones, la Sagrada Escritura nos hará bien.

174. Nuestro libro. La Sagrada Escritura perfecciona a aquellos que la estudian y los prepara para cumplir cualquier obra buena; concede todas las gracias, todas las virtudes, todos los medios para santificarse. Es un verdadero tesoro, un depósito de medicinas en el que podemos encontrar todo aquello que necesitamos. En él se encuentra el remedio para todo; se encuentra todo lo que puede ser útil para nosotros y los demás. ¿Ven?, cuando uno tiene algún problema o está preocupado por el futuro, que lea un texto de la Sagrada Escritura y encontrará el consuelo.

Les digo todo esto para que sigan leyendo atentamente la Sagrada Escritura, para que aprendan a amarla. Es nuestro libro. Quien lee la Biblia se llena de buen espíritu. No sólo conocer el libro inspirado, sino también gustarlo, convertirlo en un alimento vital. San Agustín decía que si se trataba de interpretar a la Sagrada Escritura para nuestro bien espiritual, que nos sintiéramos libres, ya que todas las aplicaciones están bien. Sucede como para las inspiraciones; no es necesario que provengan de lo que se ha leído; con tal de que nos hagan bien, podemos seguirlas.

¡Ah, la Escritura! ¡Más la leemos, más se estudia y más uno la ama y la disfruta! En el Instituto la Sagrada Escritura siempre tuvo el primer lugar, y siempre será así. Este es el primer estudio, el más importante que forma parte de todos los cursos teológicos, y que se debe seguir estudiando. En las misiones deberá ser su lectura cotidiana y su consuelo. En los momentos difíciles estudien la Sagrada Escritura. Habría que estudiarla toda y meditarla. Esta es una escuela que no termina más. Amémosla mucho, especialmente los Evangelios y las Cartas de san Pablo. ¡Quiero que amen la Sagrada Escritura!

Oración

175. Recen siempre sin desanimarse. Hay que vivir de la vida interior. Que cada una de nuestras acciones, espiritual o material, empiece en Dios y termine también en Él. Este es el espíritu que debe acompañarnos cada día y todos los días; sólo así nuestra vida será toda del Señor. Ciertamente la primera, la más excelente y potente oración es la Santa Misa. Hacia ella, como hacia un centro, confluyen todas las otras oraciones. Santo Tomás dice que la oración eleva la mente, el corazón, toda el alma a la presencia de Dios. ¿Es necesario rezar? El Señor recomienda la oración: hay que "orar siempre, sin desanimarse" (Lc 18,1); "Estén prevenidos y oren" (Mt 26,41). San Pablo exhorta: "Oren sin cesar" (1 Tes 5,17). Además, el Señor nos da el ejemplo: "En esos días, Jesús se retiró a una montaña a orar, y pasó toda la noche en oración con Dios" (Lc 6,12); "En medio de la angustia, él oraba más intensamente" (Lc 22,44). Así hicieron los apóstoles: "De esa manera, podremos dedicarnos a la oración" (Hch 6,4).

Rezar es necesario para vivir bien. San Agustín afirma que quien aprende a rezar bien, aprende a vivir bien. De san Martín de Tours se dice que su vida era una oración permanente: tenía los ojos y las manos siempre elevados al cielo. Quien reza, responde a la vocación y es fiel a la misma. La perseverancia en la vocación es una gran gracia de Dios, que no se obtiene sino rezando mucho y bien. Por experiencia, puedo afirmar que todos los que rezan conservan la vocación. En tiempos de mons. Gastaldi algunos se lamentaban de que hiciera rezar demasiado a los seminaristas, considerando que, tal vez, fuera mejor dedicar más tiempo al estudio. Pero él no se rindió. Luego nos decía: "Me dicen, queridos seminaristas, que los hago rezar demasiado. ¡No, no, (y aquí se encendía en el gesto y en la voz) los hago rezar demasiado poco!" Lo mismo les digo yo a ustedes: nunca se reza lo suficiente.

