Santidad y misión del Instituto

1. "Esta es la voluntad de Dios: que ustedes sean santos"(1Tes 4,3). Dios pide santidad y la pide a todos, inclusive a los simples cristianos que pueden alcanzarla viviendo los mandamientos de Dios y de la Iglesia, practicando las virtudes cristianas y realizando las obligaciones propias del estado de vida de cada uno. Si esa es la voluntad de Dios para todos los cristianos, ¿qué podemos decir de nosotros que recibimos de Dios la más santa de las vocaciones?

Mi más grande y constante preocupación es esta: la santificación de ustedes. De hecho, no basta con haber recibido de Dios una vocación tan especial, así como no basta con gozar de sus virtudes y beneficios. Es necesario apreciarla caminando en la perfección que ella requiere. Por eso éste es nuestro ideal: llegar a ser santos, grandes santos, muy pronto santos.

Como religiosos y religiosas, ustedes tienen el deber particular de corresponder a la vocación. Con esto no quiero decir que tengan que ser perfectos ya cuando ingresan, sino que tienen el compromiso de buscar la santidad con decisión y constancia. Como sacerdotes o aspirantes al sacerdocio están llamados a ser más santos aún. San Pablo pedía que sus pastores fueran irreprensibles y un ejemplo de todas las virtudes (cf Tit 2,7). Como misioneros y misioneras se les propone el ideal de ser no sólo santos, sino santos en modo superlativo. Ustedes están aquí para esto, es su primer deber, el primer fin de su vocación, el primer instrumento de apostolado. Su santidad debe ser especial, inclusive heroica y, si fuera necesario, extraordinaria hasta el punto de hacer milagros. Para ustedes no son suficientes las otras dotes. Se necesita la santidad, una gran santidad.

2. Abrazar el fin del Instituto. El fin primario del Instituto es la santificación de sus miembros. Quien viene aquí lo hace para abrazar este fin. En las Constituciones[1] la referencia a la santificación de los miembros del Instituto no fue puesto porque sí, sino para que se convierta en realidad en la vida concreta. Las Constituciones no bajaron del cielo, pero tienen el mismo peso como si de allí provinieran. Son el fruto de la experiencia, de estudios serios sobre muchas otras reglas, de oraciones especiales, revisadas y aprobadas, además, por la autoridad de la Iglesia. Recíbanlas como de las manos de Dios. Este espíritu de fe los ayudará a apreciar cada palabra, a amarlas y a observarlas fielmente.

Si realmente quieren hacerse santos, el Instituto les ofrece los medios para lograrlo. También los propios límites y los de los demás pueden ayudarlos a alcanzar esa meta. Como afirma san Pablo: "Nosotros sabemos que todo contribuye al bien de los que aman a Dios, al bien de los que fueron llamados según sus designios" (Rom 8,28). Y ustedes están entre los que fueron llamados a la santidad, y a una santidad especial. Por lo tanto, obren de tal manera que todo, incluidos sus defectos y los de los demás, sirvan para su propio bien.

Fíjense que las Constituciones están escritas en plural: santificación de los misioneros y de las misioneras. En el Instituto todo está pensado para que cada uno de ustedes sea santo. No algunos, sino todos. De esto se deriva que cada uno deba trabajar, no sólo por la propia santidad, sino también por la de los demás. De este modo, toda la comunidad se empeña en la santidad de cada miembro y cada miembro se ocupa de la santidad de toda la comunidad. Por lo tanto, quien no se hace santo, además que a sí mismo, le hace un daño al Instituto, porque está restándole importancia al fin del mismo. Con frecuencia, algunos obran demasiado por cuenta propia, se interesan sólo de sus cosas, sin pensar en ayudar a los demás. Este no es el espíritu de familia, tan necesario en una comunidad, en cuanto ayuda a todos a santificarse a sí mismos y a los demás. Sí, cada uno de ustedes tiene que hacerse santo, pero es necesario que haya ayuda recíproca. Tenemos que desear la santidad de los demás tanto como la nuestra.

Además es necesario no dejarse arrastrar por los menos fervorosos o por consideraciones puramente humanas. No digan que no les toca a ustedes ser los primeros en el fervor, en la puntualidad, en la observación de las reglas. Que cada uno empiece por sí mismo. Si pretendo que los demás sean perfectos, es justo que trate de serlo yo también. ¿No les parece que si cada uno se propusiera esto, en poco tiempo serían todos santos? Que todos, hasta el último que llegó a la comunidad, caminen firmemente hasta alcanzar las virtudes, sin miedo de parecer raros ante los demás o de ser señalados por eso.

3. Primero santos, después misioneros. Están aquí para ser Misioneros y Misioneras de la Consolata. No pueden serlo sino viviendo y obrando según el fin del Instituto, que es la santificación de sus miembros y la evangelización de los pueblos. Es lo que permanentemente les repito: las personas se salvan con la santidad [2]. Es decir, querer que los demás sean buenos sin serlo nosotros es pretender algo imposible. Nadie puede dar lo que no tiene. Podríamos dar un sacramento aun sin ser santos, pero convertir personas no. Normalmente Dios no concede el poder de tocar los corazones de los demás a quien no está unido a él con una caridad muy grande, hasta el punto de poder pretender que haga milagros. Crean en esto: quien no arde, no incendia, quien no tiene el fuego de la caridad, no puede comunicarlo. Para dedicarse a los demás no es necesario descuidar la unión con Dios y sacrificar la propia santificación. Si alguien dijera: “! Vine para hacerme misionero y nada más!", estaría equivocado. No, no es suficiente. Es importante no invertir el orden: primero nuestra santificación, luego la conversión de los demás. Misioneros y misioneras, sí, pero santos. Que cada uno piense en el compromiso que asumió al entrar en el Instituto; que piense en la voz de Dios que lo llama a ser santo. Cada día en la santa comunión y en la visita a Jesús sacramentado renueven este propósito y díganle: quiero hacerme santo, quiero ser un gran santo, quiero ser santo muy pronto. Lo puedo, lo debo, por lo tanto, lo quiero. Entonces, primero santos, después misioneros.

4. No una santidad por capricho. La santidad a la que aspiran como Misioneros y Misioneras de la Consolata no debe ser una santidad por capricho, haciendo cada uno lo que más le gusta, sino una santidad que se traduce concretamente en el camino indicado por las Constituciones y por las directivas de los legítimos superiores.

La santidad es una sola, pero diferentes son las formas y los caminos para alcanzarla. Por ejemplo, se equivocaría quien preparándose a ser religioso-misionero quisiera seguir las reglas de los Cartujos o de los sacerdotes diocesanos. Cada instituto tiene sus características y sus propios medios de santificación.

Yo veo en la comunidad una santidad demasiado común y sin ser fortalecida por las dificultades. Me explico: ustedes son buenos, piadosos, obedientes cuando todo funciona según su voluntad, pero si se les hace una observación, algo que contrasta con sus deseos, entonces aparece la debilidad de la virtud. La santidad exige energía. "Progresarás en la medida en que te esfuerces", dice la Imitación de Cristo. Además me gustaría que la santificación de ustedes fuera una cosa seria y sólida, sin altibajos. Por lo tanto, que sea este nuestro propósito: dedicarse enseguida, con todas las fuerzas, a alcanzar la santidad, no con deseos efímeros, sino comprometiéndose concretamente en las pequeñas dificultades de cada día, tratando de superarlas. Sean fuertes y constantes en el tipo de vida santa que eligieron. No será premiado el que empezó bien, sino el que persevere hasta el final.

5. Extraordinarios en lo ordinario. La santidad que yo quisiera para ustedes no es que hagan milagros, sino que hagan todo bien. En el Evangelio leemos que, después del milagro realizado por Jesús en la curación del sordomudo, la gente asombrada exclamó: "Todo lo hizo bien" (Mc 7,37). ¿No les parece que, como consecuencia del milagro, habría debido exclamar, como en otras ocasiones: "Vimos cosas extraordinarias"? (Lc 5,26). En cambio, dijo: "! Todo lo hizo bien!" Con estas palabras la gente le hizo a Jesús el mejor de los elogios, porque afirmaron que hacía todo bien no sólo en las cosas extraordinarias, sino también en las comunes y corrientes. Estas tres palabras deberían ser escritas en las paredes de nuestras casas y el día de nuestra muerte se deberían poder escribir sobre nuestra tumba: Bene omnia fecit, todo lo hizo bien.

Ya me quedan pocos años, pero podrían ser muchos; por eso quiero vivirlos haciendo el bien, y haciéndolo bien. [3] Yo pienso, como José Cafasso, [4] que el bien hay que hacerlo bien y sin ruido. Hacer el bien con disponibilidad, con exactitud, con buena voluntad. No basta rezar el rosario, hay que rezarlo bien. Si estudiamos, estudiamos bien. Si trabajamos, trabajamos bien y lo mismo para todas las actividades del día.

Felices los misioneros y misioneras que, al arrodillarse por la noche frente a Jesús sacramentado, pueden afirmar conscientemente: ¡Hice bien todas las cosas! Contentémonos con hacernos santos en la vida cotidiana.