San Agustín recomendó a sus hijos la piedad, es decir el espíritu de oración. Parecería más adecuado que un doctor de la Iglesia, el más excelente filósofo y teólogo que haya existido, recomendara a los discípulos el estudio para adquirir mucha ciencia. En cambio no, les recomendó la piedad. Los santos saben apreciar la devoción y la prefieren a todo, sabiendo bien que "la piedad es útil en todas las cosas". Si hay piedad, hay unión con Dios y todo lo demás viene por añadidura, porque el Señor nos da las gracias que necesitamos, cuando rezamos bien. Antes de morir dijo estas palabras: caridad y piedad. Y saben que esas palabras dichas en ese momento son sagradas, son el testamento.

176. Cuanto más trabajo tengan, más deberán rezar. La oración es especialmente necesaria para los sacerdotes, los misioneros y las misioneras. San José Cafasso decía que el sacerdote debe ser un hombre de oración; que la oración (usaba un término un poco material, pero expresivo) es su oficio. Si un sacerdote no reza demasiado, no es un verdadero sacerdote. ¿Qué decir del misionero o de la misionera? ¿Qué pueden hacer quienes no conocen ni siquiera el medio que los ayuda a estar unidos a Dios? ¿Cómo podemos hacer el bien si no estamos unidos a él? Se hace más en un cuarto de hora después de haber rezado, que en dos horas sin oración. Nuestras palabras no valen nada sin la gracia de Dios. Nuestro primer deber – ¡recuérdenlo siempre! – no es matarse trabajando, sino rezar.

Además, san José Cafasso decía: "¡Me dan pena los sacerdotes que tienen demasiado trabajo!". La afirmación "quien trabaja, reza", tomada así a la ligera, no es correcta. Quien trabaja por obediencia y necesidad, refiriendo el trabajo a Dios, reza. Pero eso no quita que deba rezar de verdad, aun quitándole un poco de tiempo a las obras de apostolado. Recuerden la expresión de san Bernardo: debemos ser no sólo canales, sino caracoles. Los canales dejan pasar toda el agua, sin retener nada para sí; los caracoles, en cambio, primero se llenan ellos y luego dejan pasar lo que sobra a los demás.

Oigan a san Pablo: "Yo planté y Apolo regó, pero el que ha hecho crecer es Dios. Ni el que planta ni el que riega valen algo, sino Dios, que hace crecer" (1 Cor 3,6-7). No somos nosotros los que hacemos, es nuestro Señor; si él no bendice, todo es inútil. Da pena sentir decir: "¡No puedo rezar porque tengo que predicar tanto!". Sí, tú predicas, ¡pero estás gritándole al viento! Pregúntenle a san José Cafasso si omitió alguna vez el breviario, el rosario, la meditación ¡sólo porque tenía mucho que hacer! Si no tenía tiempo de día, rezaba de noche. ¡Entonces sí que podía componer aquellas bellas prédicas y esas apasionadas oraciones a Jesús Sacramentado!

En fin: ¡es tan fácil confundir las cosas! Ante todo, tenemos que hacernos santos nosotros, primero rezar, después hacer el bien a los demás. ¡Amemos la oración! ¡Sí, rezar, rezar bien! No creer que el tiempo dedicado a la oración es tiempo perdido. Alguien dice: "¡en estos tiempos se necesita acción, acción!". Sí, sí, trabajar; pero hay más necesidad de la oración que de otras cosas. Necesitamos del espíritu de Dios. Lo mismo en las misiones: No crean que se va sólo a trabajar. Cuanto más trabajo tengan, más deberán rezar. Algunos, con la excusa de hacer el bien a los demás, no rezan más, ni para sí ni para los demás; aun más, se vuelven inútiles para sí y para los demás. Les digo todo esto, porque quiero que se conviertan en hombres y mujeres de oración, ¡desde la mañana hasta la noche!