El Señor, que inspiró el Instituto, también inspiró las prácticas y los medios para adquirir la perfección y hacernos santos. Los santos son santos no porque hicieron milagros, sino porque hicieron bien todas las cosas. No le pidan al Señor la gracia de hacer milagros, porque es una de esas gracias que concede a quien quiere y que no son necesarias para nuestra santificación. Yo no quiero que esta sea la casa de los milagros; tenemos tantas otras cosas por hacer antes de hacer milagros. El milagro que sí quiero que hagan es el de hacer todo con perfección, desde la mañana hasta la noche. De san José Cafasso escribieron "que era extraordinario en lo ordinario". Normalmente no tenemos la ocasión de hacer cosas extraordinarias, mientras que las ordinarias se dan cada día y todo el día. A mí no me interesa si realizaron diez mil bautismos, sino si fueron excelentes misioneras y misioneros, fervientes, fieles, atentos en modo superlativo. Sí, superlativos en todo. No cosas extraordinarias, sino extraordinarios en lo ordinario. Hagámonos santos sin bombos ni platillos. ¡No es hacer muchas cosas lo que cuenta, sino el hacerlas bien! Dios está presente tanto en las cosas grandes como en las pequeñas.

6. Hacer bien el bien. ¿De qué manera se pueden hacer bien todas las cosas? San José Cafasso nos sugiere algunos medios. El primero es el de hacer todo como lo haría el Señor. Vivamos como Jesús, hagamos todo como lo haría él, de manera que sea él quien vive y obra en nosotros. Por lo tanto, preguntémonos: "Si Jesús estuviera en mi lugar, ¿qué haría? ¿Pensaría asì? ¿Hablaría así? ¿Obraría así?". Realmente me gustaría que cada uno de ustedes fuera una imagen viviente de Nuestro Señor. Todos los santos trataron de identificarse con el Señor. Otro medio es hacer cada cosa como si fuera la última de nuestra vida. Cualquier cosa que hagan, háganla de tal forma que estén en paz con su conciencia, aun cuando tuvieran que morir inmediatamente después. Por último, hacerlo todo como si no tuviéramos más nada por hacer. Age quod agis, haz bien todo lo que hagas. Poner todo nuestro empeño en lo que debemos hacer ahora, sin pensar en lo que hicimos antes o en lo que debemos hacer después.

Con frecuencia, frente a Dios me pregunto: ¿el Instituto procede bien, según Su voluntad? Todos hacen las mismas cosas, pero no de la misma manera. Podríamos decir que nuestra santificación, especialmente en comunidad, depende de la fidelidad en las pequeñas cosas. Las cosas grandes no suceden muy seguido, no les suceden a todos y, además, está el peligro de caer en soberbia. En cambio las cosas pequeñas se dan todos los días, a todas las horas, y están al alcance de la mano de todos.

Frente a Dios, pregúntense: ¿soy consciente de que se puede ofender a Dios también en las pequeñas cosas? Saben lo que es el pecado venial: una pequeña mentira voluntaria, las distracciones voluntarias en la oración, la falta de caridad fraterna y ciertas repugnancias frente a los defectos morales y físicos de las personas, las pequeñas faltas contra la pobreza y la mortificación, la falta de obediencia a los superiores, las críticas y las murmuraciones, que son la peste de las comunidades, etc. Sin embargo, no basta con evitar estos males, aun cuando sean pequeños; tenemos que ir más lejos y hacer el bien, aun cuando sea un bien pequeño. Si no adquirimos el hábito de hacer bien las cosas pequeñas, llegado el caso tampoco haremos bien las grandes. ¡Cuántas ocasiones se nos presentan a lo largo del día para multiplicar estos pequeños actos de virtud! Por lo tanto, que este sea su propósito: evitar hasta las pequeñas culpas voluntarias y poner en práctica pequeños actos de virtud. Son las pequeñas cosas hechas bien las que hacen que una comunidad sea perfecta. Que los miembros de nuestro Instituto se santifiquen siendo fieles a las pequeñas cosas. ¡Que Dios los ayude a comprender esto y los fortalezca con su gracia!

7. Evangelizar con la santidad de vida. Que el misionero y la misionera sean y parezcan santos y hablen a la gente con la santidad de su vida. Es necesario que la gente pueda ver a Dios en ellos. Jesús dice a los apóstoles: "El que me ve a mí, ve al Padre" (Jn 14,9); que ustedes, a su vez, puedan decir: quien me ve, ¡ve a Jesús! No basta el hábito religioso, tampoco las palabras para demostrar que son verdaderos misioneros y misioneras; se necesitan las obras. Estas son las que dan testimonio de lo que son ante la gente. Digamos con Jesús: "Las obras que el Padre me pidió que realizara, las que estoy llevando a cabo, dan testimonio de mí. Las obras que yo realizo, dan testimonio de mí" (Jn 5,36).

El demonio es como el "fuerte armado" que somete con las cadenas de las pasiones y de las supersticiones. Para vencerlo no basta con ser los invitados de nuestro Señor Jesucristo, sino que, además, es necesario tener el espíritu de santidad. Al misionero, a la misionera, se le pide más oración, más mortificación, más santidad, una santidad extraordinaria.