177. El Señor no da piedras a cambio de panes. Recemos con la confianza de obtener lo que pedimos. Dios es omnipotente e infinitamente bueno; desea y puede darnos las gracias que necesitamos; sólo debemos pedírselas. El que sabe rezar bien, le ata las manos a Dios y lo obliga a concederle lo que pide. Ciertas personas rezan temiendo no obtener lo que piden: "¿Quién sabe si el Señor me concederá esta gracia?". Al Señor no le gusta esta fe débil. Hay que tener confianza y decir: "¡La quiero!". Tenemos que arrancarle las gracias al Señor con nuestra fe. Se necesita mucha confianza para poder ser un poco audaces, un poco "prepotentes", para pedir milagros. El Señor no se ofende por eso.

Recemos con humildad. Si nos acercamos al Señor como el fariseo y le decimos: "Mira lo que he dejado por ti, los sacrificios que he hecho, etc.", regresaremos con las manos vacías. La actitud que debemos tener al rezar debe ser la humildad: "Padre, no merezco nada, pero contando con los méritos de tu Hijo, te ruego me concedas la gracia que necesito". Los pedidos de gracias tienen que pasar primero por el arroyo que es María Santísima, después por el río que es nuestro Señor y llegar al mar que es el Padre.

Recemos con perseverancia, sin desanimarnos si Dios no responde enseguida a nuestras oraciones. Golpeemos a su puerta: si no nos abre, golpeemos más fuerte; si eso no basta, ¡rompamos la puerta! El Señor mismo nos enseña a proceder de este modo en la parábola del hombre que fue a molestar al amigo durante la noche, hasta que obtuvo el pan que deseaba (cf. Lc 11,5-9).

Generalmente, cuando para obtener alguna gracia se hace una novena a los santos, no se la recibe enseguida; pareciera que los santos no escuchen por ser la primera. Se hace una segunda novena, y el santo comienza a escuchar; se hace una tercera, y el santo se abre a nuestro pedido y nos obtiene la gracia. Pero si no recibimos la gracia solicitada, pensemos que ni siquiera un hilo, ni una palabra de nuestras oraciones han caído en el vacío. La oración no es tiempo perdido; la necesitamos para hacer el bien.

178. Rezar la liturgia de las horas. La liturgia de las horas es definida por san Benito: "obra de Dios", y por san Buenaventura: "imitación del concierto celestial". Así como en el cielo los ángeles y los beatos elevan a Dios una alabanza incesante, del mismo modo la Iglesia eleva a Dios, a través de la liturgia de las horas, una alabanza perenne. Este pensamiento está bastante bien expresado en el himno litúrgico para la fiesta de la Dedicación de las Iglesias: "En la celestial demora - siempre resuena la alabanza - y con canto incesante - viene exaltado Dios Uno y Trino. - Nosotros en la alabanza a ellos nos unimos - imitando el alma de Sión".

Al rezar la liturgia de las horas nos identificamos con los sentimientos expresados en ella. Por ejemplo, rezando los salmos, recordemos lo que dice san Agustín: "Si el salmo gime, giman; si reza, recen; si goza, gocen; si espera, esperen, si teme, teman". ¡Observen qué hermosas son las palabras de la Iglesia! Es más, estas son palabras del Espíritu Santo. Habría que disponer de días enteros para poder gustarlas adecuadamente. Recuerdo que cuando era seminarista me había propuesto leer todos los salmos durante las vacaciones. No puedo decir que lo haya llevado a cabo integralmente, pero me lo había propuesto; y así me di cuenta que siempre hay algo que aprender. Cuando uno se acerca a la ordenación, debería leer todos los salmos para comprenderlos bien.

Observemos las indicaciones de la Iglesia con respecto al tiempo para la oración de la liturgia de las horas. Tener mucho trabajo no nos debe llevar a postergarla. Rezada con tiempo, es un dulce peso. Con respecto al lugar, si es posible, récenla en el templo, que es la casa destinada a la oración. La liturgia de las horas es la oración más excelente, después de la misa. ¡Que alabar a Dios sea una de nuestras principales ocupaciones, como lo será por toda la eternidad!