El poco fruto de la misión puede muy bien depender de nosotros, porque no somos instrumentos idóneos en las manos de Dios. No digo que sea siempre así, pero es verdad que, si fuéramos verdaderamente santos, el Señor se serviría de nosotros para obrar un bien mayor. La conversión de las personas es algo completamente sobrenatural. Cuanto más íntima sea nuestra amistad con Jesús, tanto más podremos esperar en la intervención de su gracia. Preguntémonos si, al menos en parte, no se deba atribuir a la deficiencia de esta santidad el hecho de que después de tantos siglos de apostolado una gran parte del mundo aún no sea cristiana. Convenzámonos de la necesidad de ser santos.

8. Los santos son las personas más felices. El que se entrega de verdad y totalmente al Señor goza del bienestar y la felicidad también en esta vida. Cuanto mayor sea el hambre y la sed de santidad, el hambre y la sed de Dios, más feliz se es. Los santos que tienen esta hambre y sed son las personas más felices. Su paz interior y la alegría de su corazón son tan grandes, que se reflejan exteriormente y se comunican a los demás. De san José Cafasso se dice que bastaban su presencia y unas pocas palabras suyas para devolver a las personas la alegría del espíritu. De san Vicente de Paul se decía: "¡Vicente, siempre Vicente!", es decir siempre contento, siempre fiel a sí mismo en todas las situaciones de la vida. No es que seamos indiferentes, que no sintamos, sino que el amor de Dios nos permite soportar todo alegremente. Cuando tenemos el corazón en paz, cuando sentimos que el Señor nos quiere, ¿qué podría angustiarnos? Podemos repetir con san Pablo: "¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? En todas estas cosas somos más que vencedores gracias a aquel que nos ha amado" (Rom 8,35.37).

9. Dar el primer paso con coraje. Por lo tanto, tenemos que hacernos santos y empezar enseguida, ponernos a trabajar en nuestra santificación. La gracia de hoy ciertamente ya no la tendremos mañana. La gracia que descuidas en este momento no la recibirás nunca más. Recibirás otras, pero esta no, y de ella deberás rendirle cuentas a Dios. Dar el primer paso con coraje. Hoy, no mañana. Y aquí, en esta casa.

Si de esta casa salen sólo misioneros buenos, ciertamente no mejorarán ni seguirán santificándose. Si no adquieren aquí una buena dosis de virtud, en las misiones, en vez de crecer en la perfección, retrocederán. Dios los provee aquí de muchas gracias particulares específicamente para ustedes, para su santificación.

10. Vayamos a la práctica. Como enseña san Ignacio de Loyola, las personas que tienden a la santidad pueden distinguirse en tres categorías. La primera es la de los que tienen un concepto muy alto de la santidad, conocen sus exigencias y desean alcanzarla, pero se detienen en este punto y no usan los medios para adquirirla. Y esto se manifiesta por cómo viven. Ahora bien, una cosa es desear y saber y otra poner en práctica. Es verdad que santa Teresa de Ávila nos exhorta a tener grandes deseos, pero se trata de deseos eficaces, acompañados de obras. Los que pertenecen a este primer grupo viven una vida llena de gracias sin aprovecharlas y, al final, se encuentran con las manos vacías.

La segunda categoría es la de los que no se conforman con simples deseos, dan algunos pasos por el camino de la santidad, pero a su manera. No son generosos, se atan a las pequeñas comodidades, no tienen coraje para experimentar los efectos de la pobreza y negocian con Dios. Estudian y trabajan, pero no se agotan por ello; obedecen, pero hasta un cierto punto; rezan, pero sólo lo necesario. En fin, a ellos les basta ser buenos, pero no les importa llegar a ser santos. A este grupo pertenecen los inconstantes, es decir aquellos que, aun preocupados por responder, aun amando las prácticas de oración y todas las virtudes, apenas aparece un obstáculo, una prueba espiritual o física, se desalientan y pierden los buenos deseos y propósitos.

La tercera categoría es la de los que desaprovechan ningún medio para hacerse santos, no admiten demoras y son perseverantes en su compromiso. Habiendo entrado en el Instituto con una motivación auténtica, desean responder generosamente a la gracia de Dios y no omiten nada de lo que pueda conducirlos a la santidad. Son personas generosas, fuertes y constantes que, habiéndose propuesto alcanzar la meta, es decir la santificación, siguen adelante aun en medio de las pruebas con una confianza total en Dios. Pensar en lo que hicieron los santos, y más aún lo que hizo el Señor Jesús, los sostiene en los momentos oscuros, de los que no están exentos. San Ignacio dice de ellos: "Con ánimo grande y generoso sirven a Dios con todo su entusiasmo". Así es como se hacen santos. A fin de cuentas, no es tan difícil. Me consuelo pensando que muchos de ustedes pertenecen a esta tercera categoría y doy gracias al Señor. Esto no significa que no tengan límites, ni horas y hasta algunos días de aridez espiritual, pero conservan siempre firme la voluntad de corregirse, de responder a la gracia de santificarse. Examínense frente a Dios: ¿a qué clase pertenecen? Como religiosos y misioneros tienen el deber de tender a la santidad y, por lo tanto, de pertenecer todos a la tercera categoría.