179. Meditar para apasionarse. Debemos despertar en nosotros un ardoroso amor de Dios, sobretodo con la oración bien hecha y la meditación cotidiana, que es el fuego con el que se enciende el alma. Quiero que todos se convenzan de lo importante que es la meditación o la oración mental, que aprendan a hacerla bien y a tomarle gusto. Ella es necesaria para que adquieran el espíritu de piedad, crezcan en el amor de Dios y eviten el pecado. San Alfonso dejó escrito que todos los santos se santificaron con la oración mental y que, por lo tanto, ella es el camino más breve para alcanzar la santidad. Además, es necesaria para hacer el bien a los demás, como está escrito: "Feliz el hombre [...] que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche. Él es como un árbol plantado al borde de las aguas, que produce fruto a su debido tiempo, y cuyas hojas nunca se marchitan: todo lo que haga le saldrá bien" (Sal 1,2-3).

Distingamos la meditación en sentido amplio y en sentido formal. La primera puede ser hecha por cualquier persona durante todo el día. "¡Cuánto amo tu ley, todo el día la medito!" (Sal 119,97). También las personas simples pueden meditar cuando, por ejemplo, yendo al campo, empiezan a decir: "¡Señor, te agradezco por el buen tiempo que nos mandas!".

Luego, en el trabajo: "¡Señor, es por ti que hago esto!"; también dirigiendo de vez en cuando el pensamiento a Dios. Es esta la meditación de la que hablan los santos, y de la que recomiendan su necesidad. Un día vino a verme un campesino cuya hija había decidido hacerse religiosa. Le dije que iba a rezar para que el Señor lo ayudara a enfrentar ese sacrificio. Él me respondió: "Sí, rece, porque necesito de oraciones; yo no rezo porque siempre estoy distraído". Pero en pocos minutos me habló espontáneamente de tantas cosas profundas en relación a la fe y a los sentimientos que me demostró que ante cualquier cosa sabía elevar el pensamiento a Dios. Esta no es la meditación formal, pero es verdadera meditación, así como lo es también el rezar despacio, reflexionando sobre las palabras. De esta manera, se puede meditar en cada acción que se realiza, y de todo puede obtenerse un pensamiento que nos ponga en presencia de Dios.

Para los cristianos, la meditación en este sentido amplio basta. Pero nosotros nos comprometemos también a hacer meditación formal, la cual consiste prácticamente en leer un texto y reflexionarlo, con el fin de poner en movimiento la voluntad hacia afectos y decisiones concretas. Se toma el texto que nos ha impactado más y se medita haciendo actos de amor, de agradecimiento y de alabanza. La meditación es un trabajo de la mente, pero para dar calor al corazón. Repito: no basta simplemente con razonar, también son necesarios los afectos y los propósitos. Doy por descontado que uno no debe empezar a meditar si está distraído. Ante todo, tenemos que ponernos en la presencia de Dios. Por lo tanto, se lee ese texto que nos ha impactado más; pero, luego, no es necesario meditar sobre cada palabra; es mejor detenerse en un solo punto, si el corazón ha encontrado allí su alimento; después se rumia como hace el buey después de haber comido. Se termina la meditación pidiéndole al Señor que nos ayude a mantener nuestros propósitos, que deben ser pocos y prácticos.

Esta mañana, por ejemplo, medité sobre la parábola del buen grano y la cizaña. Pensé: mi corazón es como un campo; ¿en él ha sido sembrado buen grano? Debería ser así, pero, lamentablemente, la cizaña tampoco falta. Cizaña puede ser esa maldad, esa imperfección; es cizaña tardar en el cumplimiento de un acto de obediencia. ¡Señor, cuánta cizaña! Concédeme la gracia de destruirla enseguida, no quiero demorarme en extirparla. Y luego: ¿mi siembra ha perdido fuerza? ¡Si pudiera ser bella y próspera! Por eso, en este día quiero que todo lo que haga sea grano puro; por lo tanto, evitaré tal o cual circunstancia, etc. Comprometámonos seriamente en hacer bien la meditación y a no dejarla nunca; cuando le hayamos encontrado el gusto, siempre encontraremos el tiempo para hacerla. Por lo tanto, recuerden siempre las palabras de san Alfonso: debemos considerar como perdido el día en que no hayamos hecho la meditación.