Actitudes en el camino hacia la santidad

11. Voluntad total, enérgica y constante. Ahora, después de haber considerado los motivos para hacernos santos, reflexionemos sobre algunas actitudes o disposiciones necesarias en quien desea tender seriamente a la santidad. La primera de ellas es el deseo, la voluntad total, enérgica y constante de santificarse. La voluntad "total" no pone límites, no teme a las alturas, a lo que pueda parecer demasiado. ¡Algunos parecen tener miedo de que los lleguen a poner sobre los altares! No pensemos en esto, no es un problema nuestro; en todo caso, se ocuparán los demás. Pero nosotros tenemos que tender hacia la santidad de altar. Que nadie diga: "Me conformo con ser bueno y dejo a los demás estas grandes aspiraciones". ¡No, no! El espíritu que se respira en esta casa es el mismo para todos y es un espíritu de santidad. No es presunción querer hacerse santos y, aún más, grandes santos. Presunción sería creer que se pueda llegar a serlo sin la ayuda de Dios. Por lo tanto, quien quiera ponerle límites a la santidad, quien crea poder limitar su respuesta a la gracia, sepa que nunca la alcanzará, ni siquiera una santidad común. No, con el Señor no se negocia: o todo o nada. O nos hacemos santos como Él quiere, o no lo seremos nunca.

La voluntad "enérgica" es la que tiene aquel que se dice a sí mismo: "Quiero hacerme santo con todas mis fuerzas, por lo tanto me comprometo hasta el punto de casi no poder tener la libertad de renunciar a ello". Entonces el Señor lo ayuda. Las voluntades débiles, a medias, nunca lograrán nada, nunca darán ni siquiera un paso en el camino de la perfección; son los espiritualmente perezosos que se pierden entre el querer y no querer. El perezoso quiere y no quiere (cf. Prov 13,4). Hoy sí, mañana no. Confunden la voluntad con la veleidad. No rechazan la santidad, pero con tal de que no implique esfuerzos ni sacrificios.

La voluntad "constante" es la de quien no se desanima nunca. Lamentablemente la inestabilidad hace parte de nuestra naturaleza. Siempre necesitamos de que alguien nos sacuda un poco. Basta una tontería para abatirnos; basta un poco de aridez, un sacrificio un poco difícil para detenernos en nuestro crecimiento espiritual. Santa Teresa de Ávila, durante los largos años de total aridez de espíritu, no sólo no faltó a su vocación, sino a ninguno de sus propósitos. ¿A cuántas pruebas no tuvo que hacer frente santa Margarita María Alacoque? Su vida fue una maraña de dificultades a cuál más dolorosa. Pero no perdió el rumbo y las superó a todas con una constancia heroica. Si estas mujeres pudieron perseverar en estos grandes sufrimientos, ¿por qué no podríamos hacerlo nosotros en las pequeñas renuncias, en los actos de fidelidad que exige nuestra santificación? La gracia de Dios, que sostuvo a todos estos santos y santas, a nosotros no nos falta y, con ella, nosotros también podemos alcanzar el grado más alto de la santidad.

12. Confianza en Dios. El secreto de todos los santos fue este: confiar en Dios y desconfiar de sí, sin desanimarse por los propios límites, por estar siempre lejos del ideal al que sinceramente y con todas las fuerzas se aspira. No se desanimen, confíen siempre, en toda ocasión; confíen sobre todo después de las propias faltas, con tal de que tengamos la buena voluntad de amar a Dios y de servirlo a la perfección. Así se comportaba san Felipe Neri, que iba por las calles de Roma gritando: "¡Estoy desesperado, estoy desesperado!". Y a quien le pedía explicaciones, respondía: "¡Estoy desesperado por mí, quiero confiar sólo en Dios!"

La desconfianza hacia sí mismos, si se transforma en desánimo, es un obstáculo que por sí sola nos impide seguir por el buen camino. Quien desconfía es como un pájaro al que le cortaron las alas y, por lo tanto, no puede levantar vuelo.