180. Puntos de referencia a lo largo del día. La oración mental no basta, también es importante la oración vocal, para manifestar externamente a Dios los afectos internos. Cuando uno está lleno del amor de Dios, cuando siente tanto fervor, le es espontáneo manifestar sus propios sentimientos: esto se logra con la oración vocal. Las oraciones vocales son necesarias, así como es necesario el culto externo, que es su sostén y casi la consecuencia natural del culto interno. Cuando en el Evangelio Jesús nos dice: "Recen", no se refiere sólo a la oración mental, sino también a la oración vocal.

¿Cómo hay que rezar vocalmente? Ante todo, no es suficiente rezar sólo con los labios. El Señor, por medio de Isaías, regañaba al pueblo judío de esta manera: "Este pueblo se acerca a mí con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí" (Is 29,13). No alcanza con repetir tantos "Padrenuestros". La oración supone la atención de la mente y el afecto del corazón. Prestar atención a lo que se dice, entender y seguir su significado, hablarle a Dios de corazón a corazón.

La oración vocal puede ser comunitaria o individual. Es verdad que la oración comunitaria tiene mucha fuerza y que el Señor la escucha con gusto, como Él mismo lo prometió en el Evangelio. Por lo tanto, en la oración común comprometámonos a unir nuestra voz a la de los demás. La Iglesia quiere que recemos, entonces recemos; y no sólo individualmente, sino como comunidad, Los que están en las misiones también se unen a nosotros en esta oración, de modo tal que es el cuerpo del Instituto el que reza en unión con la Iglesia. Las oraciones comunitarias deben referirse a las individuales, las cuales es mejor que sean pocas y bien dichas.

En nuestro Instituto están prescriptas diferentes oraciones vocales comunitarias. Por eso les pregunto: ¿para qué están distribuidas a lo largo del día? Para que nos ayuden a santificarlo manteniendo vivo en nosotros el amor a Dios durante las diferentes acciones. San Pablo nos exhorta: "Todo lo que puedan decir o realizar, háganlo siempre en nombre del Señor Jesús, dando gracias por él a Dios Padre" (Col 3,17). Las oraciones vocales son los puntos de referencia esparcidos a lo largo de la jornada para hacernos entrar en nosotros mismos y mantenernos unidos a Dios. Hagamos el propósito de rezar bien las oraciones vocales, con piedad interna y externa, y sin tanto apuro. Nunca hay motivos para rezar apurados. La oración vocal, si es bien dicha y despacio, también es oración mental. 181. Espíritu de oración. Como sabemos, Jesús dice que debemos rezar siempre (cf. Lc 18,1); esto significa ser como revestidos del espíritu de oración, tal como la ropa nos reviste el cuerpo. Nosotros rezamos por la mañana, por la noche y varias veces a lo largo del día; pero estos son actos de oración, no hábitos que forman el espíritu de oración.

¿Por qué después de tantos días, meses, años realizando esos actos de piedad, estamos aún tan lejos de la perfección? Y esto no lo decimos sólo por humildad, sino partiendo de la realidad. La respuesta no puede ser sino esta: o no los hacemos bien, o no tratamos de sacar provecho de los mismos. En un campo, en una vid, no basta con sembrar o plantar bien una buena semilla, sino que, después, también hay que cuidar lo sembrado hasta el final de la cosecha. Debemos salir de todos los ejercicios de piedad como si saliéramos de un jardín donde hemos recogido un ramo de flores, para poder sentir su perfume a lo largo del día.