Pidámosle al Señor que nos dé un conocimiento perfecto de nuestra nada. No se trata de considerarnos peores de lo que somos. Si nos volvemos soberbios es porque no nos conocemos. Sólo los mediocres y los imperfectos se creen importantes. El conocimiento de la propia nada, es decir la desconfianza en nosotros mismos, no debe ser más que el punto de apoyo para crecer en la confianza en Dios. No debemos desanimarnos nunca por nuestras fragilidades indeseadas, sino aferrarnos a Él, abandonarnos en Él, que no sólo quiere y puede hacernos santos, sino que, por ser omnipotente, puede construir la santificación sobre nuestras debilidades; pero, repito, siempre que tengamos el deseo sincero, la voluntad firme de responder a sus gracias.

13. Educación del carácter. Para crecer en el camino de la santidad son necesarios un esfuerzo permanente y generoso y la buena voluntad para educar nuestro carácter y formarlo a la virtud. Para adquirir la verdadera virtud se necesita tiempo. Con el tiempo se repiten las obras y se adquieren los buenos hábitos que son las virtudes; con el ejercicio de estas virtudes, se adquiere la santidad.

En las comunidades puede darse que los demás nos conozcan como seres envidiosos, obstinados, coléricos, y que sólo nosotros no nos veamos así o no queramos aceptar que lo somos. Que nadie justifique la falta de perfección por culpa de su carácter. La verdadera causa es la pereza, porque ningún carácter, en sí mismo, puede impedirnos crecer en santidad y alcanzarla. Santos hubo de muchos tipos y caracteres. Algunos justifican sus defectos diciendo: "¡Es mi carácter!" Eso no es una excusa válida. Tampoco significa que se deba anular el proprio carácter, sino de corregirlo. Es un trabajo largo y agotador, pero necesario si queremos tener un buen carácter y que no sea un peso para los demás. No tengamos miedo de examinarnos profundamente para descubrir nuestras debilidades y fragilidades. Si se supera totalmente un defecto, junto a él se superan muchos otros, porque un defecto siempre tiene raíces en otras imperfecciones.

Aunque hoy seamos muy imperfectos, si el Señor ve en nosotros buena voluntad, Él mismo irá colmando de a poco esos espacios vacíos, colocando en su lugar la abundancia de sus dones. La Virgen María cubre nuestros defectos con su enorme manto si nosotros los combatimos con firmeza.

Obstáculos en el camino de la santidad

14. Falsas motivaciones. [5] El compromiso con la santidad puede ser obstaculizado por diferentes causas. Ante todo, por la falta de rectitud del fin, es decir por falsas motivaciones. El Señor no puede bendecir a quien entra en el Instituto con un fin que no sea bueno. Por lo tanto, es imposible verificar un progreso en el camino a la santidad, así como tampoco puede germinar la semilla que se sembró en un terreno equivocado. Esto vale también cuando el objetivo personal no es malo en sí mismo, pero no coincide con el fin específico del Instituto. Aquí el Señor ha puesto sus gracias para la santificación de todos los que son llamados a ser Misioneros y Misioneras de la Consolata.

15. Disipación. Otro obstáculo es la disipación o la superficialidad, que es la consecuencia del espíritu mundano, del que la santidad está tan lejos como la luz de las tinieblas, como el fuego del frío. El Señor nos pide una separación neta: Ustedes "no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él" (Jn 15,19); es la misma separación que puso entre él y el mundo: "Yo no soy de este mundo" (Jn 8,23).

No podemos servir a dos señores: a Jesús y al mundo. Mucho menos desear realmente la santidad mientras conservemos en nosotros los deseos del mundo. Estamos aquí para hacernos santos, santos misioneros y misioneras. Queremos ocuparnos sólo de esto, y nada más. Seguir a Jesús: este es nuestro ideal. Seguirlo de cerca, con amor y fidelidad; esto es lo que lleva a la santificación y, por lo tanto, se convierte en nuestra única ocupación. La disipación es como el viento que arrastra todas las cosas. Estamos presentes con el cuerpo, pero ausentes con la mente. Así pasan días enteros con la mente dispersa, con el corazón vacío de Dios, con el espíritu frío hacia todo lo que es piedad, con la voluntad débil en el servicio de Dios y el cumplimiento del proprio deber. ¿Cómo se puede, en ese estado, rezar bien, vivir en intimidad con Jesús? ¿Cómo podemos santificarnos? La disipación casi siempre está acompañada por la ligereza, por la tendencia a ridiculizarlo todo y por el respeto humano que impide tratar un tema espiritual o al menos útil, por el miedo a parecer diferentes. Esto impide apreciar todo lo que aquí dentro está en función de la santificación de cada uno.

16. Tibieza. También la tibieza es un obstáculo a la santidad. Tibio es el que ondula entre la virtud y el vicio, aquel que querría huir de los pecados, ser fiel a todo, pero nunca se decide a combatirlos con coraje, porque teme el esfuerzo que implica la virtud. Los síntomas principales de la tibieza son: caer habitualmente y deliberadamente en pecados veniales y no preocuparse por ello; omitir fácilmente o realizar mal las oraciones, como por oficio o necesidad, sin vivificarlas con la atención de la mente y el afecto del corazón; perder la estima y el amor por el propio estado de vida, como si estuvieran arrepentidos del paso que dieron, y por lo tanto buscar distracciones en los intereses mundanos. El estado del tibio es muy peligroso y los daños de la tibieza se pueden descubrir en las palabras que en el Apocalipsis son dirigidas al ángel de la Iglesia de Laodicea: "Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca" (Ap 3,15-16).

17. Desgano. En el camino a la perfección, el desgano o relajo es un obstáculo muy parecido a la tibieza. Nuestra frágil naturaleza humana nos inclina a perder el fervor inicial, dejándonos caer. Los síntomas de relajo son: ser negligentes en la observancia de las reglas y de la vida en común; justificarse con facilidad cuando se cometen errores o ante una corrección; abatirse o burlarse del fervor de los demás, que sentimos como si fueran un reproche a nuestro relajo; descuidar tantas inspiraciones y gracias de Dios; obrar con superficialidad o por un fin puramente humano; la falta de energía para vencer una pasión dominante o para tender hacia la santidad.

18. Crítica destructiva. [6] También la crítica destructiva y la murmuración contra los superiores y el prójimo impiden adquirir el espíritu de santidad. Son un vicio horrible, no las quiero, no quiero que entren en el Instituto. Algunos piensan siempre lo contrario de sus superiores y siempre tienen algo que decir, juzgar o quejarse. Es soberbia pura, una gran soberbia. Este es el motivo por el que, con un espíritu como este, no se hacen milagros en las misiones. Con esto no quiero decir que deben desinteresarse completamente de la comunidad. No, el bien y el mal del Instituto conciernen a todos por igual. Por lo tanto, si se descubre algún desorden, está bien referirlo al responsable, porque es un deber y un acto de caridad. Pero murmurar a escondidas, ¡eso no! ¡Pobres de aquellas comunidades en las que entra este espíritu! Es el comienzo del derrumbe. Siempre lo digo. Pidamos a Jesús que nos haga humildes de corazón y de espíritu; pidámosle a la Consolata que mantenga lejos de nuestro Instituto esta peste del espíritu de crítica, y entonces todo marchará bien, el Señor nos bendecirá y las cosas del Instituto prosperarán.

19. Desunión. Otro obstáculo más es la parcialidad o la desunión, que impide armonizar nuestras diferencias. No es raro que este sentimiento surja de una cierta envidia, de un poco de celos. No es que sea una falta "sentir" envidia, pero debemos reaccionar para no dejarla entrar y se convierta en una actitud negativa permanente. Todos somos iguales. Que no haya diferencias por el país de origen, ni simpatías o antipatías, sino un solo corazón en perfecta unidad. Son todos hermanos o hermanas que deberán vivir juntos toda la vida. Por lo tanto, también por caridad fraterna, no pretendan que los demás no tengan defectos. Corrijamos nuestros límites y soportemos los de los demás.

21. Obstinación. Otro obstáculo es la obstinación en las propias ideas, que nos lleva a querer tener siempre razón, dominar o no admitir que podemos equivocarnos. Quien no luche contra este espíritu no avanzará nunca en el camino de la perfección. Porque si además se creyera ya perfecto, sería un gran iluso y un frustrado.

22. Pecados veniales. El mayor obstáculo en el camino de la santidad son los pecados veniales. Algunos son por fragilidad: un hecho impulsivo, una reacción impaciente, etc. Son nuestros límites, son debilidades. Si no hubiera nada de voluntad al cometerlos, ni siquiera serían pecados. No nos podemos liberar de ellos sin una ayuda especial de Dios. Pero podemos reducir su número y la voluntad al cometerlos, prestando más atención sobre nosotros mismos y sirviendo a Dios con más fervor. Estas fragilidades no nos impiden hacernos santos; es más, pueden ser medios para avanzar en el camino de la santidad, si sabemos valorarlos para crecer en la humildad y unirnos más a Dios con amor y confianza.

En cambio, los verdaderos pecados veniales son los voluntarios. Por ejemplo, sé que está mal sentir rencor hacia el prójimo y, sin embargo, no hago ningún esfuerzo para vencerme a mí mismo; sé que, afirmando o negando algo, miento y de todos modos lo hago, etc. Cuando estos pecados son habituales, es decir son cometidos con una cierta frecuencia, aún peor si los justificamos, constituyen el peor estado de tibieza y el signo claro de que hemos renunciado a cualquier propósito eficaz de perfección. El mejor consejo es sacudirnos, estar atentos y controlar nuestras pasiones, nuestras palabras y acciones, buscando con valentía la virtud. Debemos decirnos permanentemente: sí, quiero salvarme y quiero santificarme porque los medios espirituales que tengo a disposición son muchísimos y porque me he comprometido a vivir como religioso y misionero.