Además, es necesario vivir recogidos, evitando las disipaciones y permaneciendo ante la presencia de Dios. La disipación es como el viento que arrastra todas las cosas. Evidentemente, se necesita tiempo y esfuerzo para formarnos en el recogimiento; pero lo necesitamos. Luego, en las misiones, será aún más difícil, a causa de sus ocupaciones. El recogimiento es absolutamente necesario para poder sacar provecho de lo que se hace; de lo contrario, nos quedan esas especies de oasis que son las prácticas espirituales, pero fuera de ellas, todo es árido. Cuando, después, no podemos tener la mente fija en Dios, basta referir nuestras acciones a él y todo se convierte en oración. En esto consiste el espíritu de oración, que ayuda mucho a la vida interior.

Un misionero y una misionera deben ser capaces de mantener el recogimiento en cualquier lugar; saber pasar del estudio o del trabajo a la oración; permanecer unidos a Dios con una elevación permanente del corazón, o al menos frecuente; en fin, trabajar con mucho empeño y, al mismo tiempo, rezar. Si no tienen este espíritu, no serán nunca buenos misioneros y misioneras. Podrán creer que lo son, pero en realidad, no lo son. ¡Felices ustedes si tratarán siempre de avanzar en la vida interior, con el espíritu de recogimiento y oración!

182. En presencia de Dios. Lo ideal es que lleguemos a vivir continuamente en presencia de Dios, que es uno de los medios más eficaces de santificación. Ya el Señor había dicho a Abrahán: "Yo soy el Dios Todopoderoso. Camina en mi presencia y sé irreprochable" (Gén 17,1). Muchos de los patriarcas son alabados justamente por haber caminado en presencia de Dios, como Henoc, que siguió los caminos de Dios" (Gén 5,22); o Noé, hombre justo e íntegro entre sus contemporáneos que "siguió siempre los caminos de Dios" (Gén 6,9). ¡Qué elogio! ¡Siempre caminaban ante la presencia de Dios! Por lo tanto, cuando se camina en presencia de Dios, se hacen las cosas bien, con perfección.

Es realmente necesario que vivamos, que respiremos, que nos perdamos en Dios. "Mis ojos están siempre fijos en el Señor" (Sal 24,15). Me gusta mucho esta frase y tienen que recordarla. Dirijamos siempre los ojos hacia el Señor, así como los ojos de Dios están continuamente dirigidos hacia nosotros. ¡Dios me ve! Los ángeles y los beatos gozan en el paraíso, porque "están constantemente en presencia de mi Padre celestial" (Mt 18,11). Nosotros, aún sin verlo con los ojos del cuerpo, si estamos acostumbrados a estar en su presencia, gozamos del paraíso en la tierra. ¡El Señor es todo el paraíso!

Un modo de vivir en presencia de Dios es reflexionando sobre su inmensidad: "En él vivimos, nos movemos y existimos" (Hech 17,28). No podemos dar ni siquiera un paso si no es en Dios. San Ambrosio afirma que "Dios está afuera, Dios está adentro, Dios está en todas partes". Otra forma es considerar que el Señor Jesús está presente en nuestros templos. Él está en el Santísimo Sacramento con su presencia real, así como real es nuestra presencia ante él, porque la distancia no cuenta para él. Por lo tanto, hagamos que la presencia de Jesús Sacramentado sea habitual y familiar. Él me mira y yo lo miro, y nuestras miradas se encuentran en el amor. Otro modo más para vivir en presencia de Dios consiste en considerar su inhabitación en nosotros: "El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él" (Jn 14,23). San Pablo dice: "¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?" (1Cor 3,16). ¡Qué pensamiento profundo y consolador! ¡Nosotros somos verdaderamente el templo de Dios!

José Cafasso hizo imprimir muchos cartelitos, que después pegó por todas partes, con la frase: "¡Dios me ve!". Ya había hecho lo mismo Cottolengo en la Pequeña Casa de la Divina Providencia. Repitamos seguido: "¡Dios me ve!". Nunca olviden que están en presencia de Dios. Eso no dificulta para nada el ejercicio de nuestros compromisos. Uno puede dedicarse totalmente al propio deber y a Dios. Recuerden que, para vivificar las acciones cotidianas es necesario aferrarse a estos medios. Son cosas que nos impactan, cosas que causan placer. ¡Prueben y verán si no es un paraíso!