22. Tentaciones. Todos estos obstáculos a la santidad pueden ser el efecto de las tentaciones del demonio. Tentaciones son esos actos con los que el demonio trata de inducirnos al pecado y así impedirnos alcanzar la felicidad eterna. Puede ayudarnos a estar alerta recordar lo que dicen san Pablo y san Pedro: "Revístanse con la armadura de Dios, para que puedan resistir las insidias del demonio" (Ef 6,11); "Sean sobrios y estén siempre alerta, porque su enemigo, el demonio, ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar" (1Pe 5,8). El Señor, en sus insondables proyectos, puede permitir que los demonios nos tienten, pero nunca más allá de nuestras fuerzas. "Dios es fiel y él no permitirá que sean tentados más allá de sus fuerzas. Al contrario, en el momento de la tentación, les dará el medio de librarse de ella, y los ayudará a soportarla" (1Cor 10,13). Para vencer las tentaciones, además de estar atentos, debemos evitar las situaciones peligrosas e invocar con rapidez, humildad y confianza la ayuda de Dios, encomendándose a la intercesión de la Santísima Virgen, del ángel de la guarda y los santos. La Iglesia nos sugiere la oración: "Visita, Padre, nuestra casa y mantén alejados de ella los ataques del enemigo; que vengan los santos ángeles a protegernos en la paz, y que tu bendición permanezca siempre con nosotros".

 

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[1] José Allamano se refería al texto de las Constituciones de los Misioneros de la Consolata de 1909, art 1: "El Instituto tiene por finalidad: primero la santificación de sus miembros mediante la observancia de los votos religiosos y de sus Constituciones; […]"; así como en las Constituciones de las Misioneras de la Consolata de 1913, art 1: "El Instituto tiene como finalidad: primero, la santificación de las Misioneras mediante la observancia de los votos religiosos y de las Constituciones; […]".

[2] Para no traicionar el pensamiento de José Allamano es necesario aclarar dos cosas. En primer lugar: cuando él, siguiendo el lenguaje de la época usaba la palabra "almas", seguramente se refería a "personas", término más adecuado según el uso actual y que algunas veces es empleado en estas páginas. En segundo lugar: cuando usaba la expresión "convertir con la santidad", que en estas páginas ha sido conservada, se refería a la tarea de evangelizar sobre todo con el testimonio de la santidad de vida.

[3] José Allamano pronunció estas palabras el 28 de octubre de 1906, a los 55 años vivendo aùn casi 20 años: un largo camino en el que hizo bien el bien.

[4] San José Cafasso (1811-1860) era hermano de Mariana Cafasso, madre de José Allamano, que se ocupó de la causa de beatificación y sobre el cual siguió dos biografías: una escrita por el canónigo Santiago Colombero (publicada en 1895); y otra escrita por el abad Nicolás de Robilant (publicada póstuma en 1912); además publicó las Meditaciones y las Instrucciones realizadas durante los ejercicios espirituales (1892-1893).

José Cafasso, en 1836, fue llamado por el teólogo Luis Guala a colaborar con él en la direcciòn del Convictorio Eclesiástico, del que es considerado cofundador, para la formación de los jóvenes sacerdotes de la diócesis de Turín. Luego fue rector del mismo y maestro de teología moral, con un claro enfoque alfonsiano, desde 1848 hasta la muerte. Educó en la espiritualidad y el apostolato innumerables generaciones de sacerdotes, entre los cuales san Juan Bosco. Se entregó totalmente en cada obra apostólica, y se destacó como confesor y predicador de ejercicios espirituales al clero y al pueblo. Fue consuelo de prisioneros y condenados a muerte, consejero requerido por personas de todas las classe sociales, inspirador y sostén de instituciones religiosas. Fue ejemplo luminoso de esperanza cristiana y predicador incansable de la misericordia divina. Beatificado el 3 de mayo de 1925 por Pío XI, fue canonizado el 22 de junio de 1947 por Pío XII. En estas páginas es citado como "san J. Cafasso" o "José Cafasso".

[5] El primer obstáculo a la santidad para José Alamano es "la falta de rectitud del fin", que aquí y en otras páginas de esta obra es interpretado en sentido dinámico como "falsas motivaciones", porque esta es su línea pedagógica.

[6] La palabra "crítica", en una época usada en sentido negativo en los textos de ascética porque equivalente a "denigración", quí se hace más explícita con el adjetivo "destructiva", para evitar que se la comprenda erróneamente.